Cerca de Sadam Husein

Por Ignacio Rupérez, embajador de España en Irak. Entre febrero de 1997, en que reabrió la Embajada española, y julio de 2000 fue encargado de negocios y jefe de misión en Bagdad (EL PAÍS, 06/06/06):

Nunca vi a Sadam Husein ni sospeché que al fin lo vería pero sentado en el banquillo de los acusados. En un par de ocasiones apareció a lo lejos en un estadio o un desfile militar, sin que nadie dudara de que pudiera tratarse de un doble. Cuando me despedí del entonces viceprimer ministro, Tarek Aziz, le pedí que presentara mis respetos al rais y que se me permitiera hacerlo personalmente, sin resultado. En Irak, como en Cuba -y bien se me quejaba el nuncio-, el jefe del Estado se desvivía por cualquier delegación de combatientes por la libertad o cualquier demagogo gorrón, lo mejor de cada familia, nulidades políticas en sus países, pero apenas o nada con los embajadores, con la excepción en Irak si acaso del ruso o del chino, por tratarse de potencias nucleares, miembros permanentes del Consejo de Seguridad y buenos clientes.

Sin embargo, no sucedía lo mismo con el francés, quien, a pesar a ser su país todo lo que antecede, ni siquiera figuraba como encargado de negocios, sólo como mero jefe de la sección de intereses de Francia en la Embajada de Rumanía. La verdad es que Fidel Castro, a diferencia de Sadam Husein, es una persona simpática que frecuenta las calles y los saraos, y podías hablar con él y recibir sus abrazos.

Al verle sentado frente al tribunal que le juzga por las atrocidades de Dujail, y que probablemente se seguirá encargando de él, de sus amigos y familiares por otras atrocidades, recordé las veces en que tuve que asistir a las fiestas de su cumpleaños en Tikrit y a otras tantas convocatorias, en su nombre pero sin su presencia. Desde la guerra de 1991 espació sus apariciones en público y las suprimió tras el atentado contra su hijo Uday Sadam Husein, en diciembre de 1996, en el barrio de Al Mansur, cerca del Club de Caza y del Hipódromo, donde en el año 2000 empezó a construirse la mezquita Madre de Todas las Batallas, enorme y condenada a no acabarse nunca.

Me ha parecido que se encontraba en forma, más delgado, erguido y digno. Posiblemente ha recuperado la implacable dureza del beduino. Su mirada es penetrante y está llena de energía y odio. Pero resulta patético cuando se ha atrevido a increpar al presidente del tribunal, Rauf Abdel Rahman, advirtiéndole de que él es el presidente de Irak. “No, usted ya no es el presidente de Irak, usted es un acusado”, le contestó el juez. Evidentemente, no pudo añadir, aunque lo pensara, “y usted es quien ha arruinado este país”.

Los jueces llevan togas con bordes blancos, rojos los fiscales y verdes los abogados defensores. En un recinto entre los estrados con una simbólica protección de madera, de un metro y medio de alta, que en absoluto se trata de una jaula, se sientan los ocho acusados. Sadam Husein, en primera fila, con camisa blanca y traje oscuro. Seis de ellos visten ropas árabes tradicionales, salvo excepciones: Barzam Ibrahim el Tikriti se presentó alguna vez con camiseta de mangas largas y calzoncillos largos, y Tarek Aziz, en pijama como testigo de la defensa. Detenidos o acusados, los que traté en su día llevaban siempre puesto el uniforme verde oscuro del Partido Baaz y la boina negra. Así me recibían Tarek Aziz, hoy en la cárcel, y el vicepresidente de la República, Taha Yasin Ramadan, hoy entre los acusados, el máximo nivel alcanzado en mis relaciones con la nomenclatura de Sadam Husein. Bueno, alrededor de tres veces al año, en las ceremonias militares que siguiendo la ordenanza británica se celebraban ante la tumba del Soldado Desconocido y en el monumento a la guerra contra Irán, figuraba siempre Izzat Ibrahim el Duri, el segundo personaje del régimen y suegro de Qusay Sadam Husein, pelirrojo y delgadísimo, con cierto parecido al mariscal Montgomery y uniforme similar.

Ignoro dónde, entre acusados, detenidos, muertos o huidos, se encuentran otros ministros con quienes mantuve frecuentes contactos y llegué a apreciar, nunca tanto como a Tarek Aziz. El ministro Rashid, del Petróleo, ingeniero por la Universidad de Manchester y persona muy cordial; el ministro Mubarak, de Sanidad, con los uniformes mejor cortados de todos, gustaba mucho a las chicas, a Fabia Buenaventura y María José Lanchares les recordaba incluso a Clark Gable. O el ministro Sahaf, entonces de Asuntos Exteriores y que en las últimas horas del régimen, con las tropas estadounidenses a las puertas de Bagdad y en la ribera del Tigris, se empeñaba como ministro de Información y Cultura en negar lo que se venía encima. Se acabaron pues los uniformes y también los tintes del pelo, tan usuales entre iraquíes coquetos. Porque las imágenes de Sahaf derrotado son las de un anciano canoso, como las de Taha Yasin Ramadan en el estrado de los acusados, acabado el tinte y sin persona que lo provea. Tarek Aziz nunca se tiñó el pelo y, por lo que he podido ver, tampoco lo hacía Sadam Husein. Sólo tiene canas en la barba, pero su cabellera es de color muy negro, con una incipiente tonsura. Despojado del uniforme, Sadam Husein ni está canoso ni parece dispuesto a declararse vencido, seguiría encantado de conocerse y obsesionado consigo mismo, pudiendo dudarse que admita alguna vez culpa alguna en los males de este desgraciado país.