China está bien

Hoy en día crece el temor de que la economía china pueda ir camino a un aterrizaje forzoso. El mercado bursátil chino cayó 20% en el transcurso del año pasado, a niveles que se habían visto por última vez en 2009. Una debilidad continua en los datos recientes -desde el sentimiento a nivel gerencial y la producción industrial hasta las ventas minoristas y las exportaciones- ha agudizado la ansiedad. Hoy muchos temen que China, que durante mucho tiempo fue el motor más poderoso de la economía global, se esté quedando sin combustible.

Esos temores son exagerados. Es cierto, la economía de China se desaceleró. Pero la desaceleración ha sido controlada, y probablemente siga siendo así en el futuro previsible. Todavía hay motivos sólidos para pensar que el aterrizaje será suave.

Las características de un aterrizaje forzoso de China son bien conocidas como resultado de la Gran Recesión de 2008-2009. El crecimiento anual del PBI de China se desaceleró marcadamente desde su pico de 14,8% en el segundo trimestre de 2007 a 6,6% en el primer trimestre de 2009. El crecimiento de China liderado por las exportaciones sufrió el embate de una monstruosa caída de la demanda externa que hizo que el comercio mundial se derrumbara un 10,5% sin precedentes en 2009, y así rápidamente pasó del auge a la debacle. A eso le siguió el resto de una economía china desequilibrada -especialmente el mercado laboral, que se deshizo de más de 20 millones de empleos sólo en la provincia de Guangdong.

Esta vez la caída ha sido mucho más suave. Tras registrar un pico de 11,9% en el primer trimestre de 2010, el crecimiento anual del PBI de China se desaceleró a 7,6% en el segundo trimestre de 2012 -sólo la mitad de la enorme desaceleración de 8,2 puntos porcentuales experimentada durante la Gran Recesión.

A menos que se produzca una disolución desordenada de la eurozona, cosa que parece poco probable, el pronóstico de referencia del Fondo Monetario Internacional de un crecimiento anual del 4% en el comercio mundial para 2012 parece razonable. Eso estaría por debajo de la tendencia de crecimiento de 6,4% de 1994 a 2011, pero no estaría ni cerca del colapso registrado durante 2008-2009. Ahora que la economía china no parece tan amenazada por un debilitamiento liderado por las exportaciones como hace tres años y medio, un aterrizaje forzoso es improbable.

Indudablemente la economía enfrenta otros vientos de frente, especialmente como consecuencia de las políticas que se implementaron para inducir el enfriamiento de un mercado inmobiliario recalentado. Pero la construcción de las llamadas viviendas sociales para familias de bajos ingresos, reforzada por recientes anuncios de inversión en zonas metropolitanas clave como Tianjin, Chongqing y Changsha, así como en las provincias de Guizhou y Guangdong, debería compensar en exceso la caída. Es más, a diferencia de las iniciativas financiadas por el sector bancario hace 3-4 años, que derivaron en un preocupante exceso de deuda de los gobiernos locales, el gobierno central parece inclinado a desempeñar un papel más importante en el financiamiento de los proyectos actuales.

Informes sobre ciudades fantasma, puentes que no conducen a ninguna parte y nuevos aeropuertos vacíos alimentan la preocupación entre los analistas occidentales de que una economía china desequilibrada tal vez no se recupere como lo hizo en el segundo semestre de 2009. Con una inversión fija que se aproxima al umbral sin precedentes del 50% del PBI, existe el temor de que otro estímulo fiscal liderado por la inversión sólo sirva para acelerar el inevitable escenario de un colapso chino.

Pero el nerviosismo de los pesimistas pasa por alto uno de los motores más importantes de la modernización de China: la mayor historia de urbanización de la cual el mundo haya sido testigo. En 2011, el porcentaje urbano de la población china superó el 50% por primera vez: llegó al 51,3% comparado con menos del 20% en 1980. Es más, según proyecciones de la OCDE, la población urbana ya creciente de China debería expandirse en más de 300 millones para 2030 -un incremento casi igual a la población actual de Estados Unidos-. La migración de áreas rurales a zonas urbanas ya alcanzó un promedio de 15 a 20 millones de personas por año, lo que predice que las llamadas ciudades fantasma de hoy rápidamente se convertirán en las pujantes áreas metropolitanas de mañana.

El distrito de Pudong en Shanghái es el clásico ejemplo de cómo un proyecto de construcción urbana “vacío” a fines de los años 1990 rápidamente se convirtió en un centro urbano plenamente ocupado, con una población actual de aproximadamente 5,5 millones de habitantes. Un estudio de McKinsey estima que para 2025 China tendrá más de 220 ciudades con poblaciones que superen el millón de habitantes, en comparación con 125 en 2010, y que habrá 23 mega-ciudades que tendrán una población de por lo menos cinco millones de habitantes.

China no puede darse el lujo de esperar para construir sus ciudades nuevas. Por el contrario, la inversión y la construcción deben estar alineadas con la futura llegada de residentes urbanos. La crítica de las “ciudades fantasma” ignora por completo esta cuestión.

Todo esto es parte del gran plan de China. El modelo productor, que funcionó de manera brillante durante 30 años, no puede llevar a China a la tierra prometida de la prosperidad. Los líderes chinos lo saben desde hace mucho tiempo, como bien lo señaló el premier Wen Jiabao en 2007, cuando advirtió sobre una economía “inestable, desequilibrada, no coordinada y en definitiva insostenible”.

Dos crisis externas -primero en Estados Unidos, y ahora en Europa- transformaron estas cuatro debilidades en un plan de acción. China, excesivamente dependiente de la demanda externa de las economías desarrolladas afectadas por la crisis, adoptó el décimo segundo Plan Quinquenal pro-consumo, que establece una sólida estrategia de reequilibrio que debería impulsar el desarrollo durante décadas.

Los requerimientos de inversión y construcción de una urbanización de gran escala son un pilar esencial de esta estrategia. El ingreso urbano per capita es más del triple del promedio en las zonas rurales. Siempre que la urbanización esté asociada a la creación de empleo -una estrategia enfatizada por el impulso concomitante de China en el desarrollo generado por los servicios- el ingreso laboral y el poder adquisitivo de los consumidores saldrán beneficiados.

Contrariamente a lo que sostienen los escépticos frente a China, la urbanización no es un falso crecimiento. Es un ingrediente esencial de la “próxima China”, ya que le ofrece al país opciones tanto cíclicas como estructurales. Frente a una caída de la demanda -ya sea debido a una crisis externa como a un ajuste interno, tal como la corrección del mercado inmobiliario-, China puede modificar sus requisitos de inversión liderados por la urbanización de manera acorde. Con un superávit de ahorros y un déficit presupuestario de menos del 2% del PBI, tiene los medios para financiar estos esfuerzos. También existe un amplio margen para la flexibilidad monetaria; a diferencia de los bancos centrales en Occidente, el Banco Popular de China tiene mucha munición en reserva.

Una desaceleración del crecimiento no puede ser una sorpresa para una economía liderada por las exportaciones. Pero China está mucho más en forma que el resto del mundo. Una estrategia sólida de reequilibrio ofrece el respaldo estructural y cíclico que le permitirán evitar un aterrizaje forzoso.

Stephen S. Roach was Chairman of Morgan Stanley Asia and the firm’s Chief Economist, and currently is a senior fellow at Yale University’s Jackson Institute of Global Affairs and a senior lecturer at Yale’s School of Management. His most recent book is The Next Asia.

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