Cervantes y la cultura universal

En cierta ocasión, Carlos V dijo: «Cuantos más idiomas habla un hombre, más humano es». Cuanto más universal es una cultura, más refleja la condición humana. La celebración este mes de abril de los 400 años de las muertes de Cervantes y Shakespeare, motiva algunas reflexiones sobre la importancia de la conmemoración. Al igual que decenas de otros escritores de todas las épocas y naciones, tanto Cervantes como Shakespeare muestran en su trabajo una conciencia de los valores universales, y pertenecen, por tanto, a todas las naciones, no sólo a una.

Por desgracia, desde hace más de un siglo se han producido intentos de reducir la talla de Cervantes de lo universal a lo puramente local, o de utilizar su nombre para apoyar ideologías y perspectivas cerradas. El empleo del nombre de Cervantes en la causa del nacionalismo comenzó alrededor del año 1900, cuando encarnaba para muchos intelectuales españoles la esperanza de una grandeza resucitada para su país. En una carta de 1898 a Ángel Ganivet, Unamuno afirmó que Cervantes y su obra eran «símbolo eterno de nuestro pueblo español». De ser una obra de la literatura universal, El Quijote se convirtió en una arma política, para ser utilizada por todos los que comentaban la situación espiritual y social de España. Blasco Ibáñez afirmó el papel del Quijote como «la Biblia de nuestra raza» y como «representativo del espíritu español».

Cervantes y la cultura universalCervantes, ¿una propiedad exclusiva de España? Su lenguaje, ¿propiedad exclusiva de España? Eran afirmaciones que los ingleses nunca hicieron sobre Shakespeare, pero en España muchos españoles querían nacionalizar a Cervantes. La explotación de su nombre dio un paso más cuando se utilizó como arma política. Este problema se agudizó aún más después del Gran Desastre de 1898, cuando España perdió lo que le quedaba de su antiguo imperio. La cuestión aparentemente neutra del lenguaje se convirtió en un animado campo de batalla político, en el que el objetivo principal era la pretensión de España a la hegemonía cultural. Hace algunos años, el entonces director del Instituto Cervantes -establecido precisamente para difundir los méritos de la lengua de Cervantes en el mundo- comentó con notable imparcialidad que la obsesión con el estatus de su idioma había provocado una mezcla de frustración histórica («deberíamos ser los primeros»), manía persecutoria («hay una conjura internacional para impedirnos ser los primeros») y esporádica jactancia infantil («somos los segundos pero pronto seremos los primeros»). Resumió perfectamente las razones fundamentales por las que la agresividad nacionalista existió, y aún existe.

¿Los primeros? Desde ese día hasta hoy, se han realizado esfuerzos para crear falsas estadísticas que muestren que ciertos lenguajes eran, o son, el idioma más hablado de la tierra. ¿Realmente importa? Al parecer, sí que importa para algunos, incluso en España, donde hace sólo una generación se perseguía a otros españoles que hablaban sus propias lenguas regionales, al grito de «¡hablad el idioma de Cervantes!». No hay necesidad de citar el caso bien conocido del tratamiento de la lengua catalana. Es suficiente con hacer referencia al caso de Miguel de Unamuno, quien dirigió las siguientes palabras al pueblo vasco y su lengua: «Eres un pueblo que te vas; (…) estorbas a la vida de la universal sociedad, debes irte, debes morir, transmitiendo la vida al pueblo que te sujeta y te invade. (…) Esa lengua que hablas, pueblo vasco, ese euskera desaparece contigo; no importa porque como tú debe desaparecer; apresúrate a darle muerte y enterrarle con honra, y ¡habla en español!».

Este salvaje chauvinismo lingüístico, por supuesto, no era exclusivo de los fanáticos de un solo idioma. En su libro Linguistic Imperialism (1992), Robert Phillipson describe la influencia del inglés sobre los países del Tercer mundo. Este tipo de imperialismo representaba la práctica de una nación dominante de transferir sus características e ideologías culturales, económicas, sociales, y políticas, a otras naciones. Los británicos en ese momento pensaron en ello como una manera de transferir la civilización a otros países. Los españoles pensaron lo mismo. Sin embargo, con el tiempo los españoles no lograron transferir gran parte de su cultura y, por lo tanto, dieron mayor importancia a la función del lenguaje. Cervantes y su lengua se convirtieron en el principal símbolo de la hegemonía de España. En septiembre de 1909, Unamuno escribió una carta llena de indignación al periódico madrileño ABC, en la que afirmaba que España estaba sufriendo una difamación sistemática, que estaba relacionada en parte con la envidia que sentían los europeos porque el español era el principal idioma del mundo, cosa que no podían perdonar. «¡Somos superiores a los europeos!», proclamó con orgullo.

La consecuencia desafortunada de este tipo de actitud era que la universalidad fue rechazada por algunos, a favor del chauvinismo local. Una expresión típica de esto vino de la revista falangista Primer Plano, donde pudo leerse: «Entre los objetivos concretos de la gran misión hispánica, ninguno más trascendental, ninguno de necesidad más inmediata y apremiante que el de conservar la pureza del idioma castellano en todos los ámbitos del imperio hispano». De acuerdo con esta actitud, las lenguas no españolas tuvieron que ser excluidas de la vida pública y del cine. Aunque tal vez no tenía la intención, Franco condenó a los españoles a ser los peores lingüistas en Europa, porque excluyó el lenguaje no castellano de el cine. España es el único país de habla hispana en el que existe el doblaje de películas extranjeras. Es ya una costumbre, algo que parece natural, pero su origen fue la normativa promulgada por el régimen dictatorial en 1941, a imitación de una ley de Mussolini. El motivo de Franco era proteger el idioma castellano, pero, al hacerlo, no sólo condenó la industria del cine español al aislamiento lingüístico, también condenó a toda la nación española a la ignorancia de otros idiomas, un problema que aún hoy es uno de los mayores obstáculos culturales que sufren los españoles.

La universalidad es la esencia tanto del arte como de la literatura. Una nación muestra su capacidad para la cultura universal cuando abraza todas las naciones y lenguas. Las palabras de Carlos V citadas anteriormente eran las de un hombre universal, quien se sentía cómodo con muchas culturas y lenguas. Como él, Cervantes era universal, en sus fuentes, sus lectores y su pensamiento. La Inglaterra de Shakespeare también era universal en perspectiva, entre otras razones porque era también la nación que más acogió las obras de Cervantes. Desde el momento de la publicación del Quijote en 1605, 19 obras de Cervantes fueron traducidas al inglés y publicadas en el siglo XVII. Por desgracia, los españoles no hicieron el mismo servicio a Shakespeare, y aunque algunos textos fueron traducidos 200 años después de su muerte, eran de tan mala calidad que un experto español en 1883 podía escribir: «Aún falta en España una buena traducción de Shakespeare».

La cuestión del imperialismo lingüístico nos lleva a una consideración final. El éxito en la imposición de la hegemonía de una lengua puede tener consecuencias negativas. La posición dominante del imperialismo británico, por ejemplo, ha animado a otras culturas a adoptar una postura de sumisión. Esto ha dado como resultado un daño potencialmente grave a estas culturas. Desde el siglo XIX, la hegemonía del idioma inglés en los ámbitos de la ciencia, la tecnología, la medicina, la creatividad, el deporte, etcétera, ha tenido un efecto negativo sobre las lenguas minoritarias; y hoy en día incluso la vida política está dominada por aquéllos que dominan el idioma universal:el inglés.

Henry Kamen es historiador británico;acaba de publicar Fernando el Católico (La Esfera de los Libros, 2015).

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