Centenario de Gamallo Fierros

Nada más alejado de nuestro propósito que ejercer el desacreditado oficio de arúspice, pero mucho nos tememos que el centenario del nacimiento de Dionisio Gamallo Fierros, uno de los más profusos eruditos españoles del pasado siglo, ha de pasar inadvertido (o silenciado al menos) incluso para quienes habitan su mismo docto gremio. No se vea en este introito queja anticipada por lo que aún está por ver, pues, en todo caso, si se llegase a confirmar nuestra presunción, el olvido vendría a dar por el gusto al olvidado, cuya propensión a pasar inadvertido llegó a alcanzar niveles casi obsesivos. Para Gamallo Fierros la verdadera sabiduría no era propiamente virtud personal ni crédito particular para quien pretendiese ataviarse con su lustre. Más bien al contrario, hacía suyo el famoso apotegma del gran Alfonso Reyes: «Todo lo sabemos entre todos». Una divisa que el personaje que hoy traemos a la memoria gustaba de parafrasear, si bien achicándola hasta los límites de la capacidad humana: «Entre todos nos aproximamos a saberlo casi todo».

Hay en el tesoro hemerográfico de ABC multitud de testimonios de la dispersa y un tanto desparramada erudición de Gamallo, cimentada fundamentalmente en torno a la literatura española del XIX y muy particularmente alrededor de unos cuantos autores a los que entregó años de estudio e investigación y sobre cuya vida y obra fue acumulando documentos esclarecedores y reveladores: correspondencia, manuscritos inéditos, textos desconocidos, escritos aurorales, papeles recuperados, originales dados por perdidos. Bécquer, de quien dio a conocer, en un libro de 1948, algunas de sus páginasolvidadas, rescatadas luego de una investigación incansable, constituyó sin duda el motivo principal de sus predilecciones y afanes. Al pormenorizado esclarecimiento de las zonas más nebulosas de la biografía del autor de las Ri

mas y a la exhumación y consiguiente interpretación de textos becquerianos desconocidos o extraviados dedicó Gamallo años y medios materiales, porque toda investigación por él acometida corrió a sus particulares expensas, sin auxilios ni tutelas oficiales, cosa, por otra parte, perfectamente coherente con quien nunca abdicó de su independencia personal (ni siquiera en sus años de pasajera alineación con el régimen imperante) ni abandonó su invencible inclinación hacia un cierto anarquismo temperamental.

Todavía hoy, los becquerólogos de mayor reputación internacional, de Jesús Rubio a Robert Pajeard y de Rafael Montesinos a Lee Fontanella, reconocen la imprescindible aportación de Gamallo a la tarea de abrir nuevas líneas de investigación sobre un autor en cuya obra (y también en su vida) la hojarasca de lo anecdótico impide el acceso a lo categórico.

Después de Bécquer, las elucidaciones eruditas de Gamallo, ceñidas preferentemente al inabarcable campo literario de nuestro siglo XIX, se ocuparon, con empeño que no declinó a lo largo de su vida, de otras muchas figuras que jalonan de esplendor una centuria a la que todavía hoy un sector de nuestros críticos, siempre dispuestos a menospreciar lo propio frente a lo ajeno, escatima sus aportaciones monumentales en la construcción del periodo más glorioso de las letras europeas. En efecto, la tenacidad indagatoria de Gamallo, costeada con sacrificios personales y patrimoniales de todo orden, se extienden desde Clarín, cuyo epistolario rescató y dio a conocer, hasta Menéndez Pelayo, y desde Rosalía de Castro, cuya negra sombra trató de iluminar con nueva luz interpretativa, hasta Curros Enríquez, el gran poeta civil de Galicia. El gigantesco proyecto de reunir la operaomnia de Maeztu (discursos incluidos), concienzudamente sistematizada y anotada, naufragó, como tantos otros propósitos de Gamallo, en las laberínticas complicaciones de casi todos los sueños mayúsculos, esos para cuya realización no basta con anhelarlos sino que es inexcusable la disciplina, la constancia, la colaboración y los recursos a prueba de desmoralizaciones.

Nacido en Ribadeo, la villa luguesa que marca la frontera entre Galicia y Asturias, el 25 de agosto de 1914, a Gamallo Fierros, nieto del pintor asturiano Dionisio Fierros Álvarez, uno de los grandes retratistas españoles del XIX, el precepto familiar tal vez habría determinado para él un horizonte profesional vinculado al mundo del Derecho, con la incorporación acaso al confortable escalafón de los registradores de la propiedad, al que pertenecía su padre. Con ese o parecido propósito completó la carrera de Leyes en Compostela, pero el tirón de la literatura, evidente ya desde los años pueriles, se convirtió en irresistible en los juveniles, aquellos en los cuales la vida de los seres humanos se configura con trazos que el tiempo jamás logra borrar. En marzo de 1931, un mes antes de que los vítores republicanos resonasen en toda España, un Gamallo todavía adolescente publica el que consta como su primer artículo. Su título, Concepto equi vocado de la República, es algo pretencioso, bastante doctrinal y claramente indicativo del talante de su autor, siempre más inclinado a tender la mano que a levantar el brazo o a cerrar el puño. En aquel su debut como publicista (publicista: he aquí un sustantivo que en gacetillas y reseñas le será adjudicado como categoría tan tópica como su torpe aliño indumentario), el joven Gamallo, por entonces afiliado a las levas juveniles de Acción Católica, argumentaba a favor de la compatibilidad entre sus convicciones religiosas y los principios del régimen que estaba a punto de irrumpir en la Historia de España. Los hechos no tardarían en demostrar que en política lo deseable rara vez es realizable.

Católico, falangista, simpatizante del PSP de Tierno Galván, todo el andamiaje doctrinal de Gamallo, más sentimental que argumental, más circunstancial que irreductible, estaba un escalón por debajo de su generosidad enorme, contrastada, una y mil veces, en gestos de toda especie, pero siempre contantes y sonantes: una vez, fue la organización de subastas de arte en varias ciudades españolas para socorrer a viudas e hijos de náufragos; otra, la donación de importantes fondos bibliográficos de su inmensa biblioteca personal a la de su pueblo natal; otra, la desinteresada puesta a disposición de investigadores y estudiantes de los tesoros documentales de su archivo, entre los que figuran fondos de excepcional valor. Una generosidad inagotable la suya, para cuya compensación sólo exigía un pago ineludible: el anonimato.

En la discreción de su proceder tuvo Gamallo un signo de identidad irrevocable. Y a esa virtud añadió otra semejante: la de su modestia. Incompatible con cualquier asomo de vanidad, estamos seguros de que fue esa insistencia en pasar inadvertido lo que le impidió ocupar un sillón en la Real Academia Española, grado para el que –pese a la relativa escasez cuantitativa de su bibliografía– le sobraban méritos. De haber aspirado a tal honor, una mínima insinuación a sus numerosos y fraternales amigos con plaza numeraria (el primero, don Dámaso Alonso) bastaría para franquearle las puertas de la institución. Y estamos seguros de que el mundo académico, sin excepción, acogería su llegada con verdadera satisfacción. Únicamente el propio Dionisio Gamallo se mostraría contrariado ante lo que consideraría una molesta intromisión en la parcela más preciada de su personalidad: la discreta humildad del sabio.

Juan Soto, periodista y escritor.

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