China pide paso

Por Miguel Ángel Moratinos, ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación de España (LA VANGUARDIA, 12/08/08):

A las ocho en punto del pasado día ocho del mes octavo de este año 2008 daba inicio una ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Pekín, a la vez espectacular y emocionante. Con una sincronización que parecía imposible, los miles de tambores que cubrían toda la superficie del precioso estadio olímpico comenzaron a marcar un ritmo trepidante que anunciaba el inicio de un acontecimiento que China lleva esperando mucho tiempo: unas Olimpiadas que suponen, en realidad, algo más que unas pruebas deportivas. Estoy convencido de que esta fecha llena de ochos, el número de la buena suerte tradicional china, que es también el número del infinito en la ciencia sagrada del feng shui, marcará la irrupción de China como potencia global en este siglo XXI que apenas ha comenzado.

En realidad, las fechas, los números, son lo de menos. Pero son símbolos, son referencias históricas necesarias que marcan tiempos, que pasan páginas, que son aldabonazos en la historia. Y el pasado ocho de agosto comenzó un nuevo capítulo cuya cuenta atrás percutió con precisión el ritmo machacón de miles de tambores. Una ceremonia espectacular con la que China estaba ofreciendo al mundo una imagen que compendia capacidad organizativa, creatividad, imaginación, estética, elegancia y buen gusto. Pero también emocionante. Los estadios deportivos suelen ser lugares de emociones, y el de Pekín no fue una excepción. Desde mi asiento, con la retina llena de luz y color, de movimiento, de sonido e imagen de alta tecnología, de efectos increíbles, cinematográficos, tuve la sensación de vivir un momento muy especial, de esos que se siguen recordando al cabo de los años.

Un momento para el que China se lleva preparando desde hace décadas, desde que Den Xiaoping inició un proceso de reformas que ha desembocado en lo que es China hoy: un gigante económico que quiere proyectar al mundo una imagen de ascenso pacífico desprovisto de esa agresividad que suele caracterizar la irrupción en la historia de las grandes potencias. Sólo el tiempo certificará si ello ha sido así. Espero que sí, porque lo contrario me parece un escenario apocalíptico que, sencillamente, no contemplo. Ni yo, ni nadie con un mínimo sentido de percepción de la realidad histórica.

Y un momento para el que España también lleva preparándose desde hace años, llenando de contenido, iniciativas, contactos de alto nivel y poniendo permanentemente a punto una asociación estratégica entre nuestros países que nuestros presidentes suscribieron hace tres años y que enmarca unas relaciones políticas bilaterales que son excelentes y que lo van a seguir siendo.

Pero en política internacional, no se tienen buenas relaciones por el gusto de tenerlas. Se tienen para facilitar la capacidad de exportación y de inversión de nuestra empresa en ese difícil pero prometedor mercado. Se tienen para abrir camino a nuestra cultura y a la proyección del español y de lo español en China. Se tienen para abrir y mantener vivos canales de comunicación sobre todos los temas, también y muy especialmente los derechos humanos. Únicamente con un esquema de relaciones como el que tenemos hoy con China, podemos interesarnos a todos los niveles por los avances en este campo. Con unas mediocres relaciones políticas sería impensable alcanzar los actuales niveles de diálogo en este tema. En este, y en otros como por ejemplo, nuestra apuesta por el multilateralismo y la estrategia de reforma de las Naciones Unidas, la lucha antiterrorista, la consecución de los objetivos del Milenio, la energía y el cambio climático, los avances en la igualdad de género o la voluntad común de aunar esfuerzos para que los pueblos de las distintas civilizaciones se aproximen y se entiendan.

Queda todavía mucho por andar y mucho por mejorar, especialmente en el campo de las relaciones económicas y comerciales como hemos constatado en los contactos que hemos mantenido estos días en Pekín mi colega y compañero de Gabinete Miguel Sebastián y yo mismo con nuestros homólogos chinos y con los empresarios españoles con intereses en ese país.

Debemos ser capaces de competir en China y con China. En su propio mercado con nuestros socios y aliados que son también nuestros principales competidores. Y en terceros mercados, como el iberoamericano o el africano, aunando esfuerzos y abriendo vías de colaboración. Penetrar en el mercado chino es claramente una de las claves que impulsará la economía de España y la creación de empleo. A pesar de que la economía española ha crecido menos que el año pasado, hemos logrado aumentar nuestras exportaciones a China en más de un 25%. Eso quiere decir que estamos en el buen camino. Pero no es suficiente. Necesitamos más capacidad exportadora y de inversión porque las cifras son aún muy bajas para nuestro potencial.

En facilitar todo ello está empeñado el Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación y, por supuesto, su titular. Este ha sido mi sexto viaje oficial a China como ministro y tengo en perspectiva realizar cuantos sean necesarios durante esta legislatura para continuar colocando el nivel de relaciones en el lugar que se merecen dos viejos países de cultura milenaria pero jóvenes en la escena internacional. Dos países alejados por la distancia física pero cada vez más cercanos en sus relaciones políticas bilaterales. Los tambores del estadio olímpico aún resuenan en mis oídos. China pide paso, llama a la puerta de la historia. Vamos a acompañarla, estamos en condiciones de hacerlo, es una oportunidad irrepetible.