Centenarios. La muerte de Tolstoi

Basta con los aniversarios para descubrir que vivimos en sociedades religiosas. No porque celebremos tal o cual memoria o personaje, sino por la manera de hacerlo. Una sociedad laica analiza con cierta distancia a sus muertos. Nosotros celebramos los aniversarios como canonizaciones. Si homenajeamos a Vicens Vives, nos sale San Vicens Vives. Si Ortega y Gasset, exhibimos a San Ortega, mártir. Hasta Gregorio Marañón, ha resultado otro San Gregorio el Magno, que ya son ganas. Tuvo que venir un hispanista británico, John Elliot, para decir en Barcelona algo tan obvio como que la figura de Vicens Vives había que contemplarla con sus limitaciones. No me imagino aquí a alguien diciendo algo similar.

Los aniversarios marcan las tendencias de una sociedad. ¿Por qué se celebran unos y se ocultan deliberadamente otros? Nada es casual. Hay tantos ejemplos de este mismo año, que ocuparían el artículo entero. Llevo mucho tiempo planteando que el debate intelectual en este país no existe desde hace muchos años. Yafe que me refiero a España, entera, sin excepciones.

Detengámonos en una figura de la envergadura de Tolstoi.

Durante las primeras décadas del siglo XX es difícil encontrar a alguien de fuste que no se sintiera afectado por la figura de Tolstoi. Digo afectado, no influido; aunque también.

El anarquismo se lo atribuye.

Lenin – que le dedicará un libro-y los bolcheviques lo asimilan como parte de su patrimonio. Está en la entraña de Gandhi. El “realismo socialista” lo tomará por modelo hasta los primeros reproches de 1946. La literatura europea se conmueve ante el dilema Tolstoi-Dostoievski durante casi medio siglo. Personajes tan dispares como Kafka y Nabokov, se sienten subyugados. La lista se haría interminable. Wittgenstein, el paradigma de una reflexión filosófica sin piedad frente a la palabrería, se tirará años dándole vueltas a uno de los libros más humildes de Tolstoi, El Evangelio Abreviado,una especie de Kempis para espíritus inclinados a la paradoja; al tiempo violentos y pacíficos.

Y sin embargo pocos escritores quedan tan lejos de las preocupaciones, no ya de los lectores de hoy – cada vez tengo más dudas de qué demonios preocupa a los lectores, si es que les preocupa algo-sino de los propios escritores. ¿Actualidad de Tolstoi? Ninguna. Yo confieso que lo sigo leyendo, pero nosotros somos lectores profesionales que no representamos a nadie. León Tolstoi no es nuestro contemporáneo, y esto es tan evidente que la incógnita sería averiguar por qué. ¿Cuándo dejamos de ser tolstoianos?

Nada en él se ha quedado viejo. El estado de gracia en el que fue escrito Guerra y paz se mantiene en todo su esplendor; una galería de retratos sin parangón en museo alguno. Los trenes y las estaciones de Ana Karenina nos siguen dando ese pálpito tolstoiano, donde la pasión es una fuga que se paga como un delito. Hay que tener mucho talento para que alguien lea Sonata a Kreuzer sin que le afecte la exhibición de violencia machista; la historia brutal de un reaccionario, tan inequívocamente canalla, que en la primera lectura pensamos si nos estará tomando el pelo, a la manera de Gogol. Pero no, va en serio; el humor nunca fue un terreno familiar en Tolstoi. Y nos engancha, vaya si no engancha esa sórdida historia; tan bestia, que la versión completa apareció en 1936.

Ese fantasma locuaz y listo que es Harold Bloom, el del “canon”, asegura que Hadji Murat es “el mejor relato del mundo”; con esa inclinación tan contemporánea de valorar la literatura como si se tratara de puntuar en un hit parade.Lo cierto es que un escritor en el que ya nadie – ni siquiera él mismo, a juzgar por sus Diarios-confiaba que pudiera crear algo potente, escribe a los 68 años, un texto brillante y sutil; un ejercicio de estilo que uno necesita volver a leer una y otra vez porque alcanza lo prodigioso. Nadie podrá acercarse al drama histórico checheno sin darle vueltas a este cuento, donde está todo lo que usted necesita saber, contado con la claridad y la precisión de un reloj narrativo; ni sobra ni falta nada y todo en su sitio. Pero conviene no olvidar que fue publicado póstumamente; sus contemporáneos no lo conocieron.

¿Y ese ajuste de cuentas con la vida que es La muerte de Ivan Ilich? Hasta no hace mucho era considerado un relato más en su serie de novelas cortas. Hoy nadie duda que es de esas obras que consagran a un escritor. Relato de madurez, siendo conscientes de que la madurez de un hombre como Tolstoi resulta algo impreciso; desde su primera obra no sólo domina el oficio sino que juega con él. Posiblemente se trate de una de esas figuras inabarcables, tan ilimitada, que cuando leo alguna de sus biografías casi todas me parecen excelentes. Todas me dan la impresión de que tratan de un personaje diferente, que son como novelas de una vida. Quizá también ocurra con Goethe, otro que nació un 20 de noviembre, un virgo, para los amantes de las divertidas caracterizaciones del horóscopo. Por cierto que también Balmes nació el mismo día. ¡Para que luego haya apasionados de las comparaciones!

Y entonces, ¿qué ocurre para que Tolstoi no sea nuestro contemporáneo? La discusión sobre si el problema es suyo o nuestro resultaría ridícula, porque la literatura se mueve y lo que ayer era vivo y actual, hoy se convierte en un lote de aburrimiento. Se le puede leer con fruición, pero no está aquí. Me he tomado la molestia de contrastar los diferentes homenajes, escasos en España, y hay una cosa que llama la atención. El tema más recurrente no es ninguno de los que a lo largo de un siglo han salido como dominantes en la figura de Tolstoi. Lo que más tienta a los comentaristas de su obra en los medios que están al alcance de un público más numeroso, no es ninguno de los asuntos que tengan que ver con su literatura, ni con su pensamiento propiamente dicho. El tema capital es su mujer.

No es nuevo, pero con la morbosidad con la que se aborda ahora merece destacarse. Verdaderamente Sofia Andreievna debió de ser un personaje. Tener trece hijos con un marido que consideraba el matrimonio como la prostitución legalizada, no era grano de anís. Incluso tuvo la osadía de replicar a La sonata a Kreuzer,que la humillaba, con un libro de título elocuente, ¿De quién es la culpa? A mayor abundamiento, habría que contar con las obsesiones de su marido, con sus querencias sobre la perversidad femenina, el reparto de sus propiedades y hasta la renuncia a los derechos editoriales. Y sumar las periódicas inclinaciones a la ascesis y la tortura doméstica de los diarios “íntimos” que leían cada uno ávidamente. Una vida de ricos torturados hasta la paranoia.
Quizá la lejanía de Tolstoi respecto a nosotros, a nuestra contemporaneidad, resida en algo que no está estrictamente en la literatura, y que consiste en la conexión entre el arte y la vida. Esa desazón que va dominando la personalidad de Tolstoi cuando descubre que la relación entre verdad y ficción no está en lo que uno escribe sino en el modo en que vive. La grandeza de su figura para sus contemporáneos no se limitaba – valga la incorrecta expresión-a una obra literaria en grado superlativo, sino que añadía su rebeldía ante una realidad que exigía ser trasformada. No bastaba con escribir bien. Había que vivir de tal modo que la escritura de la verdad estuviera conformada con un comportamiento que la hiciera creíble. El drama de la vida de Tolstoi está en su negativa a conformarse con su papel de narrador. Y eso que durante muchas décadas fue causa de pasmo – y de irrisión, todo hay que decirlo-,hoy parece dejarnos fríos. “Para mí sólo hay una cosa suprema, escribe en su diario del 23 de agosto de 1893, defender a mis hermanos y denunciar a sus perseguidores”.

Es como si el lector común, si es que quedan lectores comunes, después de haber soportado el rollo y llegados a este punto, te dijera. “Por favor, vuelve a contarnos esa historia de Sofia Andreievna. Pero por lo menudo”.

Gregorio Morán

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