Cervantes en Cataluña

Brilla por su ausencia la conmemoración del centenario de la muerte de Cervantes en Cataluña, aunque tampoco en el conjunto de España la aportación de los responsables culturales sea para tirar cohetes. Mucho más si contemplamos con el rabillo del ojo lo que está haciendo Gran Bretaña por nuestro Shakespeare. Pero los responsables políticos andan en lo suyo: pactar o votar, «it is the question». El Parlamento -y conviene apreciarlo- no ha pasado de puntillas por el centenario, porque algo sí ha hecho: Le puso gafas a los leones de la puerta de las Cortes, organizó una lectura popular y masiva de «Don Quijote» y un ciclo de conferencias en torno a la siempre escasamente leída obra maestra de nuestro clásico de referencia. Pero quisiera hacer notar al respecto que quien dio la conferencia magistral en el edificio parlamentario fue Francisco Rico que, con razón, se entiende como el mejor conocedor de la obra cervantina. Rico es catalán y ejerció su magisterio principalmente en la Universidad Autónoma de Barcelona. Sustituye a Martín de Riquer, también catalán y en parte su maestro, catedrático de la Universidad de Barcelona y de la Autónoma. Pero los cervantistas son en nuestras universidades casi un gremio intergeneracional: desde Alberto Blecua a Carme Riera, de Rosa Navarro a Javier Cercas, de Jorge García López de la Universidad de Girona a Gonzalo Pontón Gijón.

Nadie sabe a ciencia cierta si Cervantes estuvo o no en la Ciudad Condal en aquellos tiempos, famosa ya por sus imprentas, que hoy calificaríamos como editoriales. Riquer identificó incluso la casa que habría ocupado frente al barcelonés Port Vell. El más reciente y afortunado biógrafo cervantino, Jordi Gracia, activo catedrático también de la Universidad de Barcelona, duda de la posible estancia del autor en la ciudad. Se situaría en junio de 1610, cuando su mujer, Catalina, en su ausencia realizó su testamento. Apunta Gracia: «Podía estar en Barcelona con el fin de buscar alguna solución para el futuro de un escritor popular pero de otro tiempo, como demasiados rumorean y repiten aquí y allá» («Miguel de Cervantes, la conquista de la ironía. Taurus», Madrid, 2016).

No disponemos de muchos datos sobre el autor del Quijote, aunque tantos se hayan aproximado a su legendaria figura. El hecho de que su novela obtuviera un notable éxito popular tampoco significó que fuera considerado en el mundo elitista y cortesano de la época. Sabía ya que su condición poética era cuestionable comparada con la de Lope de Vega o Francisco de Quevedo. Esta frustración le llevaría, en parte, a considerar que su verdadero ámbito era el de la novela, y aplicaría su inspirada crítica a unos engendros como las novelas de caballería, que ya se encontraban en decadencia, aunque habrían hecho las delicias de generaciones anteriores. La consideración sobre la modernidad de su novela llegaría más tarde desde la Ilustración inglesa y, fundamentalmente, con el Romanticismo. Hasta los escritores rusos de aquel período lo leyeron con provecho y escribieron sobre él. Tal vez la hipótesis de que no hemos superado todavía el Romanticismo (o tal vez que éste ha dejado huellas más profundas de lo que se cree) explicaría el respeto que se mantiene sobre su novela y se extienda a una producción que alcanzó todos los géneros de su época, desde el teatro o la novela corta, pastoril y bizantina, además de la añorada poesía. Jordi Gracia dedica su estupendo ensayo biográfico a Francisco Rico, porque no resulta extraña en Cataluña la atracción hacia «el mayor novelista de todos los tiempos», como alguien lo calificó. El afán coleccionista cervantino se mantiene vivo todavía entre nosotros. El reusense Leopoldo Rius, comerciante de vinos, vendió su colección cervantina a Isidre Bonsoms i Sicart (1849-1922) y éste la cedió en 1914, años de"noucentisme", a la Biblioteca de Catalunya en Barcelona que, en 1916, permitió su acceso al público. Pero sus 3.367 piezas, principalmente libros, se han ido incrementando hasta las más de 9.000 (libros, grabados, manuscritos, pinturas, etc.). Sigue siendo hoy uno de los mejores centros cervantistas, puesto que posee piezas únicas y las primeras ediciones de la obra de Cervantes, salvo «La Galatea» que se halla disponible en una rara segunda edición lisboeta. La colección cervantina de la Biblioteca Nacional de Madrid constituye el principal centro de referencia y se enriqueció en 1968 al comprar el fondo del también catalán Joan Sedó Peris-Mencheta (1908-1966), otro afamado coleccionista. Antes de que se convirtiera casi en un mito en el gremio pasé muchas horas entre los papeles de la Bonsoms, menos protegidos que hoy. La sala cervantina se instaló por vez primera en 1915 en la Sala Blava del edificio del actual Palau de la Generalitat, donde radicaba también el Institut d'Estudis Catalans, hoy situado junto a la Biblioteca. En 1936 la Bonsoms pasó definitivamente a la Biblioteca de Catalunya, que dirigía entonces un joven Jordi Rubió i Balaguer, menos recordado hoy de lo que se debiera. Ocupa el edificio del Hospital de la Santa Creu (más tarde también de Sant Pau), que empezó a construirse en 1401 y se mantuvo como centro hospitalario hasta comienzos del siglo XX. Al cumplirse otro centenario cervantino Barcelona y Cataluña hubieran debido, además de celebrar Sant Jordi y las rosas, hacer valer también las históricas aportaciones al quijotismo catalán, tan rico en sus manifestaciones, aunque los partidarios del monolingüismo no quieran entenderlo.

Joaquín Marco, escritor.

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