Chávez vive en Vistalegre 2

Podemos lleva el germen de la autodestrucción. Había quien decía que ese partido-movimiento se estudiaría en las asignaturas de Ciencia Política como ejemplo de éxito. Sin embargo, todo apunta a que se quedará en las materias de Historia, inmerso en el caos del izquierdismo posmoderno, ese que navegó tras el desplome del comunismo con la New Left, lejos de la Tercera Vía, y que intentó resucitar con el estilo populista.

No importa quién gane en Vistalegre 2, porque es tan notorio el rastro de cadáveres, típico del comunismo desde Lenin, y las demostraciones públicas de inquina personal y de vacío ideológico son tan grandes, que nada será como antes. Lo único que les une es una teoría del poder, con tácticas calculadas, aunque mal ejecutadas, para instalar su proyecto socialista con maneras populistas.

La facción de Pablo Iglesias, llamada Podemos Para Todas -un nombre tan desacertado como el vídeo en el que el líder charlaba con un tronco- presenta un documento político extrañamente naíf, donde se habla de la URSS como proyecto “emancipatorio” (sí; la palabra no existe), los malvados “viejos partidos”, y la cantinela de tópicos que han colocado en la agenda política gracias a sus medios de comunicación amigos, como el de la “pobreza energética” –uno es pobre o no, y ya está-.

El texto esconde otros dos más importantes de evidente inspiración chavista. El primero de ellos se titula Crisis de régimen y proceso constituyente. Íñigo Errejón y Rita Maestre, cuando solo eran miembros de Contrapoder (una asociación universitaria), organizaron junto a Tania Sánchez Melero un acto con el mismo nombre, el 23 de mayo de 2013, con las mismas conclusiones y soluciones. El título está tomado del proceso que Hugo Chávez abrió en Venezuela, y cuyo discurso se imitó en Bolivia y Ecuador. Las ideas son una mezcla de las que el marxista Antonio Negri expuso en El poder constituyente (1994), pasadas por el clásico populismo hispanoamericano.

El documento dice lo mismo que ya apuntaron Errejón y Tania Sánchez en 2013; esto es, que vivimos en un “proceso destituyente” -antónimo de “constituyente”-, por la incompatibilidad del capitalismo neoliberal (sic) con la democracia. Desde 2008, dicen ahora pablistas y errejonistas, el régimen del 78 ha mostrado sus carencias. Las razones, afirman, es que la pertenencia a la Unión Europea impide la democracia social y la soberanía popular, así como el derecho a decidir para constituir un Estado federal. Todo esto se debe, claro está, a la “ofensiva neoliberal” que ejercen PP, PSOE y Ciudadanos, a los que califican de frente “nacional-constitucional”. Hasta aquí, lo típico del populismo socialista.

No merece la pena desmontar los clichés, pero sí contar que el neoliberalismo no existe nada más que en el discurso de los enemigos de la libertad y el mercado. Hayek y Mises, que algo sabían de esto, rechazaron el término en 1938. Alexander Rüstow se quedó entonces con el término para denominar a un vía entre el capitalismo y el socialismo a la que bautizó como “economía social de mercado”. Pero, además, ¿cómo calificar la voraz política fiscal de Montoro como (neo)liberal sin reír?

El diagnóstico de la crisis actual es calcado del que hizo Chávez en los 90: la Constitución de 1961 y el acuerdo de Punto Fijo supusieron un pacto entre las oligarquías corruptas para aprovecharse del pueblo, privándole de su soberanía y sus derechos. El documento político de los podemitas, siguiendo esto, dice que la Constitución del 78 fue impuesta por el “partido monárquico-militar” con un falso “Estado social”. Los chavistas decían que era preciso entrar en un proceso constituyente continuo, como dice el texto de Podemos Para Todas, para erigir una democracia basada en “derechos sociales reales”, el federalismo, y poner la justicia “al servicio de las mayorías”.

¿Cómo se hace esto? No basta la representación institucional, lo que es consecuente con la participación en un régimen al que consideran espurio, sino que necesita de la presión callejera y de ganar la agenda y el lenguaje político. Así se puede leer que su proceso requiere una “primavera de círculos” para “despertar” al pueblo en un esfuerzo de “pedagogía cívico-popular”.

La regeneración democrática es el segundo texto al que me refería, del cual es coautor Txema Guijarro, quien fue asesor del gobierno chavista de Ecuador. Bajo la pretensión de que nos encontramos ya en una nueva transición, asegura que un proyecto regenerador solo puede pasar por una “redistribución de la riqueza” a través de una “democratización de la estructura económica” que rompa los “mecanismos de opresión”.

Tras el lenguaje leninista y anticuado –valga la redundancia-, no hay la pretensión de más Estado, sino de construir un “nuevo modelo de Estado”. No es un objetivo socialdemócrata, de crecimiento de lo público, sino de constituir un Poder diferente basado en un movimiento popular, el suyo, controlado por ellos, por sus “poderes populares”, que determine las relaciones económicas, sociales y culturales, para llegar a la Sociedad Nueva. Otra vez Negri bajo la jerga populista de Laclau; es decir, el comunismo posmoderno.

En Vistalegre 2 solo se juegan los cargos y los presupuestos entre los grupos acaudillados por Iglesias y Errejón. Lo que empezó siendo una táctica propagandística -la del agresivo y el intelectual que difieren pero se complementan-, se ha transformado en una lucha sin cuartel por la supremacía. Solo les diferencia la idea de cómo absorber a lo que queda de PSOE: si desde la oposición y la retórica, o compartiendo gobiernos locales. En lo demás coinciden, incluso con Hugo Chávez.

Jorge Vilches es profesor de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Universidad Complutense y coautor del libro ‘Contra la socialdemocracia’ (Deusto).

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