China se abre paso en el Afganistán de los talibanes

El día en que cayó Kabul la embajada China bloqueó sus puertas, pero nadie huyó o corrió a refugiarse en los búnkeres. El complejo diplomático situado al lado del Palacio Presidencial no pensó en evacuar, ni tampoco se preparó para un posible asalto. El 15 de agosto de 2021, mientras el aeropuerto Hamid Karzai era un hervidero de gente desesperada y del cielo llovían los cuerpos de los afganos agarrándose a las ruedas de los aviones norteamericanos de transporte C-17, el personal diplomático chino estaba tranquilo y ajeno, salvo excepciones, ante una ciudad presa del pánico.

Pekín había pactado de antemano la seguridad de sus ciudadanos y la de sus lucrativos negocios en Afganistán. Con toda probabilidad, el politburó del Partido tenía un guion general de las acciones talibanes que culminaron con el colapso de la República y la deshonrosa huida de la coalición internacional. Representantes y líderes del Emirato llevaban meses reuniéndose con el Gobierno chino. De hecho, el 28 de julio de 2021, tres semanas antes del desastre, el ministro de exteriores, Wang Yi, se reunió con una delegación talibán en la ciudad de Tianjin y, queriendo o no, hizo un guiño sobre lo que estaba a punto de ocurrir:

“Los talibanes son una fuerza política y militar crucial que se espera pronto desempeñe un papel muy importante para la paz, la reconciliación y la reconstrucción del país”, dijo tras finalizar el encuentro. Por su parte, el portavoz talibán Suhail Shaheen también hizo saltar la liebre que, dicho sea de paso, a toro pasado parece más fácil de ver: “Por supuesto que garantizaremos la seguridad de los intereses económicos de China, que es un país amigable y al que damos la bienvenida para la reconstrucción de Afganistán”. Dieciocho días después Kabul estaba en manos del Emirato.

Después de un año de Emirato, está claro que el tiempo del dragón comercial chino ha llegado para quedarse. A pesar de no haber reconocido oficialmente al régimen talibán, el pasado abril el nuevo Gobierno afgano reabrió su embajada en Pekín para, entre otras cuestiones, afianzar las relaciones comerciales, las cuales no se han detenido, pero sí han sido mermadas por la inestabilidad política que todavía no permite grandes inversiones como las que el gigante asiático ha hecho en el continente africano.

Desde diciembre de 2021, Pekín y Kabul han establecido diversos grupos bilaterales de trabajo dedicados a la muy necesaria ayuda humanitaria, la cual ha llegado a cuentagotas como los míseros 8 millones de dólares enviados tras el terremoto del pasado junio, y en activar los planes para la reconstrucción económica. De momento, el único acuerdo que ha trascendido es la voluntad de seguir invirtiendo en la minería afgana, así como reconstruir e incrementar la infraestructura logística necesaria para la conectividad de los corredores comerciales que China planea construir.

La ayuda no será gratuita. El Emirato pagará con recursos naturales. Es decir: los beneficios no irán a parar al pueblo afgano sino a las compañías extranjeras. Hay cosas que nunca cambian en Afganistán. Además, el orgullo talibán debe doblegarse. Pekín exige que corten la ayuda a los grupos terroristas que operan en China, o contra sus intereses, cosa que ya está causando cismas entre los diferentes grupos del movimiento talibán. Finalmente, demandan el establecimiento de un cinturón de seguridad en las fronteras con Tayikistán y Uzbekistán, fundamental para establecer el corredor con el que planean llegar hasta los puertos costeros de Pakistán.

Desde el punto de vista ideológico, la relación política entre Pekín y los yihadistas afganos es tan natural como una serpiente de dos cabezas. Ni que decir tiene, el bienestar del pueblo afgano no está entre las prioridades de China. Pero saben cómo tratar con sus líderes, lleven la bandera que lleven. Los conocen tan bien como se conocen a sí mismos. La historia de ambos países se ha entrelazado durante más de 2.000 años, a menudo pasando por encima de la ideología del régimen de turno, ya sea una democracia corrupta, una dictadura teológica o comunista, un reino o un imperio.

Afganistán no sólo comparte 76 kilómetros de frontera con China en la provincia de Badakshan. Los lazos culturales siempre han sido intensos y se pierden en el albor de los tiempos. Por ejemplo, la religión budista, actualmente con 244 millones de fieles en el país, llegó a China en el siglo II a. C. a través de Afganistán. En aquel tiempo Kabul era uno de los centros budistas más importantes del mundo, y ya aparecía en los libros de los Han, la primera gran dinastía impulsora de la Ruta de la seda, como Kao-fu, describiéndola como una ciudad muy rica situada en las montañas del Hindu Kush y estratégica para las rutas comerciales entre Asia e India.

Más de veinte siglos después las intenciones de Pekín no han cambiado mucho: quiere proteger las inversiones multimillonarias en proyectos de minería realizadas durante los veinte años de presencia liderada por Washington y Bruselas. China siempre estuvo ahí, entre bambalinas, silenciosa, agazapada en una de las mayores embajadas de Kabul tendiendo puentes con todos los bandos. Sin prisa, pero sin pausa, obteniendo unos beneficios que la US Geological Survey estima alcanzaron los miles de millones de dólares. Y eso es sólo la superficie de los recursos que quedan por extraer.

Llegados a este punto, uno se pregunta: ¿por qué la coalición internacional nunca invirtió en esa industria? El suelo afgano cuenta con montañas de cobre, oro, petróleo, gas natural, uranio, bauxita, carbón, mineral de hierro, litio, cromo, plomo, cinc, piedras preciosas, talco, azufre, travertino, yeso y mármol. ¿Por qué China se llevó gran parte de esos contratos durante la ocupación occidental? ¿Acaso no podrían haber servido para reinvertirlos en el pueblo afgano y alejarlo de la pobreza y el extremismo, los cuales son como uña y carne? ¿No nos habrían venido bien ahora que Rusia se ha convertido en un enemigo energético por la invasión en Ucrania? La ineptitud de nuestros líderes políticos no tiene límites. Afganistán es la prueba.

El sacrificio uigur

Los pactos entre China y el Emirato van más allá de la economía. El Emirato que se dice paradigma del islam no tiene problemas en traicionar a un pueblo musulmán vecino, el uigur, a cuyos grupos armados han dado cobijo durante años. Sin duda, la posible desaparición de una organización terrorista es siempre una buena noticia, pero lo que no se cuenta es que los talibanes, al igual que Occidente, harán la vista gorda ante la deshumanización y la persecución organizada de los 10 millones de uigures que viven en la provincia de Xinjiang, al oeste de China.

Entre religión y dinero suele vencer lo primero. Pero la hipocresía de los banqueros y los políticos que los sustentan no es nada comparada con la hipocresía religiosa. A esta también estamos acostumbrados en Occidente. En caso de duda, véase nuestra relación con Arabia Saudí. Quizás por eso nadie se sorprende cuando los seguidores más fanáticos del islam y los adalides del comunismo asiático son capaces de romper la columna vertebral de sus ideologías por un interés en común: perpetuarse a costa de su propio pueblo. En el fondo, estos extremos se tocan porque comparten un principio fundamental: o estás con nosotros, o dejas de existir.

Pekín no quiere que la victoria del Emirato envalentone a los grupos islamistas como el Partido Islámico de Turquestán, el grupo armado de los uigures, el cual forma parte de la red yihadista de Al Qaeda. Son hermanos de armas de los yihadistas, pero no han dudado en traicionarlos. “Han reconstruido varios de sus santuarios en Badakshan y se han rearmado, pero casi no se han producido ataques”, informó el Consejo de Seguridad de la ONU. Es decir, la correa talibán está tensa.

En cuanto a Pekín, su propia hipocresía no parece preocuparle. A pesar de ser valedora de la ideología que mató a Dios, ahora dice “apoyar que los regímenes islámicos utilicen la sabiduría islámica para solventar sus problemas internos”. Palabras literales del titular de exteriores, Wang Yi, durante la última conferencia de la Organización por la Cooperación Islámica.

Detrás de esto también está la intención de posicionarse como el verdadero pacificador del conflicto enquistado en el centro de Asia, dejando así en evidencia a la desastrosa política exterior norteamericana en el continente, mientras sigue manteniendo una guerra fría con Washington por el control geopolítico del corredor comercial del océano Pacífico.

China es ahora la única potencia mundial con capacidad para apostar por Afganistán. El problema es que los derechos de los afganos no están en la agenda de Pekín. Un escenario perfecto para los talibanes, que ven un gran apoyo en el país vecino. Pero, cuidado, como decía Quevedo: el mayor despeñadero, la confianza. Si al dragón comercial se le presenta una oferta mejor no dudarán en cogerla. El tiempo, las contradicciones y la avaricia tras las inversiones chinas aumentarán las violentas grietas en el sino del régimen teocrático.

Como me dijo un combatiente del Emirato en la prisión especial del extinto servicio secreto afgano en Jalalabad, donde una vez estuve detenido: “El peor enemigo de un talibán es otro talibán”. Inshallah, a los rebeldes afganos les vendrá bien.

Amador Guallar es fotógrafo, periodista y autor de En tierra de Caín (Editorial Península) y Todo flota (Larrad Ediciones).

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