Certidumbres e incertidumbres en la economía

La economía española, como la de otros muchos países, está condicionada por lo que pueda ocurrir en los próximos tiempos con la Covid-19. A estas alturas la pandemia ha generado en nuestra economía algunas certidumbres, pero también bastantes incertidumbres que hacen poco fiable un pronóstico cerrado sobre su situación. Hay que tener en cuenta, desde luego, que las incertidumbres siempre acompañan a todos los pronósticos, porque incluso las situaciones más probables pueden ocultar sorpresas importantes. Pero en este caso las incertidumbres sobre los aspectos sanitarios y sus repercusiones en la economía superan a los habituales de otras ocasiones. Una somera descripción de esos factores puede ayudarnos a intuir los problemas que quizá nos esperen en los próximos meses.

Certidumbres e incertidumbres en la economíaComencemos por una esquemática descripción de las certidumbres sanitarias al día de hoy. La primera es que estamos ante una auténtica pandemia, pues el brote epidémico afecta a más de un continente y mientras algunos casos de la enfermedad han sido importados otros muchos están siendo originados ya por transmisión entre sus propios habitantes (transmisión comunitaria). La segunda certidumbre, ligada a la primera, es que ningún país se ha librado de la pandemia. La tercera, que esta pandemia está alcanzando cifras considerables de fallecimientos y secuelas graves y persistentes para muchos de quienes la sobreviven. La cuarta, que se están haciendo enormes esfuerzos en todo el mundo para conseguir una vacuna pero todavía no hay ninguna suficientemente probada, con resultados razonablemente garantizados y con una duración de sus efectos al menos de un año, como sucede con la vacuna de la gripe común. La opinión reciente de la OMS es que no existirá esa vacuna antes de 2022. La quinta, que no hay tratamientos farmacológicos que curen la enfermedad aunque algunos atenuar ciertos síntomas. Y la sexta y última, que el confinamiento de la población, sin contacto apenas entre los individuos, ha resultado ser el mejor procedimiento para aislar la enfermedad y cortar sus contagios, pero sus efectos sobre la economía son demoledores. Quizá no haya nada nuevo en esta enumeración de certidumbres pero al agrupar y sistematizar las certidumbres actuales pueden entenderse mejor sus efectos.

Esos efectos han sido especialmente duros respecto a la producción y a la demanda. Con los datos del segundo trimestre de este año, el PIB en términos reales ha caído un 22,1% respecto al mismo trimestre de 2019, lo que solo encuentra una cierta similitud con las caídas del PIB durante la Guerra Civil, que tuvieron un máximo de reducción del 23,5% entre 1935, último año antes de la guerra, y 1938, que fue el peor año del conflicto desde el punto de vista económico. La segunda es que, aunque todos los componentes de la demanda se están viendo muy negativamente afectados, algunos de ellos están siendo auténticamente devastados. Así, el consumo de los hogares en el interior del país durante el segundo trimestre de este año ha caído en casi un 30% respecto al mismo trimestre del año anterior, la inversión en activos fijos materiales en un 30,8% y las exportaciones de servicios, donde se encuadran resultados del turismo, en más de un 60%, por resaltar solo algunas de las partidas más significativas de la demanda global. Lo único que ha crecido en este lamentable escenario son los gastos públicos de consumo, básicamente los sueldos y salarios de los abundantes nuevos empleos creados por el Gobierno en los últimos meses.

Si de ahí pasamos ahora a lo ocurrido en las distintas ramas de la producción, quizá lo más reseñable sea que el Valor Añadido Bruto (VAB) de la industria manufacturera haya caído en más de un 27%, el de la construcción en casi un 30%, el del transporte, comercio y hostelería en más del 46% y el de las actividades artísticas, recreativas y otras similares en casi un 40%, cifras que anticipan un auténtico desastre para los datos totales de 2020. Como colofón de todo ello, el empleo ha sufrido sus consecuencias disminuyendo, en términos de contabilidad nacional, en más de un millón seiscientas mil personas si se comparan las ocupadas en el segundo trimestre de este año con las del último trimestre de 2019, es decir, con las cifras finales del pasado año. Probablemente estos datos serán apreciablemente peores al final de 2020, abriendo un nuevo abismo frente al endémico problema del desempleo.

Nunca se había visto nada igual, pero no debemos perder de vista que esas impresionantes repercusiones de la pandemia sobre la economía son la consecuencia de dos importantes circunstancias. La primera, el confinamiento de la población para atajar los contagios, que terminó desacelerando los contagios pero, al mismo tiempo, paró también una gran parte de nuestra producción y de su demanda. El segundo, el razonable temor a la enfermedad que se ha extendido por toda la población, lo que ha llevado a las familias a reducir su consumo, especialmente en viajes y actividades similares, con lo que ello significa para un mundo hasta ahora plenamente interconectado y abierto.

Las incertidumbres económicas sobre el futuro inmediato son muy elevadas. Desde el punto de vista sanitario están apareciendo con rapidez nuevos casos de la enfermedad, bautizados eufemísticamente de rebrotes pero que posiblemente encubran la segunda ola del virus que casi todos pronosticaban para el otoño-invierno. De nuevo resultará necesario atajar los contagios, pero atenuando las graves consecuencias económicas de un confinamiento general como el anterior. Sea como sea, lo más evidente es que todavía existen elevadas incertidumbres en la situación sanitaria y, consecuentemente, en la económica, pues nos quedan por superar etapas muy duras cuyo final en la sanidad puede depender de que aparezca una vacuna eficiente. Por eso quizá en el ámbito sanitario todo termine en un par de años si se logra esa vacuna y ojalá así ocurra. Pero superar todas las consecuencias de la enfermedad sobre la economía exigirá de un periodo probablemente más amplio, porque mucho es lo que se ha destruido y continúa destruyéndose en nuestro tejido económico. Debe subrayarse, además, que la situación concreta de España parece hoy apreciablemente peor que la de sus socios europeos. Así lo han señalado recientemente la UE, el FMI y la OCDE, que nos adjudican el farolillo de cola de la recuperación en los países avanzados.

En este contexto de grave preocupación respecto a nuestro futuro inmediato sorprende que el Gobierno de España, y casi todos nuestros representantes políticos, discutan en estos días sobre el posible sexismo implícito en ciertas señales de tráfico, sobre la renovación y ampliación de la memoria histórica ligada a nuestra terrible Guerra Civil –que, no se olvide, terminó hace más de 81 años– y sobre otros diversos temas similares, tratando de reabrir lamentables historias antiguas a las que los de entonces creíamos que les habíamos puesto un honesto final con nuestra modélica transición a la democracia.

Quizá esos sorprendentes conflictos de hoy se planteen solo para desviar la atención sobre la negativa evolución de la pandemia, sobre sus graves consecuencias económicas y sobre su gestión, desafortunada en muchos aspectos. Pero cuando se contempla ese panorama resulta casi imposible no pensar también que probablemente algún tipo de locura haya debido extenderse entre nuestros dirigentes, impidiéndoles entender que es el momento de movilizar con urgencia todos los recursos disponibles bajo una dirección políticamente neutral e independiente, de alto prestigio profesional y suficientemente controlada por el Congreso y la Unión Europea. Pero no nos hagamos ilusiones: esa solución no se encuentra ni por asomo en los planes conocidos de nuestro Gobierno, que temerariamente cree que una operación de reconstrucción de tal calibre puede llevarse a término como si fuese el programa y la tarea de una simple dirección general de cualquier ministerio pero, eso sí, con el inevitable concurso de hábiles estrategas electorales para aprovechar en las urnas todo lo que se pueda. ¡Que Dios reparta suerte!, como dicen los taurinos.

Manuel Lagares es catedrático de Hacienda Pública.

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