Centenarios (II). Rafael Barrett

Podríamos empezar contándolo  como si fuera un cuento triste de Navidad. Érase una vez un tipo alto, de buen ver, familia con prosapia y formación esmerada. Gozaba de una especial capacidad para las matemáticas y tocaba el piano como un profesional. Es verdad que se daba un tanto a la bohemia ambiciosa de la España fin de siglo, la de los modernistas que querían cambiar el mundo, y donde cabía de todo; desde el plumilla sablista hasta el señorito sediento de las flores del mal. A Rafael Barrett le tiraba la clase y ese orgullo arrogante de quienes nunca sufrieron las dos letras fatales: no.

Y así fue como un día de primavera, con 26 añitos, retó al mundo, ese Gran Mundo que resulta tan pequeño como un traje mal cortado, una comida sin tres platos, un coche sin mecánico y un casino con la ruleta ladeada. Madrid, hacia 1903. El joven se llama Rafael Barrett Álvarezde Toledo, descendiente de los Alba de toda la vida; aunque sin otra grandeza en su caso que una dignidad herida. Una temeridad, la de partirle la cara al duque de Arión, representante de la corte en grado superlativo.

Se puede nacer escritor en los sitios más insospechados; un presidio, un lupanar, una oficina de patentes, una empresa de seguros, una habitación con vistas, e incluso un seminario o un convento de clausura. Es raro que la prosa surja de un duelo fallido, de un fustazo a un grande de España y de la declaración de muerto social. Parecido al damnatio memoriae que ya inventaron los romanos. Borrado literalmente de la lista de los vivos. Sin saber muy bien dónde acabar sus días, cae en Buenos Aires. Se hace reportero de una revolución que acaban de inventarse en Paraguay y se reconoce en escritor. Se asienta en Asunción. Tocaba el enero allá caluroso de 1905.

Un escritor cuya obra se crea durante cinco años justos. Había nacido en Torrelavega, lugar poco propenso a la literatura pero de donde saldría años más tarde un poeta con fuerza, hoy olvidado, José Luis Hidalgo, y que debió de ser de los últimos en morir de esa enfermedad que diezmó a la literatura, la tuberculosis. La misma que mataría a Rafael Barrett el 17 de diciembre de 1910, ahora hace cien años. (Por cierto, que por esos azares de la torpeza, después de trabajarme el signo zodiacal de Tolstói en la anterior sabatina,y precisar que fue Virgo, como Goethe e incluso Balmes, nacidos todos el 28 de agosto, va y pongo 20 de noviembre.¿En qué estaría yo pensando, san Freud?)

Descubrí a Rafael Barrett hace siete años, y me impresionó tanto su figura, su envergadura literaria, y mi ignorancia, que me dediqué durante un tiempo a tratar de reconstruir los retazos de su vida que habían pergeñado los que habían tenido el privilegio de conocer su obra bastantes años antes. De ahí salió un librito – Asombro y búsqueda de Rafael Barrett-que aún me admira que publicara Jorge Herralde en Anagrama. El embolado,lo denominó con expresión tan taurina como premonitoria del escaso eco que habría de tener. Pero, independientemente de la peripecia personal, se mantenía la pregunta del millón: ¿cómo era posible que un escritor español, de la fuerza y la calidad de Rafael Barrett, exigiera una resurrección?

Algún día habría que explicar, aunque sea en mi caso por enésima vez, que la construcción del canon de la literatura española ha sido una operación política concienzuda y exitosa. Y que la utilización de expresiones como generación del 98 o generación del 27 traduce concepciones heredadas de los tiempos del cólera, que tiene la aviesa intención de agrupar y asimilar movimientos intelectuales y literarios mucho más libres y complejos de lo que reflejan esos estereotipos, incomprensibles sin el conocimiento de la trayectoria de personajes como Azorín, Laín Entralgo o Dámaso Alonso.

En esos mundos acotados, una figura como la de Rafael Barrett no pintaba nada. Se trataba de un rebotado de la vida, con una cultura insólita para la España de su época. Cuando en alguna charla universitaria señalo que Barrett constituye algo insólito en nuestro mundo intelectual – basta con apuntar su formación científica, su saber musical que le permitía leer una partitura, en un mundo donde Unamuno se burlaba de Chopin porque titulaba sus piezas como Estudios;¡se estudia en casa!, y sobre todo su familiaridad con tres lenguas básicas-siempre aparece una sonrisa. ¡Hay tantos intelectuales españoles que eran políglotas! Casi tantos como tesis doctorales. Intelectuales que hablaran varias lenguas, es decir, algo más que francés, se cuentan con los dedos. De don Juan Valera a don Juan Negrín, la lista es modesta.

Convendría recordar a los rutinarios mentales que dos grandes traductores del inglés (Fernando Vela) y del ruso (Cansinos Assens) no hablaban ni una sola palabra del idioma que traducían. Azaña, don Manuel, se resistió siempre al inglés hablado, por más que su traducción del viaje del vendedor de Biblias, Jorgito Borrow, constituya una joya literaria. Leían, pero no hablaban. A los irreductibles defensores de sus tesis doctorales habría que recordarles que la vanidad de lenguas constituye un aditamento de la intelectualidad hispánica que viene de lejos. Convendría que rememoraran ese momento hilarante que relata Trotski en sus memorias, cuando el ya cascado León en el exilio, se acerca a Madrid y no sabe de nadie con el que pueda conversar, al menos en alemán, y se acerca a la casa de Ortega y Gasset, que no le abre, probablemente acoquinado al observar por la mirilla: ¡Trotski, Virgen santa!

No es problema de lenguas, sino de culturas. Rafael Barrett conforma una singularidad, como posteriormente habrá otras, basta citar a Max Aub o al perverso Francisco Ayala, que tienen un acceso a otros mundos que enriquecerán su obra, de un modo tal que forman como islas propias en las trilladas culturas peninsulares. Los años treinta, crueles y prometedores, que crecerían, ay, en el exilio. Nuestro Barrett, significativamente, también crecerá en el exilio, y se hará grande como escritor y como persona, y sufrirá por ello penalidades sin cuento. Tuvo una querencia hacia el lado malo de la vida, sin recompensas.

Se convertiría en maestro de escritores. Roa Bastos dijo de él elogios que ningún nacionalista paraguayo osaría repetir hoy; los valores emergentes van sobrados. El joven Borges se quedó fascinado ante su literatura. Los anarquistas argentinos le reivindicaron a partir de los años cuarenta del siglo pasado, sacándole del pozo del olvido. A los uruguayos de su época les deberá Barrett no sólo los escasos momentos de complacencia intelectual, sino el único libro que pudo ver publicado, Moralidades actuales.Apareció en 1910, meses antes de su muerte. En España se editó en 1919, en una colección que llevaba un personaje atrabiliario y megalómano, el venezolano Rufino Blanco Fombona. Que yo sepa, sobre las Moralidades no salió ni una maldita reseña. Fui testigo de una escena, entre sublime y demoledora, cuando en la Biblioteca Nacional de Madrid solicité el libroy me lo trajeron tal cual había sido editado, intonso. Hube de solicitar que me cortaran las páginas. Nadie se había tomado la molestia de echarle una ojeada.

Y es una joya, se lo aseguro. Me siento orgulloso de haber animado a la modesta y prestigiosa editorial riojana Pepitas de Calabaza a editar Moralidades actuales tal como la concibió Barrett, como modesto y debido homenaje a uno de los escritores más notables del siglo XX, apenas iniciado. José Luis García Martín, en una reseña aparecida en el Abc Cultural,la única por cierto que ha salido en periódico alguno sobre este acontecimiento cultural, dejó escrito: “Lírico, costumbrista, aforístico, memorable. Barrett está más vivo que la mayoría de sus coetáneos. Es un contemporáneo más. No ha perdido nada de su capacidad revulsiva. Todavía hace sangre su punzante e insólita inteligencia”. No se podría resumir mejor a este grande de la literatura que escribía textos pequeños en los periódicos.

Gregorio Morán

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