Chulapos ‘made in China’

Por Alfredo Conde, escritor (EL PERIÓDICO, 27/05/08):

Madrid. Víspera de San Isidro. Barrio de Lavapiés. Alrededores de la plaza de Argumosa. Terraza de uno de los restaurantes indios que por allí no escasean. Es la hora de comer. El cronista contempla a la gente que deambula, que va y viene, que se entretiene y detiene debajo de los árboles. Mal que bien se hace entender por un camarero que apenas debe de haber descendido de un avión tras muchas horas de vuelo. Luego intenta escuchar los inexistentes cantos de los pájaros. Más tarde, observa los quiebros que dan los paseantes a fin de no pisar los excrementos caninos que salpican las aceras. Cuando por fin le traen una cerveza, acompañada de un cestito con patatas fritas y dudosa higiene, ve cómo madres de ojos achinados, madres de pieles aceitunadas y grasas, madres vestidas con saris, madres con sus melenas ocultas por un velo, pasean a sus hijos de regreso de sus colegios. Es el cosmopolitismo que nos invade.
Los niños, la mayoría de ellos, caminan al lado de sus madres. Se desplazan serios y estirados, atusándose los bigotes, modelando los tupés y ladeando las gorras de visera con presteza y garbo que se dirían seculares. Van vestidos de chulapos madrileños. Ellas, las niñas, también caminan serias y estiradas. Lucen batas de cola, mantones que no serán de Manila pero que al menos fueron adquiridos en una tienda china a precios que se suponen reducidos. Algunos de ellos, niños y niñas, lucen clavel en la oreja o en el ojal. Es la ola de casticismo que nos invade.
La estampa es singular. Un cronista interesado hablaría de los símbolos de vertebración, de los elementos de estructuración social, también de los hábitos de integración, tan necesarios cuando las colectividades se estremecen ante la invasión de lo nuevo, ya disfrute de tal condición el tiempo que avanza, la costumbre que se importa, los singulares mecanismos inducidos por la hegemonía de lo propio o lo hagan los ciudadanos que se incorporen a una comunidad que, hasta entonces, se diría incontaminada y virgen, qué barbaridad.
Desde su puesto en la terraza, el cronista puede observar un televisor, dentro del local, en el que un presentador comenta imágenes transmitidas en diferido. Imá- genes muy semejantes a las que le ofrece la realidad ambiente recién descrita. Está ufano, el presentador. Le agrada sobremanera el hecho de que los niños de facciones exóticas y costumbres diversas se muestren tan “chulapos y un algo retrecheros, tan castizos”.

UN CORO de madres orgullosas piden que se aumente el volumen de voz de la retransmisión. Es evidente que se saben representadas, identificadas, que se sienten aludidas por las imágenes que se emiten. El presentador comenta una noticia. En un pueblo que el cronista no puede precisar, el ayuntamiento ha decidido subvencionar con 500 euros a los padres que decidan bautizar a sus hijos con el nombre de Isidro. Todo con el único objeto de mantener la devoción, continuar las costumbres y acrecentar la tradición, ejemplarizando a tal respecto. El locutor no afirma ni desmiente que pueda o deba suceder lo mismo con la versión femenina del onomástico. Las madres asistentes a la retransmisión desde la puerta del restaurante indio se contemplan interrogándose con las miradas.
El cronista observa y ve, describe, no juzga. Pero no deja de considerar que “lo castizo” que se pretende conservar, potenciándolo a base de subvenciones, digámosle onomásticas, y comentarios laudatorios para tanto chinito o marroquí vestido de chulapo, es algo que merece ser descrito con asepsia y respeto. Lo castizo es lo propio de la casta y castizar es, en su tierra gallega, transmitir los genes a través de la descendencia; previa cópula, naturalmente.
Hablando de conejos, por ejemplo, un buen castizador es aquel semental que se emplea a fondo y con regularidad, una vez llegados los gozosos y breves, pero intensos momentos de transmisión de la casta. Esos son los momentos de castizar. Para lo que en Madrid se denomina “lo castizo” en Galicia se emplea el término enxebre que, mal que bien, equivale en euskera al término aberzale y acaso en catalán a lo nostrat; o sea, a lo propio y acaso puro, si se pudiese decir así, que no se debe, pero ya me entienden.
Al cronista le parece muy bien que se quiera mantener “lo castizo”, que los chinitos se puedan llamar Isidro e incluso y, si quieren, Isidret; también que, tras tan ardua como paterna decisión, se opte por tal nombre a cuenta de concisa, contante y sonante subvención. Sin embargo, no deja de preguntarse el cronista por la riada de improperios, preguntas parlamentarias, titulares en portada y otras actuaciones derivadas de acontecimiento tal, si la decisión hubiese surgido de las cavernas políticas del extrarradio y encaminadas a que los tiernos infantes se llamasen ¿qué prefieren, Jordi o Breixo, Jon o Sisebuto?

¡AH, EL MIEDO a lo diferente! Solo una sociedad madura y fuerte, sólida y debidamente asentada en los valores democráticos, aceptará para los demás lo que proclama para sí: la barretina y la gorra de visera, la monteira o el pañuelo baturro debidamente anudado en su lugar descanso, con la naturalidad debida. La misma que ha presidido la celebración del San Isidro. No otra. ¿Será que en los alrededores somos algo más maduros? Solo cuando el extrarradio pueda comportarse en medida equivalente, es decir, en ausencia de críticas amargas y apocalípticos avisos que amenazan de ruptura la unidad de España, solo entonces, podremos considerar que vivimos en democracia plena. Lo demás serán aproximaciones.