Chavismo: el régimen sin sentido del humor

Sin quererlo, he provocado un pequeño incidente diplomático. En un reciente coloquio en el Instituto Cervantes de Nueva York, donde se reunieron representantes diplomáticos y académicos de varios países latinoamericanos para conmemorar el Bicentenario del inicio de las guerras de independencia, la delegación venezolana se marchó indignada cuando yo dije -inocentemente y en broma- que Venezuela podía destituir a Simón Bolívar como héroe nacional y sustituirle por el mosquito Aedes Aegypti, portador de la fiebre amarilla. Éste, desde luego, hizo mucho más que aquél para acabar con los ejércitos españoles.

Para mí, sería fácil sucumbir a la tentación de sentir cierto orgullo. Porque tener la capacidad de ofender tanto es, desde luego, un logro. Y provocar incidentes diplomáticos no es una experiencia habitual para un humilde catedrático de Historia como yo. Pero la verdad es que sólo me han quedado dos sentimientos: vergüenza por haber hecho una faena a mis anfitriones del Instituto Cervantes, quienes trabajan incansablemente y con mucho éxito para mejorar la imagen de España en Estados Unidos y cultivar buenas relaciones con todos; y emoción por haber descubierto un rasgo profundo e inquietante del régimen de Hugo Chávez, que devela su absoluta falta de sentido de humor.

Yo solía pensar que entendía bastante bien el mundo diplomático. De joven, cuando pensaba dedicarme al periodismo, mi primer puesto de trabajo fue en la revista mensual del cuerpo diplomático de Londres. Mi cometido era escribir la crónica social, que me resultó un gran sacrificio porque no me estaba permitido decir casi nada de fundamento, todo lo más, comentar lo bello que era el vestido de tal o cual embajadora en tal o cual fiesta, o alabar la atmósfera alegre de tal o cual cóctel. De política, nada. Y de crítica, menos. Luego me pusieron a escribir editoriales, cometido en el que me sentí mucho mejor y en el que tuve cierto éxito satirizando los cables diplomáticos. En aquellos tiempos, daban lugar a que se satirizasen. Hoy en día, a juzgar por las filtraciones de Wikileaks, se satirizan a sí mismos.

Me di cuenta de que un buen sentido del humor era un recurso precioso de la política internacional. Un chiste podía calmar una crisis. Una risa podía desactivar una situación explosiva. Los intercambios humorísticos, bien apreciados, podían ayudar a que líderes de facciones opuestas lograsen una relación de simpatía que conducía a veces a que la diplomacia se desarrollase con fluidez. Reírse juntos, a fin de cuentas, es la mejor forma de compartir un proyecto sincero de comprensión recíproca, ya que el humor es, tal vez, el elemento que más difícilmente se traduce de un idioma a otro, o que con más trabajo se transmite a través de los abismos que separan las culturas. Recuerdo el momento en el que el líder ruso Nikita Kruschev, que tenía un sentido de humor robusto, en un encuentro con Richard Nixon, que acababa de comentar que los rusos no entendían bien el capitalismo, contestó al entonces vicepresidente estadounidense: «Tal vez, sí. Pero ustedes no saben nada del comunismo, salvo temerlo». En lugar de ofenderse, Nixon apreció la agudeza, y la temperatura de la Guerra Fría subió un par de grados.

Según un reportaje poco fiable, Nixon intentó después explicar a Kruschev el concepto estadounidense de una sana cultura política: «Cada ciudadano de Estados Unidos puede ir a Washington, acercarse a la Casa Blanca, llamar a la puerta y decir al presidente Eisenhower: ‘Presidente Eisenhower, su Gobierno es una porquería’. He aquí la libertad de la que gozamos».

«En mi país ocurre lo mismo», dijo Kruschev. «Cada ciudadano de la Unión Soviética puede venir a Moscú, acercarse al Kremlin, llamar a la puerta y decirme a mí: ‘Camarada secretario general Kruschev, el Gobierno del presidente Eisenhower es una porquería. Así que disponemos de la misma libertad».

En la reunión de Nueva York, yo creía sinceramente que mi chiste del mosquito tenía gracia. El público, en general, lo encontró gracioso. Por supuesto, como todos los buenos chistes, encarnaba una verdad, que es que Bolívar es un tipo cuyo heroísmo y santidad secular se han exagerado mucho, ya que era alguien con una mezcla de virtudes y vicios. También es cierto que la fiebre amarilla tuvo más influencia en las guerras de independencia novogranadinas que cualquier actuación militar y que el mosquito fue, en ese sentido, un gran Libertador.

Esas verdades contienen una lección para Chávez: que su idolatría hacia la figura mítica de Bolívar es excesiva y peligrosa, y que le hace ridículo. Cuanto más sabemos de la auténtica historia de Bolívar, más se revelan, junto a sus grandes méritos, sus fracasos, crueldades, excesos e irracionalidades. Lo más aconsejable por el bien del mismo Chávez sería que abandonase la identidad supuestamente bolivariana de su régimen y que mantenga una actitud más razonable y equilibrada hacia la herencia del Libertador. Si a nuestros compañeros venezolanos les hubiera declarado mi parecer sin suavizarlo con un toque de gracia, les hubiese dicho que el bolivarianismo de su régimen no es una ideología fehaciente sino una retórica vacua e infantil, carente tanto de contenido relevante como de base histórica. Entonces sí hubiesen tenido el derecho de ofenderse, enfadarse incluso, y aun de marcharse de la sala si realmente pensaran que mi punto de ver era digno de una reacción tan fuerte. Pero yo seguía las normas de la buena diplomacia y me limité a una broma que se pudo aceptar honradamente como una provocación a la risa más bien que al abandono del diálogo.

Antes de abandonar la sala, el ministro consejero de Venezuela ante las Naciones Unidas, Don Lautaro Ovalles, intervino para denunciar mi osadía «imprudente e impúdica». Dijo que los chistes no cabían en un encuentro académico y diplomático. Pero, en cambio, yo considero que es allí donde más se necesitan, ya que no hay educación sin entretenimiento, ni diplomacia exitosa sin sentido de humor. Incluso me acusó de ignorancia por haber citado la imagen de los fusilamientos del Tres de Mayo de Goya como icono de la Guerra de Independencia de España, alegando que se había pintado mucho después (lo que es ni relevante ni cierto, ya que el cuadro se pintó en 1814, en plena guerra, casi en el momento de la expulsión de los invasores). El distinguido diplomático y estudioso no se detuvo para escuchar ni mis respuestas ni mis disculpas.

Paradójicamente, no se puede debatir profundamente y con franqueza los temas serios sin aprovechar del humor. Por eso, el chavismo se condena a su propio laberinto. Chávez no duda en insultar a los demás de la manera más grosera, sin sutileza ni gracia. Al cardenal Urosa llamó «troglodita», y al secretario general de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, «excremento puro». Según él, el presidente Obama «huele a azufre». En un momento célebre, el Rey de España tuvo que sugerirle que se callase. Chávez es el peor de los payasos -el que emite insultos sin hacer gracia ninguna- Se regocija poniendo cara de pocos amigos. Sus representantes, mientras tanto, se ofenden cuando un chiste un poco picante acerca de su querido Bolívar no les cae bien, y salen literalmente de sus casillas. Un sentido del humor enriquece la vida y conduce a la felicidad. Por no tenerlo, los chavistas, desgraciadamente, se limitan a vidas infelices e infligen sus infelicidades en los demás. Yo saldré sonriendo, pero temo que, para la mayoría de sus víctimas, vivir bajo un régimen tan hosco y malcarado, que camina hacia una auténtica dictadura con decisiones como la del pasado fin de semana, cuando la Asamblea Nacional concedió a Chávez poderes para gobernar por decreto durante los próximos 18 meses, no les resulta muy divertido.

Felipe Fernández-Armesto, historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame.

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