Centenarios

Por Carlos Fuentes, escritor mexicano (EL PAÍS, 30/06/07):

Primero en la Casa de América a invitación de la Cátedra Latinoamericana Julio Cortázar, enseguida en la sede de la Secretaría General Iberoamericana bajo la égida de Enrique Iglesias, acaban de celebrarse en Madrid apasionantes discusiones en torno al tema del bicentenario de las independencias hispanoamericanas de 1810.

Se «celebraron» debates, pero se «conmemoró» una fecha. Porque, en resumen, las exposiciones y discusiones se apartaron de manera muy clara del mero festejo para proponer una lectura crítica -en ocasiones, sumamente crítica- de las revoluciones de independencia.

Resumo el tenor de las cuestiones que se formularon a fin de arribar al bicentenario con más preguntas que respuestas.

¿Valió la pena la independencia?

¿Pudo Hispanoamérica desarrollarse sin desmembrarse dentro de una comunidad hispánica de naciones -un commonwealth– tal y como lo propuso, acaso míticamente, el conde de Aranda al monarca Carlos III?

¿Pudo, aun sin la Corona, Hispanoamérica independizarse sin desmembrarse?

¿Cuánto influyó la pérdida de la Corona en las colonias y cuánto la pérdida de las colonias en la Corona?

¿Fueron nuestras Constituciones, como dijo Victor Hugo, «creadas para los ángeles, no para los hombres»? ¿Confundimos sistemáticamente lo real con lo posible? ¿Hasta qué punto se separa la nación real de la nación legal? ¿Creamos Estados virtuales divorciados de las sociedades reales?

¿Suplimos la ignorancia con la osadía?

¿Nos entregamos con demasiada alegría a la «imitación extralógica»?

¿No supimos incorporar al proyecto independentista al indio y al negro?

Hubo, claro, hechos que excluyen las ideas de comunidad y continuidad hispánicas. A Cádiz, en 1808, acuden los «españoles» de ambos hemisferios. En 1810 aún se podía pensar en una América fiel a la Corona avasallada por Bonaparte. En 1814, la ferocidad de la represalia realista es combatida por la ferocidad de la insurrección independentista. Tanto Calleja del Rey como Simón Bolívar piden «cabezas cortadas».

Las reuniones a las que aludo subrayaron los factores de una violencia que arruinó las infraestructuras existentes sin reponerlas en mucho tiempo. En consecuencia de las guerras, descienden brutalmente las economías agrícola y minera. Se expropia el patrimonio español sin poder crear patrimonios nacionales inmediatos. La Hacienda está exhausta, los déficit son constantes, los empréstitos, onerosos. Las oligarquías y los militares se adueñan de la vida pública. La anarquía es desplazada por la dictadura, y la dictadura, por un caos que se cree redentor y sólo asegura la redención por la siguiente dictadura: Rosas, Santa Anna, el Dr. Francia.

El nicaragüense Sergio Ramírez se refirió a los «triunfos retóricos» de palabras dichas en burla de la realidad y de lo que no quieren decir, conduciendo a «la locura de las simulaciones». El mexicano Héctor Aguilar Camín habló de la invención de leyes sin inventar naciones, lo cual nos condujo a jugar con la legalidad política y soltar una independencia sin rumbo. Los grandes principios, indicó la española Carmen Iglesias, se establecieron por encima de la ley y la ordenanza militar por arriba del código civil, abriendo, en mi ánimo, una cuestión a considerar en perspectiva: ¿por qué se asemejan tanto el desorden español y el hispanoamericano en el siglo XIX?

En compensación, el mexicano Enrique Florescano señaló que aun persistiendo las bases de la colonia, aun creyendo en las virtudes inmanentes de la revolución para promover el progreso, la independencia quiso ofrecer un relato unificador a países fragmentados. Creó héroes y quiso heredarlos.

¿Ayudó esto a apresurar, al cabo, la formación de Estados nacionales -Portales, el primero, en Chile; Juárez, en México; Sarmiento y Mitre, en Argentina- como respuesta a los flagelos que menciono? Pero, a fin de ganar el Estado, ¿cuánto debió preservarse tanto del orden colonial como del desorden revolucionario?

El peruano Julio Ortega argumentó que del caos nació, al cabo, una tradición liberal pragmática que consagró, mal que bien, la dignidad del ciudadano y sugirió nuevas lecturas que trasciendan, mediante una «agenda de las herencias», el «paradigma del fracaso». El chileno Martín Hopenhayn pidió una «cuota de olvido sano» una vez revisada la historia y el paso adelante de crear instituciones culturales, acrecentar el capital social y el concepto de ciudadanía. Para Hopenhayn, los sentimientos rentistas y autoritarios que nos lastran pueden superarse mediante una cultura productiva, no pasiva o inerte. Cultura de la legalidad, subrayó en su intervención el mexicano Bernardo Sepúlveda, implicando que la creación de Estados nacionales nos costó mucho esfuerzo y hoy asistimos a desafíos menores al Estado -la ley televisa-, pero también a desafíos mayores: el narco.

Por último, el pensador argentino Natalio Botana nos invitó a El arte de la comparación. Ayer reinaba un monopolio elitista. Hoy hemos ganado la alternancia. ¿Nos basta? De ninguna manera. ¿Sabemos representarnos? Esta es, acaso, la gran pregunta práctica de la independencia: la incógnita de la representación.