China no es de papel

En el principio fue la Revolución francesa. Hubo antes la revolución inglesa, Cromwell y -en 1649- otra decapitación regia, pero esto no importa. Lo quiera o no, la palabra revolución evoca la mañana parisina del 14 de julio de 1789, cuando el arrabal de Saint Antoine tomó la Bastilla decidido a cambiar completamente la faz de la tierra. Sólo a partir de la Revolución francesa la palabra revolución significa “transformación radical”, “cambio total del mundo”, “novedad absoluta”. Pero la palabra revolución tiene otro significado que le es más originario. El término revolutio aparece, en la antigüedad cristiana, como sustantivación del verbo revolvere, con el sentido de “volver a girar” para movimientos de rotación circular. En su origen, pues, la palabra revolución connota la infinita repetición de los ciclos lunares, las sucesivas reencarnaciones de las almas, el movimiento de los planetas… permanencia y no cambio, repetición en vez de novedad o, más precisamente, revolución permanente en lo idéntico. Según este último sentido, sólo el capital es el verdadero sujeto revolucionario. Porque lo cambia todo para permanecer él, valor valorizado.

En el principio fue la revolución política del capital. Su épica. La France. Luego fue su recepción en los países sin revolución, de ciclo más corto. Tres jóvenes estudiantes en el seminario de Tubinga, Hölderlin, Schelling y Hegel, escribiendo el primer programa del idealismo teutón, proyectando construir “una mitología de la Razón”. Soñándola fascinados, la revolución. En sus cabezas. Su realización. Revolución de suplencia. Hay revoluciones materiales y revoluciones ideales, como la del idealismo alemán, que sólo se producen en la imaginación del sujeto revolucionario porque sólo a su deseo responden, “un deseo”, escribe Gabriel Albiac en Mayo del 68. Fin de fiesta (ed. Confluencias), “revolucionario. Deseo, ¿de qué? Si supiera de qué, no sería ya deseo. El deseo se ignora, para ser inquebrantable en la promesa que impone: la promesa de nada”. China fue esa nada.

El 10 de mayo de 2018 hará exactamente medio siglo que los estudiantes de Nanterre decidieron ocupar el Barrio Latino de París. Fue la “noche de las barricadas”, un acontecimiento que desencadenó la mayor contestación social conocida en Francia desde los tiempos de la Comuna. Pero entre la Comuna de 1871 y la del 68 existe una diferencia fundamental: en la primera, la clase obrera tiene un papel central; en la segunda no, los protagonistas son los estudiantes. ¡Otra revolución universitaria!

Es preciso subrayar una vez más el carácter eminentemente estudiantil del Mayo francés. Trátase de un movimiento que nace en la novísima y suburbial facultad de Humanidades de Nanterre con la creación del Movimiento 22 de Marzo, cuyo líder fue un estudiante de sociología: Daniel Cohn-Bendit. “Nuestro objetivo inmediato”, decía éste, días después de fundar el grupo, “es la politización de la Universidad”. Ahora bien, ¿qué era entonces la Universidad? La Universidad o, más concretamente, las facultades de Humanidades, antes que un dispositivo de formación de los “futuros cuadros capacitados para explotar a la clase obrera” -como entonces se decía-, eran -son hoy- un aparcamiento de futuros parados. ¿Qué otra puede ser la utilidad de las llamadas ciencias humanas en una sociedad donde el hombre desempeña un papel absolutamente secundario respecto a la máquina en el proceso productivo?

Mayo del 68 fue un movimiento de contestación marginal. Fue la contestación de aquellos cuya razón de ser en el proceso de reproducción social iba adquiriendo un carácter cada vez más residual. Cabía esperar que desapareciesen sin contaminar, en silencio y por descomposición en el sumidero de las facultades. No fue así. En vez de morir en el “nicho ecológico” que tenían asignado, los estudiantes decidieron salir a la calle. El cambio de lugar fue lo determinante en este caso, ya que la marginalidad del movimiento se revela precisamente en el cambio de significado que cobra la huelga: “Las huelgas y las protestas pacíficas no servían de nada”, escribe Cohn-Bendit el 12 de mayo de 1968. Lo que desencadenó la protesta general no fue la suspensión de una función, sino la toma del Barrio Latino.

La impugnación al sistema que les marginaba fue total por parte de los estudiantes. Pidieron lo único que razonablemente podían pedir, «lo imposible», ya que aquellos que están marginados del sentido no pueden razonablemente pedir nada que realmente lo tenga. Lo advirtió el viejo Sartre al denunciar la «evidente desproporción» que existía entre el gran movimiento desatado y las tímidas reivindicaciones hechas por los sindicatos tradicionales, prisioneros de una lógica «obrerista».

¿Qué gritaban los estudiantes franceses? La imaginación al poder. Y efectivamente su movimiento se justificó en las imágenes de la primera guerra televisada: la guerra de Vietnam. El imaginario sustituyó a la tabla reivindicativa. ¿Qué pedían? Nada, es decir, todo. Antisoviéticos y antipartidos (comunistas, claro), China, Mao, el maoísmo se alzó como la tercera vía para los intelectuales europeos de este lado del Telón de Acero. Ni capitalismo ni socialismo. ¡Comunismo ahora!

Viaje a Oriente. Nadie sabía chino. Vacío perfecto. Puro deseo. El maoísmo español fue una de las muchas variantes de odio al dictador. Nunca fue gran cosa. Poco o nada tuvo que ver con el maoísmo académico que nació en la Escuela Normal Superior de París en torno a la figura del filósofo Louis Althusser. A los de Madrid, nos llegaban infantiles cuentecillos chinos que enseñaban la manera de llegar a ser un buen Guardia Rojo. “El maoísmo europeo -también el español- estaba hecho de papel y letra impresa”. Más letrada en París y algo menos en Madrid.

Este libro de Albiac es un libro contra la política como afán teológico. Contra la teleología en pro de la descripción. Y aquí está Spinoza, su estudio, que también es herencia de Althusser.

Hoy sabemos, gracias a trabajos como los de Frank Dikötter, La gran hambruna en la China de Mao (ed. Acantilado), lo que fue el Gran Salto Adelante impulsado por Mao, más de 45 millones de personas muertas por la hambruna que generó, y podemos conocer el saldo de víctimas de la Revolución Cultural que impulsó el Gran Timonel. Y sabemos que hubo el laogai y que aún funcionan en China los campos de trabajo esclavo de detenidos, cuyos productos baratísimos consumimos todos los días.

No, China no es de papel.

Raúl Fernández Vítores es doctor en Filosofía, profesor, poeta, ensayista y autor, entre otros, de Teoría del residuo (Endymion), Séneca en Auschwitz y Tanatopolítica (ambos en Páginas de Espuma).

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