China y USA: democracia, mercado, ciencia

En un mundo ya indiscutiblemente bipolar, la eventual evolución de China hacia la democracia es la incógnita de mayor relevancia. Pero China crece no porque sea un Estado autoritario, sino porque es una economía de mercado. Y todo hace sospechar que democracia, mercado y ciencia se implican mutuamente.

La visita del presidente chino Hu a Washington y el aparatoso protocolo con que se le ha agasajado vienen a explicitar dimensiones de extraordinaria importancia del mundo emergente del siglo XXI, algunas ya incorporadas al saber común, otras todavía discutidas. Tres, en concreto, a las que pretendo dedicar este artículo.

La primera es la radical recomposición del «orden» internacional. La visita de Gorbachov a Washington en 1987 marcó el fin de una bipolaridad competitiva, bélica y agónica, la Guerra Fría, ganada por goleada por el mundo libre. Fue el comienzo del «momento unilateral» americano que se dejó llevar por la hybrisdel poder en más de una ocasión. La visita de Hu marca el comienzo de otra bipolaridad, eventualmente cooperativa. En todo caso, hoy sabemos que el verdadero comienzo del siglo XXI no fue el 11-S sino el fin del milenario ensimismamiento chino, que comenzó con el viaje de Deng Xiao Ping en 1979 y continúa con el imparable ascenso de ese viejísimo imperio que lleva ya treinta años creciendo al endiablado ritmo del 10%.

Que el mundo se haga bipolar no debería sorprender a nadie. Lo ha sido varios miles de años, con un polo oriental asentado en las fértiles llanuras del río Amarillo y un polo occidental que se trasladó con el sol desde el Imperio Romano a la República Imperial americana (como la denominó Raymond Aron). Roma tuvo su correlato en el Imperio Han; Carlos V, en el Ming. Y todavía a comienzos del siglo XIX el PIB de China era varias veces el del Imperio Británico (léase a Angus Maddison o, más recientemente, a Ian Morris). Pero ambos polos permanecieron separados por océanos o desiertos. La globalización ha cambiado la geografía del mundo, y hoy el país más poblado del mundo y el más rico, el primer acreedor y el primer deudor, la primera y la segunda economía, los dos mayores ejércitos, la potencia declinante y la emergente, no pueden no entenderse, y eso es lo que están haciendo en un escenario en el que, por cierto, Europa está ausente. «La relación entre Estados Unidos y China determinará el siglo XXI», dijo Obama al inaugurar el encuentro USA-China en julio del 2009. Nada más cierto. Qué lejos queda aquel proyecto de Bush padre de una «trilateral» USA-UE-Japón, como conductora del mundo.

Hu ha ido a Washington cuando ya es un «pato cojo»; su sucesor ha sido elegido y, por lo tanto, tiene más libertad para hablar. Y lo que ha dicho viene a resolver la segunda de las incertidumbres cruciales de nuestro nuevo mundo globalizado: si China será un modelo de capitalismo autoritario alternativo al modelo capitalismo liberal, una vieja cuestión que la actual crisis económica, con efectos claramente asimétricos, ha reavivado. Pues bien, la sencillez con la que Hu se ha expresado al abordar un tema capital, sobre el que sabía a ciencia cierta que iba a ser cuestionado, es muy esperanzadora. «Continuaremos nuestro esfuerzo por mejorar la vida de los chinos y mejorar la democracia y el imperio de la ley… Hemos hecho enormes progresos en derechos humanos… pero mucho más se tiene que hacer». Para añadir que, en esta materia, China tiene que «aprender de otros países». Y no hablaba solo para sí mismo: China «está comprometida y defiende la universalidad de los derechos humanos». Que tomen buena nota Corea del Norte, Cuba o Irán.

Pero no es la primera vez que las autoridades chinas se expresan en ese sentido. Así de contundente y preciso se expresó hace poco el primer ministro Wen Jiabao a la pregunta de Zakaria sobre si habría elecciones en China en 25 años (véase Newsweek, 29 de septiembre del 2008): «… cuando hablamos del desarrollo de la democracia en China debemos hablar de progresos en tres áreas: 1. Necesitamos mejorar progresivamente el sistema de elecciones democráticas de modo que el poder realmente resida en el pueblo y el poder del Estado sea usado al servicio del pueblo. 2. Necesitamos mejorar el sistema legal, regir el país de acuerdo con normas jurídicas y tener un sistema judicial justo e independiente. 3. El Gobierno debe estar sujeto a la supervisión del pueblo. Esto nos exige aumentar la transparencia en el Gobierno. Es también necesario que el Gobierno acepte la supervisión por los medios de comunicación y otros sectores».

Ni Hu ni Wen Jiabao están hablando con metáforas. Y, evidentemente, no están improvisando. Algunos sinólogos (género que ha venido a sustituir a los viejos kremlinólogos) aseguran que el debate en China no es ya si habrá o no democracia, sino si esto es un tema de lustros o de décadas. No olvidemos finalmente que, como consecuencia del inmenso progreso realizado por ese país, la clase dirigente china goza hoy de un nivel de apoyo y legitimidad único en su historia y en el mundo; datos recientes (del 2010) del Pew Research Center indican que nada menos que el 87 por ciento de los chinos están satisfechos con la dirección de su país, el mejor resultado entre treinta países del mundo. Mejor oportunidad no se dará en décadas.

Pero lo más importante —y la tercera y última consecuencia a la que pretendo llegar— es que si China camina hacia un Estado democrático no es tanto por voluntad política —que también— sino por exigencia sistémica. Es sabido que no hay democracia sin mercado; ni la hay ni la ha habido. La duda es la contraria: si cabe economía de mercado sin democracia política. Por supuesto, las ha habido; eso eran la España franquista, el Chile de Pinochet o el Túnez de Ben Alí. Pero los ejemplos ponen de manifiesto que, si bien es posible, el mercado acaba tirando de la democracia. Pues sabemos asimismo —y la cita de Wen Jiabao muestra que ellos también lo saben— que a la larga no hay mercados eficientes sin Estado democrático. Sin democracia, rule of law y libertad de expresión los mercados acaban siendo pura corrupción, cuando no cleptocracia, como vemos desde Venezuela a Rusia. Y sin Estado de Derecho y rule of lawno hay inversión extranjera que asuma el riesgo. China ha crecido y crece, no porque es un Estado autoritario, sino porque, a pesar de ello, es una economía de mercado. Y por eso el totalitarismo chino heredado de Mao es ya un sistema autoritario (como señalaba nuestro excelente embajador en Pekín Eugenio Bregolat), con dosis crecientes de liberalismo económico.
Pero hay más aún. No hay economía avanzada sin innovación y ciencia, por supuesto. Pero debemos resaltar que no hay ciencia sin democracia. Pues no puede haber ciencia cuando el partido o sus tentáculos dicen qué hay que investigar o qué debe silenciarse (léase a Sajarov y el devenir de la física soviética). ¿Cuáles son las matrices de la verdad?, se preguntaba Helvetius en la Francia del Antiguo Régimen, todavía sometida a la censura real y eclesiástica. Para contestar: la contradicción y la disputa. Sin libertad de expresión no hay ciencia. Y sin ciencia no hay economía avanzada. Los chinos también lo saben, y en ello están.

Todo hace sospechar que democracia, mercado y ciencia son hoy las tres instituciones centrales articuladoras del mundo de modernidad avanzada, de las sociedades del conocimiento. La forma política dominante y hegemónica es hoy el Estado democrático; la forma económica hegemónica y dominante es la economía de mercado; y la forma cultural dominante es la ciencia. Ninguna tiene hoy alternativa. Pero no son tres instituciones independientes, tres piezas de un mecano que pueden o no darse conjuntamente. Son, al contrario, los tres lados de un triángulo institucional en cuyo centro reposa la libertad del individuo, ya como ser pensante que emite o critica opiniones, ya como productor o consumidor, ya como votante o elegido. Tres instituciones —democracia, mercado y ciencia— que Europa ha dado al mundo, y que este está aceptando en todas partes, aunque su consecuencia esté siendo, justamente, un mundo poseuropeo. Ese que abandona el Atlántico y se mueve en el eje Pacífico que va de Washington a Pekín.

Emilio Lamo de Espinosa, de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

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