China: modelos económicos (I)

Cuenta Greenspan en sus Memorias que en 1994, al intentar convencer al entonces primer ministro chino, Li Peng, de que China abriera más deprisa sus mercados, Li le preguntó cómo explicaba, si Estados Unidos era tan devoto del mercado, el control de precios y salarios decretado por Nixon en 1971. Greenspan contestó que aquella había sido una mala política. ¿Cuál sería hoy el tenor de una conversación entre Li Peng y Greenspan, ambos jubilados, sobre las virtudes y defectos del mercado? O, lo que es lo mismo, ¿cómo será el próximo diálogo entre Wen Jiabao y Paulson?

Lin Mingkang, director de la Comisión Reguladora de la Banca china, ha calificado de "ridículos" los mecanismos financieros norteamericanos que desencadenaron la crisis. Uno de sus colaboradores, Liao Min, fue más explícito: "Habrá que revisar el consenso occidental sobre la relación mercado-Gobierno. Occidente sobrestima el poder del mercado e infravalora el papel del regulador. La crisis de las subprime muestra que esta es una visión incorrecta. Sin regulación adecuada el sistema financiero global se convierte en un casino". Los dirigentes chinos han sido muy prudentes en sus juicios, pero no es difícil imaginar qué están pensando.

A menudo los críticos occidentales consideran el sistema económico chino un capitalismo de amiguetes (crony capitalism),exhortan a China a que se convierta en socio responsable (responsible stakeholder)del sistema económico internacional, o comparan las bolsas de Shanghai y Shenzhen con casinos. ¿Capitalismo de amiguetes? Hay una variante con características americanas: agencias de evaluación a sueldo de los evaluados; privatización de beneficios y socialización de pérdidas; ratios de endeudamiento de 1 a 30; compensaciones multimillonarias a banqueros que hacen perder hasta la camisa a sus clientes; ineficacia total del mecanismos de regulación y vigilancia; y, como guinda, el ex presidente de uno de los grandes bancos de negocios, los responsables del desaguisado, dirigiendo la operación de salvamento con dinero público. ¿Socio responsable? La más grave irresponsabilidad ha sido inyectar activos tóxicos en las venas del sistema financiero internacional. ¿Casino?

Vale, pero el mayor casino ha resultado ser el sistema financiero norteamericano.

Sin embargo, los comentarios citados están lejos del apocalíptico regocijo de Castro y Chávez. Nada parecido, tampoco, a la proclamación del fin de Estados Unidos como superpotencia financiera hechos por Sarkozy o por el ministro de Finanzas alemán. Quedan en China comunistas al viejo estilo, dispuestos a la involución, pero sus posibilidades son remotas, en vista del fracaso sin paliativos del modelo económico soviético en China y del éxito rotundo del modelo de mercado.

Los dirigentes chinos saben muy bien que están en el mismo barco que los países occidentales, tanto porque su economía exportadora, la más beneficiada por la globalización, depende de la buena salud de aquellos, como porque comparten con ellos el modelo de mercado, hacia el que siguen avanzando sin prisa pero sin pausa. No se trata de eliminar el mercado, sino de corregirlo, evitando excesos a que puede llevar abandonarlo a su propia inercia, a la mano invisible, herencia de Reagan y Thatcher. Hace falta un código de la circulación y un guardia que lo aplique.

En China aproximadamente un tercio de la economía, centrada en torno a un centenar de grandes empresas, incluida la gran banca, está en manos del Estado. De este modo se garantiza el predominio de la propiedad pública, con lo que el sistema se considera sigue siendo socialista, y el Estado goza de una poderosa palanca adicional para controlar la economía. La crisis actual está siendo para China una verdadera universidad para estudiar los defectos del mercado. Y, esperemos, de su capacidad de recuperación.

China nunca siguió ciegamente los consejos de las organizaciones económicas internacionales o de expertos extranjeros, mayormente norteamericanos, como hicieron Rusia o muchos países en vías de desarrollo, con resultados casi siempre nefastos. El consenso de Washington (liberalizar, privatizar, estabilizar) no se aplicó nunca de forma acrítica, sino que se pasó por el cedazo de los intereses y de las valoraciones propios. China no ha abierto por ahora la cuenta de capital pese a las presiones, justamente, de los bancos de inversión norteamericanos; los grandes bancos siguen siendo de propiedad pública; y ha ido permitiendo la revaluación del yuan lentamente, de modo que no perjudicara a su economía. Los hechos le han dado la razón.

Los cuatro grandes bancos comerciales chinos, de propiedad estatal, han vendido los últimos años participaciones (hasta un máximo del 20%) a varios de los principales bancos norteamericanos (entre ellos Goldman Sachs y Merrill Lynch) o europeos. Irónicamente son los que tenían que enseñar a China la gestión de riesgos. EE. UU., y no sólo ellos, saldrán de la crisis con su autoridad moral, su credibilidad, muy mermadas. Sus consejos, si se atreven a darlos, tendrán en adelante escaso peso.

Harían bien los dirigentes chinos, por cierto, en mirar hacia España, donde tanto el banco central como los bancos privados han dado un ejemplo único en Occidente de prudencia y competencia.

Eugenio Bregolat, ex embajador de España en China.