Cerrar la brecha de financiación de la TBC

En los 25 años transcurridos desde la declaración de la tuberculosis (TBC) como una emergencia sanitaria global, las autoridades y profesionales de la salud han dedicado tiempo considerable a debatir maneras de eliminarla. Solo en los dos últimos años han sostenido conversaciones en Moscú, Bruselas, Nueva Delhi y, más recientemente, en septiembre en la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York, donde convocaron la primera cumbre de alto nivel sobre la contención de la TBC.

Pero, si bien las autoridades generalmente coinciden en la necesidad de invertir en soluciones, sorprenden las pocas medicinas para la TBC desarrolladas en el último cuarto de siglo. Los 250 millones de seres humanos infectados desde 1993 merecían mejor, así como los millones que han fallecido.

La TBC es la infección más letal del mundo, y nos ha acompañado por largo tiempo. Los investigadores especulan que infectó a los seres humanos por primera vez en África hará unos 5000 años, y que se propagó velozmente a lo largo de las rutas comerciales hasta llegar a prácticamente todos los rincones del planeta. Hoy es una de las principales causas de muerte, matando a cerca de 1,6 millones de personas en 2017, apenas un poco menos que el año anterior. La efectividad de los tratamientos contra la TBC se está reduciendo, lo que eleva la preocupación de que las cepas resistentes a los medicamentos se estén volviendo más virulentas.

Dadas su prevalencia y gravedad, la TBC no es puramente un problema médico. Es una enfermedad que perpetúa la pobreza en los países en desarrollo, ya que los pacientes y sus familias suelen tener que dedicar hasta la mitad de sus ingresos a comprar medicinas y pagar los cuidados correspondientes. Y, sin embargo, con la propagación de las formas resistentes de la TBC, no siempre estos gastos dan resultados. Para 2050, estas cepas resistentes podrían costar a la economía global hasta $16,7 billones en gastos médicos y pérdida de salarios, aproximadamente todo el producto económico de la Unión Europea.

No hay duda de que el mundo puede ganarle la guerra a la TBC. Los investigadores están afinando regímenes de tratamiento más eficaces, mejores herramientas de diagnóstico y vacunas viables. Pero, aun así, no podemos cruzar la línea de llegada sin un aumento significativo del gasto para investigación y desarrollo.

Según la Organización Mundial de la Salud, el déficit anual de fondos para investigación y desarrollo sobre la TBC asciende a más de $1,3 mil millones, lo que se agrava por la falta de incentivos de mercado en la industria farmacéutica. A pesar del alcance global de la TBC, dos tercios de los nuevos casos en 2017 ocurrieron en apenas ocho países: India, China, Indonesia, Filipinas, Pakistán, Nigeria, Bangladesh y Sudáfrica. Los países ricos y pobres deben colaborar para cerrar esta brecha, ya que los fabricantes de medicamentos parecen no estar dispuestos o no ser capaces de financiar unilateralmente los costes de su desarrollo.

Los sectores público y privado deben compartir la carga de IyD, y los tratamientos resultantes deben ser adoptados y estar disponibles universalmente. La meta debiera ser que los medicamentos sean asequibles y estén al alcance de todo aquel que los necesite, lo que incluye a poblaciones de alto riesgo como trabajadores sanitarios y personas que viven con VIH/SIDA, entre las que la TBC es una causa importante de muerte.

Se suponía que la cumbre de alto nivel iba a comunicar la urgente necesidad de actuar para la erradicación de la TBC en el mundo. Lamentablemente, la frágil unidad política que existía al comenzar las conversaciones fue ensombrecida por un debate acerca de los derechos de propiedad intelectual de las farmacéuticas. Si bien la declaración firmada al fin de la cumbre de la ONU ofreció una solución de compromiso, sigue en el aire la pregunta: ¿cómo garantizar el acceso a los medicamentos –especialmente para los pacientes más pobres- y, al mismo tiempo, mantener los flujos necesarios para financiar la IyD farmacéutica?

Siempre se debe priorizar a los pacientes, pero no podemos simplemente ignorar el papel que juega la propiedad intelectual en la creación de nuevos tratamientos. Para alcanzar el justo equilibrio con respecto a la TBC, la comunidad internacional debe volver a comprometerse a las iniciativas de IyD, demostrando el liderazgo financiero acordado en septiembre. En el mejor de los casos, ese acuerdo complementará las llamadas alianzas para el desarrollo de productos que ya han ayudado a enfrentar muchas enfermedades desatendidas, incluida la TBC.

El año pasado, se estima que unos 3,6 millones de infectados con TBC no pudieron tener acceso al tratamiento, una impresionante brecha en la cobertura que se debe cerrar con rapidez. Mientras más esperemos para aumentar los fondos de IyD y fortalecer la colaboración para proporcionar tratamientos, más crecerá el número de víctimas de la TBC. Con tantas vidas en juego, ya no hay tiempo para más palabras.

Willo Brock is Senior Vice President for External Affairs at TB Alliance. Traducido del inglés por David Meléndez Tormen.

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