China y el coloso financiero

El anuncio de la creación de una nueva zona franca en Shanghai ha despertado todo tipo de especulaciones e interpretaciones, incluyendo aquella que señala esta decisión como el último trámite para cerrar el círculo de la definitiva adscripción de China al capitalismo más desbocado. Otro tanto más o menos se decía cuando en los años ochenta se crearon las zonas económicas especiales que impulsaron la apertura al exterior. Y nuevamente cuando China ingresó en la OMC y se pronosticó la debacle de buena parte de su sistema productivo. Lo cierto es que no ocurrió así. China ha sabido utilizar en su propio provecho unos cambios que gestionó con mano firme, sometiendo buena parte de las apetencias exteriores a sus propios intereses. En Shanghai, las miradas se centran en el sector financiero, la asignatura pendiente para engarzar a China en el sistema global. ¿Podrá también China instrumentar en su propio beneficio la implicación sustantiva en las finanzas globales sin alterar la naturaleza de su sistema político?

La zona franca de Shanghai fue señalada por el primer ministro Li Keqiang como el nuevo laboratorio nacional de la apertura económica y de la liberalización del sistema financiero. En los últimos meses, se liberalizó parcialmente el control de las tasas de interés de los bancos para facilitar una mínima competencia, aunque sus efectos por el momento son débiles en razón de sus limitaciones, que abundan en la prudencia de las autoridades chinas. En la zona franca de Shanghai se espera una liberalización completa de las tasas de interés. Por otra parte, se permitirá la libre convertibilidad del yuan y la apertura de la cuenta de capitales, siempre a condición de que “los riesgos estén controlados”, para hacer de Shanghai la plaza fuerte internacional para el comercio y las finanzas, en competencia abierta con Hong Kong. En tres años, la moneda china ganó ocho plazas en la clasificación internacional de monedas más frecuentemente utilizadas, hoy es la tercera. Shanghai debe convertirse hacia el 2020 en una plaza financiera de peso mundial, comparable con Londres o Nueva York.

Tendrán en Shanghai más libertad para operar aquellas sociedades extranjeras instaladas en sectores hasta ahora ultraprotegidos, pero igualmente habrá un mínimo de 18 actividades comprometidas a las que no tendrán acceso. La liberalización afectará también a las comunicaciones, con la condición de garantizar la seguridad de la información. La producción y venta de aparatos de videojuegos estará autorizada, siempre y cuando los contenidos pasen la censura previa. Las agencias turísticas pueden organizar viajes al exterior a cualquier parte, excepto a Taiwán…

En resumidas cuentas, es evidente el afán reformador que transmite la creación de la zona franca de Shanghai, claramente alejada, por otra parte, de la disposición de políticas preferenciales que ha caracterizado hasta ahora iniciativas similares, ya generalizadas a escala de todo el país. Se trata de probar si una determinada política puede funcionar o no y qué riesgos incorpora. Pero las premisas mayores siguen siendo la prudencia y el control, especialmente ante una especulación financiera que podría tener efectos internos políticamente muy desestabilizadores.

La modernización de los bancos y del sistema financiero es un tema delicado y complejo, como casi todo en China, ya que afecta también a asuntos como los presupuestos locales, las finanzas en la sombra, la deuda tóxica de las provincias, etcétera, expresiones de un cierto desorden que no ha hecho más que enquistarse en los últimos años. Paradójicamente, en él encuentra el poder político territorial la forma de compensar la detracción de recursos del Gobierno central, el progresivo aumento de sus competencias y la insuficiencia de las inversiones.

China no sólo se aleja del viejo modelo de crecimiento que le aupó a la segunda posición en el ranking de la economía mundial, sino que se adentra en un proceso de reformas estructurales que indudablemente darán mas protagonismo al mercado, reducirán el intervencionismo administrativo, estimularán la inversión privada, las pymes y el consumo interno, etcétera, medidas que discurrirán en paralelo a la nueva ola de urbanización y la multiplicación de las grandes infraestructuras de transporte, confiando en que estas transformaciones mejoren el comportamiento de la economía, aligerando sus fragilidades. Tras la desministerialización del transporte ferroviario, el debate alcanza incluso al sector de la energía, ideándose estrategias para romper el monopolio de las tres grandes petroleras públicas, al automóvil, las telecomunicaciones o la banca.

El actual es un periodo crucial de su desarrollo. La clave reside en los ajustes entre el papel del Estado, los grandes bancos, el sector industrial público y el sector privado. Pero, claro está, sin perder de vista que la aplicación de la nueva hoja de ruta no debe debilitar la capacidad del PCCh para seguir dirigiendo el proceso ni la soberanía del país, circunstancias que explican igualmente el freno a aquellos impulsos que pretendían acompañar esta agenda reformadora de otra centrada en la defensa del constitucionalismo. La tesitura del PCCh, nada nueva por otra parte, radica en que sin las reformas peligra su liderazgo y con ellas también. Por eso cabe esperar que la nueva zona de Shanghai sea franca pero no ciega.

Xulio Ríos, director del Observatorio de la Política China.

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