Cerriles y sectarios

Se dice que, por los años cuarenta, a un intento de la Academia Mexicana de la Lengua de establecer relaciones de cooperación con la Española, en aras de trabajar juntos por el evidente interés común, respondió el gobierno de entonces exigiendo, como paso previo, que el estado mexicano retirase su reconocimiento al gobierno de la II República en el exilio. Huelgan los comentarios sobre las prioridades de nuestros políticos del tiempo. Muchos años más tarde, yo mismo fui testigo, si bien a escala menor, de esa misma actitud por parte de representantes españoles en el exterior y respecto al mismo país. Nos acercábamos al final del franquismo, pero la cerrazón oficial, no siempre desinteresada, mantenía la inquebrantable adhesión al Régimen como piedra angular de una saludable carrera político-funcionarial.

De aquella, todavía se contaba la anécdota que le había sucedido a un amigo del narrador (distinto, también, claro) a quien, al regreso de Francia, en la frontera, un guardia civil le había decomisado La República de Platón, lo cual probaba por enésima vez la incultura y el cerrilismo de los franquistas. Pero la sociedad ya no era así y, aunque la superestructura política todavía daba coletazos, la verdad es que, desde que Fraga levantara la censura previa, en España podíamos comprar libros de Alberti, León Felipe, Neruda o Nicolás Guillén (de la inolvidable editorial Losada) en que, incluso, a la figura de Franco se le decía de todo menos bonito. Sin alharacas y medio de tapadillo, pero se podía. El profesor García Cárcel demostró en esta misma página, por el sencillo procedimiento de citar una lista no exhaustiva de obras, que la historiografía antifranquista sobre la Guerra Civil y la posguerra se había publicado y difundido normalmente dentro de España al menos en los diez últimos años de Franco: las versiones oficiales de los acontecimientos por fin tenían un contrapunto. Mientras, la derecha liberal, agrupada en torno a este periódico, llevaba años practicando una apertura de facto. En las postrimerías del Régimen se podían decir muchas cosas, con tal de no ir al choque directo, aunque, desde luego, aquello distaba mucho de ser modélico.

Tras la instauración de la democracia, creímos que, por fin, habría sitio para todos, general derecho a expresarse, sin consecuencias ni represalias, porque «los nuestros» no iban a emular a los franquistas más cerriles, precisamente por haberlos padecido. Ilusos. Una vez más pasamos de Pepito a don José. En un marco formal de libertades, la censura se impuso y se impone por el boicot personal (en editoriales, medios de comunicación, docencia), la selección por el descrédito de los discrepantes: solo se puede opinar, informar, investigar con arreglo a los cánones políticamente correctos de la gazmoñería progre, someterse a sus mitos y sus ritos, a sus fobias e intereses. Sectarismo sin adjetivos.

Buena parte del éxito de este terrorismo ideológico se debe a la renuncia de la derecha política a dar la cara en el terreno cultural. Por miedo, por vagancia, por inseguridad en sus convicciones. Se ha cedido hace mucho tiempo toda la terminología y los contenidos dominantes a separatistas y progres con pocas lecturas, que repiten cualquier cosa, y en los medios de comunicación la hegemonía progre impone conceptos más que discutibles y atemoriza a quien pretenda presentar la historia, la sociedad o las creencias de una manera diferente. Existe infinidad de ejemplos, que omitimos, como sabidos y muy lamentados por doquier en este país de Jeremías, donde nadie intenta cortarlos, sino sumarse a «lo que suena», no vayan a tenernos por fachas.

Mientras la derecha política sigue convencida de que política cultural significa subvencionar a unos cuantos cineastas y más nada, para hacerse fotos con ellos al aproximarse las elecciones, la izquierda motuproprio, y cada quien en su parcela, continúa el exterminio –por ahora, solo moral– de todo disidente u objetor a su sabiduría. Y perdonen una alusión personal, pero el ejemplo vale por extrapolable, más allá de la anécdota individual. Desde el año 2000 en que apareció mi libro Al-Andalus contra España ha recibido numerosos ataques adhominem y siempre por la misma razón: como no se puede demostrar, v. g., que el folclore de Huelva sea de origen árabe –porque no lo es–, se ataca a quien lo dice en voz alta y fuera del raquítico circuito de las revistas especializadas, lo que llaman «la Ciencia». Es una táctica vieja, muy empleada en todas latitudes por quienes carecen de otros argumentos. Raramente he contestado a tales agresiones, porque me aburren, e incluso muchas veces ni me entero. Gracias a Dios.

Sin embargo, en ocasiones la majadería es excesiva y –sobre todo– afecta a instituciones que me acogen y no merecen verse involucradas en las razones o sinrazones de mis libros, de las cuales soy único responsable. En una obra de reciente aparición –otra interpretación más, verdadera y excluyente de la conquista musulmana de Hispania– se discute, por el método de extraer un párrafo de tres líneas de un trabajo de más de trescientas páginas (nada nuevo), mi afirmación de que la invasión árabe-islámica fue brutal (como todas las de la época, lo que también digo) y que conllevó una durísima aculturación bien conocida. Hasta aquí nada digno de tomar en cuenta, pero el sectarismo delirante asoma cuando el autor asegura que un servidor hace tal afirmación por ser «tradicionalista, españolista y nacional-católico», fundamentando su infalible método inductivo en que la prueba de semejantes pecados reside en que «escribe en ABC, ha colaborado con FAES y es miembro de la Real Academia de la Historia». Resumiendo: la invasión islámica de la Península Ibérica no fue violenta porque Serafín Fanjul escribe en ABC.

No entraré a contar cómo ha sido mi vida y qué tiene que ver, o no, con esos sambenitos (él los considera así y por eso los esgrime), pero en honor de las instituciones mencionadas afirmo que este periódico jamás me ha hecho ninguna indicación sobre contenidos, incluidos textos poco coincidentes con su línea editorial, como veo firmas muy variadas, expresión de una idea de libertad que ya nos gustaría encontrar en otros; de modo análogo, aseguro que no me habría importado colaborar con fundaciones deizquierda, de haber hallado la consideración y respeto a mis posturas que siempre me han acogido en FAES (como saben quienes allí han coincidido conmigo, no me gustan, ni practico, los monólogos políticos a muchas voces); y respecto a la Real Academia de la Historia, quien conozca algo de la misma sabe que en ella convivimos en buena armonía personas de muy varia ideología, hasta el extremo de que un conocido medievalista –ya fallecido– entró en la misma pese a su reconocida filiación comunista y a propuesta de uno de los profesores más injustamente atacados en los últimos tiempos por ser autor de la biografía de Franco en nuestro Diccionario. Aquí y ahora, ¿quiénes son los cerriles, quiénes los sectarios?

Como en los años cuarenta, pero en sentido contrario, unos españoles intentan amordazar y someter a los otros a su censura ideológica. Cuidado con el túnel del tiempo, porque, si se les va la mano –y se les está yendo–, podemos llegar a los treinta.

Serafín Fanjul, miembro de la Real Academia de la Historia.

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