China necesita una amnistía olímpica

Por Wang Dan, uno de los dirigentes del movimiento democrático de Tiananmen en 1989 que pasó casi siete años en una cárcel china. Desde 1998 vive exiliado en EE UU. Este artículo está adaptado del libro China’s Great Leap: The Beijing Games and Olympian Human Rights Challenges [El gran salto de China: los Juegos de Pekín y los retos olímpicos de derechos humanos]. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. © Global Viewpoint 2008 (EL PAÍS, 04/06/08):

El terremoto de Sichuan y los próximos Juegos Olímpicos de Pekín son quizá los acontecimientos más importantes de la China contemporánea desde las protestas y la matanza de la plaza de Tiananmen el 4 de junio de 1989, hace hoy 19 años. Ahora que China se dispone a presentarse ante el mundo después de un devastador desastre natural, ha llegado el momento de que los líderes chinos se olviden de las viejas heridas y ofrezcan una amnistía olímpica a todos los presos políticos y a quienes nos vimos obligados a partir al exilio por expresar pacíficamente nuestras opiniones. Sólo entonces el pueblo chino podrá trabajar unido para construir una nueva China sobre las ruinas de una tragedia nacional y aparecer ante el mundo como una nación respetuosa de los derechos dentro y fuera de sus fronteras.

En 1993, yo fui uno de los 20 disidentes puestos en libertad en el marco de la primera ofensiva china de relaciones públicas para asegurarse la celebración de los Juegos Olímpicos. Salí de la cárcel un mes antes de que el Comité Olímpico Internacional llegara a Pekín en una visita de inspección. Como es natural, me alegré de quedar libre, pero también comprendí que estaban utilizándome como moneda de cambio. Me dejaron salir, pero siguió habiendo muchos otros encarcelados por expresar de forma pacífica sus convicciones.

En 1993, y de nuevo en 2001, apoyé públicamente la candidatura olímpica de China, porque creo que los Juegos pueden ser un incentivo para mi país y una gran oportunidad para que el pueblo chino entre en contacto con el mundo. Estoy convencido de que China debe desarrollar una sociedad civil fuerte, y una forma de hacerlo puede ser que la comunidad internacional se acerque y entable un diálogo con nuestro pueblo.

Como muestra mi propio caso, los Juegos Olímpicos ofrecen una oportunidad poco frecuente para garantizar la liberación de numerosos disidentes chinos que aún permanecen en prisión. No obstante, cuando la primera candidatura olímpica no triunfó, volvieron a detenerme y condenarme por “subversión”. Entre las “pruebas” en mi contra figuraba el haberme matriculado en un curso de historia por correspondencia que ofrecía la Universidad de California.

Por fin, en 1998, fui exiliado a Estados Unidos junto con otro disidente, Wang Juntao, en un intento de apaciguar a la opinión pública norteamericana e internacional en vísperas de la visita del presidente Clinton a China para celebrar una cumbre.

En las dos ocasiones en las que China presentó su candidatura olímpica, mi esperanza era que los Juegos tuvieran un efecto catalizador sobre la parálisis política del país. El pueblo chinono es su Gobierno. Desde 1989, mi país y sus habitantes han cambiado mucho. Sin embargo, el Gobierno ha cambiado verdaderamente poco. Los numerosos disidentes que hoy siguen entre rejas constituyen una tragedia nacional y una humillación política.

En las dos ocasiones en que presentó su candidatura a los Juegos Olímpicos -la primera frustrada, la segunda exitosa-, Pekín se comprometió solemnemente ante el mundo a mejorar la situación de los derechos humanos. Pese a ello, los autócratas que controlan el Partido Comunista Chino -la única fuerza política a la que se permite actuar desde 1949- siguen aplastando cualquier voz que se levanta para exigir los derechos humanos más esenciales.

Para distraer la atención de esta historia de represión, el Gobierno chino está intentando usar los Juegos Olímpicos con el fin de propagar un nuevo modelo económico de salto adelante y un nacionalismo estrecho como bandera. Creo que, por desgracia, la generación que creció durante la Revolución Cultural ha perdido la capacidad de comprender lo que verdaderamente significa ser patriota y amar a su país. El fervor nacionalista no puede sustituir a un sistema de gobierno abierto, transparente y democrático.

En China hay todavía mucha gente que cumple largas penas de prisión por actividades que son un compromiso político normal en casi todo el resto del mundo. El sistema penitenciario chino retiene a miles de presos políticos, aunque el número exacto no se conoce porque el Gobierno no proporciona cifras oficiales. Se calcula que 300.000 ciudadanos chinos han sido enviados a campamentos de reeducación mediante el trabajo en todo el país, a menudo por actividades políticas.

No obstante, incluso en los rincones más oscuros de China se ven atisbos de luz. La explosión de informaciones sobre la tragedia humana del terremoto en los medios nacionales chinos -pese a los esfuerzos iniciales del Gobierno por controlarlas- puede ser el anuncio de un cambio sísmico en el tratamiento de los medios de comunicación por parte de las autoridades.

Igual que para recuperarse del terremoto será necesaria una gran tarea de reconstrucción, los Juegos Olímpicos pueden ayudar a restablecer la confianza de la población en el Gobierno. Un primer paso fundamental sería dejar en libertad a los ciudadanos chinos que hayan sido detenidos sin haber infringido ninguna ley y permitir a los que hemos tenido que exiliarnos que volvamos y disfrutemos de los Juegos Olímpicos en nuestro país.

Han pasado 19 años desde la carnicería de Tiananmen. Ahora que quedan pocas semanas para el inicio de los Juegos en China, es el momento de que el Comité Olímpico Internacional, las empresas patrocinadoras, los dirigentes mundiales, los atletas y los aficionados al deporte de todo el mundo pidan al Gobierno chino que deje en libertad a los presos políticos y permita a los exiliados regresar, por fin, a casa.

Pekín debe cumplir sus promesas y hacer realidad su potencial en materia de derechos humanos para que el pueblo chino sea el auténtico vencedor de los Juegos Olímpicos de Verano de este año de 2008.