China: un modelo de desarrollo frágil

Tras independizarse de Gran Bretaña en 1947, la India pasó a ser algo así como un ejemplo de las virtudes de la democracia; en marcado contraste con China, que en 1949 se convirtió en una dictadura comunista. Hasta los setenta, solía decirse que aunque los dos países sufrían pobreza extrema, subdesarrollo y enfermedades, el modelo indio era superior, porque su pueblo era libre de elegir a sus gobernantes.

Pero el auge económico chino puso de moda el contraargumento de que un sistema político represivo puede ser más favorable al desarrollo. Sin embargo y a pesar del espectacular desempeño reciente de China, es muy posible que el modelo indio resulte mejor en el largo plazo.

El giro discursivo se dio después de 1978, cuando el ascenso de la economía china dejó a la India rezagada; muchos concluyeron entonces que la caótica democracia india era un obstáculo para su pueblo. Al fin y al cabo, si el gobierno chino quiere trazar una nueva autopista de seis carriles, puede pasar la topadora a tantas aldeas como haga falta. En India, un proyecto de ensanchar una ruta de dos carriles puede causar protestas populares y quedar trabado por años en los tribunales.

A este viejo debate ahora viene a sumarse la publicación de un libro de Daniel A. Bell, profesor de la Universidad Tsinghua de Beijing, quien sostiene que el autoritarismo chino (en concreto, su “meritocracia política”) es un modelo de gobernanza viable, y tal vez hasta superior a la democracia de India y Occidente.

Como es bien sabido, el economista y filósofo Amartya Sen demostró que en democracias con prensa libre no ocurren hambrunas, porque sus gobiernos no pueden pasar por alto el sufrimiento de la gente. Bell señala que en China tampoco las hay (al menos desde el Gran Salto Adelante) y que hay menos desnutrición que en la India. Para Bell esto demuestra que un gobierno no necesita ser democrático para servir bien a su pueblo.

Bell sostiene incluso que el sistema meritocrático de China para la selección y evaluación de funcionarios garantiza un mejor liderazgo que las elecciones democráticas, que a menudo dan la victoria a la ignorancia y el prejuicio. A pesar de algunas debilidades (entre las que destaca la autocomplacencia y la corrupción), el sistema chino asegura un modo ordenado de gobernanza y desarrollo. Como la democracia no siempre hace lo mismo, la “pregunta políticamente relevante” (dice Bell) “es si las elecciones democráticas llevan a buenos resultados”.

India se preguntó lo mismo hace cuarenta años, cuando la primera ministra Indira Gandhi declaró el estado de emergencia, suspendió las libertades civiles, encarceló a líderes opositores y censuró a la prensa, en la creencia de que la democracia había impedido el desarrollo de la India. La cuestión se resolvió en 1977 con una elección que defenestró a Gandhi y restauró la democracia.

Pero el dilema “pan o libertad” subsiste: ¿pueden los gobiernos brindar crecimiento económico y prosperidad respetando al mismo tiempo los derechos y las libertades de sus ciudadanos? La disfunción de la política india en años recientes, con sus coaliciones inestables y sus caóticas sesiones parlamentarias, pone esta pregunta en primer plano.

A mí la respuesta de Bell no me convence. El veloz proceso de industrialización y desarrollo que sacó a millones de chinos de la pobreza se pagó con un enorme sufrimiento humano. Si el crecimiento de China es comparable a una locomotora a toda marcha, es una que se llevó por delante a mucha gente en el camino.

Podríamos ponernos a comparar la anquilosada burocracia india con la eficiente burocracia china; las trabas a la inversión extranjera en un país con las facilidades que le da el otro; una política partidista con otra basada en la jerarquía del Partido. Pero es indudable que la democracia pluralista de la India le permitió armonizar exitosamente su diversidad e infundir en todos los ciudadanos la idea de que su suerte está ligada a la de su país y de que realmente pueden influir en su conducción.

De hecho, la gran población de ciudadanos pobres y postergados de la India es la que da legitimidad a su democracia, no la élite. Los pobres votan porque saben que participar en las elecciones es el mejor modo de plantearle al gobierno sus demandas. Si están insatisfechos con sus gobernantes, votarán en contra en la próxima elección, en vez de iniciar revueltas o insurrecciones. Y si a veces surgen movimientos violentos, el proceso democrático suele desactivarlos por medio de la incorporación: quien ayer fue un insurgente, hoy puede ser jefe de gabinete de un estado, y mañana líder de la oposición.

En cambio, la única respuesta que tiene el sistema chino a un cuestionamiento de sus bases es la represión. Habrá funcionado hasta ahora, pero la historia muestra que todos los Estados autocráticos llegan a un punto en que la represión ya no basta para asegurar orden y progreso. Si en China hubiera una protesta popular amplia, podría suceder cualquier cosa. Acaso el dragón tropezaría y el elefante seguiría su marcha lenta pero firme.

Además, la visión que tiene Bell de la meritocracia china tal vez sea demasiado optimista. El sistema chino es rígidamente burocrático y solamente admite un ascenso gradual por el escalafón; esto impide el surgimiento de líderes jóvenes y relativamente inexpertos, pero dinámicos e inspiradores (por ejemplo, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama). China no elegiría líderes talentosos que en su juventud fueron fracasos, como los presidentes estadounidenses Franklin D. Roosevelt o Abraham Lincoln. Líderes rebeldes e inconformistas que triunfaron en la política india (como Mahatma Gandhi o Jawaharlal Nehru) nunca hubieran tenido una oportunidad en el sistema chino.

Aparte de China, Bell cita el éxito de sistemas autoritarios como los de Singapur y Taiwán. Pero es probable que estos países hubieran sido al menos igual de exitosos sin el autoritarismo. Los métodos que usaron para fomentar el crecimiento y el desarrollo son compatibles con los principios democráticos, tanto que muchos estados de Asia oriental que en su día fueron autoritarios pudieron hacer una transición exitosa a la democracia sin detener su desarrollo.

Por último, para refutar la tesis de Bell basta una simple observación: ningún pueblo que haya obtenido la democracia clamó después por un regreso a la dictadura. Esto por sí solo demuestra que la democracia es una fortaleza, no una debilidad.

Aunque el sistema de China le haya permitido un veloz ascenso económico, sólo funciona bien en entornos predecibles, porque depende de la imposición vertical de un consenso. El sistema de India, en cambio, demanda consenso en una sola cosa: que no es necesario que todos estén de acuerdo siempre, mientras estén de acuerdo en cómo disentir. En un mundo impredecible, esto confiere a India una ventaja innegable e inestimable.

Shashi Tharoor, a former UN under-secretary-general and former Indian Minister of State for Human Resource Development and Minister of State for External Affairs, is currently an MP for the Indian National Congress and Chairman of the Parliamentary Standing Committee on External Affairs. His most recent book is Pax Indica: India and the World of the 21st Century. Traducción: Esteban Flamini.

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