China-Vaticano: un acuerdo histórico

Se han cumplido 400 años de la muerte de Diego de Pantoja, el primer jesuita español que hizo realidad el proyecto de san Francisco Javier, primer misionero católico de Japón que murió cuando se disponía a entrar en China. El historiador alemán Georg Schurhammer relata cuánto impactó al navarro la pregunta de unos japoneses: «Si el cristianismo es la religión verdadera, ¿cómo es que los chinos, tan sabios y cultos, no la conocen ni propagan?». Javier decidió entonces entrar en China, pero no pudo; Diego de Pantoja sí, y acompañando a Matteo Ricci, SJ, incluso consiguió acceder a la Ciudad Prohibida en 1601.

Este aniversario coincide con la histórica firma del acuerdo entre la República Popular China y el Vaticano. Han pasado cinco años desde que el presidente Xi Jinping propusiera en un discurso en la Universidad de Nazarbayev (Kazajstán) la construcción de «la Franja Económica de la Ruta de la Seda» en sinergia con Asia Central. La masiva y portentosa iniciativa bajo la rúbrica de La Franja y la Ruta (en España conocida como la Nueva Ruta de la Seda) requiere una mirada histórico-política para entender el porqué y el ahora de esta especie de súper plan Marshall chino. Fue en 1877 cuando el geógrafo alemán Von Richthofen acuñó la expresión «Ruta de la Seda» para referirse a la ruta que partía de China, cruzaba Asia y luego se unía con África y Europa.

La Franja y la Ruta es herencia y extensión de esa antigua ruta, y ha sido concebida como cauce para las relaciones económicas, pero también como gran canal de comunicación e intercambio político y cultural. Contra pronóstico, China ha aguantado el tirón del cambio político hacia valores y formas de la democracia liberal, aun habiéndose incorporado al mercado económico y financiero global, y ahora parece sentirse confiada para emprender más altos vuelos.

China y el Vaticano son dos representantes paradigmáticos de Oriente y Occidente. El acuerdo firmado por ambos para la nominación de obispos en China el 22 de septiembre pone nuevamente en el candelero el binomio de lo político-religioso en la era de la globalización. Ese mismo día ocurrieron dos hechos íntimamente relacionados como culminación de un proceso que había comenzado en 2014 con la reanudación de conversaciones largo tiempo encalladas entre la Santa Sede y el Gobierno chino: Monseñor Camilleri, en calidad de subsecretario de Relaciones de la Santa Sede con los Estados, y Wang Chao, viceministro de Asuntos Exteriores chino, firmaron un acuerdo que oficializa un mecanismo provisional en la elección de obispos parecido al que se empleó durante décadas en la España de Franco –beneplácito de las autoridades políticas y derecho a veto del Papa–. Además, el Vaticano hizo público que Francisco declaraba la integración plena en la comunión eclesial de los ochos obispos (uno de ellos a título póstumo) que habían sido ordenados en China de forma canónicamente ilegítima, con el beneplácito del régimen comunista.

Es importante constatar, primero, que entre los asuntos negociados no está la ruptura de relaciones del Vaticano con Taiwán deseada por algunos en el Gobierno chino y, por tanto, no se puede decir que esté a la vista la instauración de relaciones diplomáticas plenas entre la Santa Sede y el gigante asiático. Tampoco desaparece la Asociación Patriótica, es decir, el instrumento estatal por el que el Gobierno chino trata de supervisar a la Iglesia desde su triple principio de una Iglesia china auto-sustentada, autocrática y auto-generada. Además, sigue habiendo obispos legítimos a los ojos de Roma, pero no reconocidos por el régimen de Pekín precisamente por su negativa a querer pertenecer a dicha asociación…

Pero, sobre todo, es importante comprender lo que este acuerdo supone. Fundamentalmente pone de relieve el anhelo del Papa Francisco, desde el inicio de su pontificado, de lograr las condiciones de una libertad esencial que, aún lejos de la libertad religiosa plena, salvaguarde la comunión eclesial en China y sea promisorio escabel de reconciliación. El pontificado de Francisco pasará a la historia, entre otras cosas y de forma no menor, por poner fin a una ruptura de relaciones de casi 70 años y reconstruir puentes entre Oriente y Occidente tantas veces sometidos a traumáticos temblores, siendo la controversia de los ritos chinos uno de los más acusados. Además, el acuerdo supone que el cardenal Parolín haya podido afirmar que «por primera vez, hoy, todos los obispos en China están en comunión con el Santo Padre, con el Papa, el sucesor de Pedro». No debería hablarse más que de una sola Iglesia china, integrada en el orbe católico y con enormes retos internos, como en cualquier otro país. Eso sí, es este un tiempo para que los católicos reconocidos por el gobierno asuman especialmente la responsabilidad de velar para que todos puedan sentirse legitimados a todos los niveles.

Al mirar a la complejidad del diálogo con un interlocutor tan rocoso, puede uno preguntarse por el sentido de las múltiples ansiedades que surgen en torno a lo que la Iglesia católica representa y que me atrevo a condensar en la universalidad y la tradición adaptativa. Pero, en el fondo, en la Iglesia china se viene reflejando NIETO algo que en Occidente no vemos y es que las historias de colonialismo dejan heridas muy profundas. Por eso son necesarias figuras que ayuden a sanar las heridas y diluir las «neuras». La reconciliación restablece las relaciones justas con Dios, con los demás y con la creación; acontece cuando la justicia se encuentra con la verdad y se abre al amor, en la forma del perdón y de la sobreabundante gracia divina.

No será por casualidad que el acuerdo coincida con el 400 aniversario de la muerte de un misionero nacido en Valdemoro (Madrid) en 1571 e ingresado en la Compañía de Jesús en 1589. Un joven valiente que, desde Lisboa, puso rumbo al Extremo Oriente y llegó a Nanking en 1600, tras pasar unos años en Goa y Macao. En los diecisiete años que pasó en China trabajó como músico, geógrafo y astrónomo, y tradujo en caracteres chinos lo mejor de la ciencia occidental y de la religión cristiana, allá por las últimas décadas de la dinastía Ming. Pantoja defendió con obras concretas el «espíritu de adaptación» de Ricci y hoy está siendo recuperado como puente simbólico entre la cultura española y la china por universidades e instituciones de ambos países. Tomando palabras de la profesora Mope Andersson, Pantoja hizo realidad en China algo mejor que una soft politic: hizo vida una soft theology de la inculturación y el diálogo que ojalá, cuatro siglos después, dé buenos frutos.

Julio L. Martínez, rector de la Unievrsidad Pontificia de Comillas ICAI-ICADE.

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