Churchill en Afganistán

EL asesinato en Afganistán de dos guardias civiles y de su intérprete, el pasado mes de agosto en la localidad afgana de Qala-i-Naw —con lo que van ya noventa y cuatro muertos desde 2002— nos impele a realizar la siguiente reflexión: ¿qué hacemos en dichas tierras? Yo, como la práctica totalidad de españoles, no soy capaz de contestar. Y no lo somos por la ausencia de una política internacional en la materia definida, seria y competente. En suma, por la ausencia nacional de una política internacional de Estado. ¿La responsabilidad? La falta de compromiso moral y de grandeza de miras de la clase política. En este contexto, aprovechando la lectura de una biografía de Winston Churchill, Portrait of Churchill, escrita en 1945 por su auxiliar Guy Eden, he tratado de comparar lo que el premier británico, adalid de la libertad y la democracia frente al totalitarismo nacionalsocialista alemán, habría dicho y hecho. Y la verdad, no puedo sino sonrojarme por la debilidad y el acobardamiento presente. Quizás me vea obligado, cuando termine su lectura, a hundirme, sin más, en las aventuras de Kim de la India de Richard Kipling. Pero entretanto, ¡qué diferencia!, me siguen resonando las palabras del ex premieringlés: «Cuando llega la ocasión, los hombres de todos los partidos y los de ninguno, han de consagrase al servicio público y calcular lo que les cuesta, si les cuesta algo, después y no antes».

Primero: la falta de una política pública de transparencia e información. Hay que ser honestos y explicar al país las razones de la estancia en Afganistán. ¿Por qué estamos? ¿Quién lo ha solicitado? ¿Qué hacemos? ¿Qué se espera? ¿Hasta cuándo? ¿Cuáles son los peligros y las condiciones de seguridad de las tropas? ¿Cómo es la relación con la población civil? ¿Qué perspectivas hay de resolución? ¿Cómo va el curso del conflicto? Algo que hubiera exigido muchísimo más de la clase política: un debate de altura en el Parlamento —«Las Cortes Generales representan al pueblo español… controlan la acción del Gobierno…» (artículo 66. 1 y 2 de la Constitución) y una explicación de la política internacional por el Gobierno —«El Gobierno dirige la política interior y exterior del Estado» (artículo 97 CE)—. Yo, como Churchill, creo en el pueblo español: «Confiad en el pueblo. Le diré lo peor y no consentiría verse batido». En su lugar, asistimos al acomplejamiento buenista, a la evitación del compromiso, al diletantismo indiferente. Una situación que se complica más, cuando la comunidad internacional, tras años de escasos resultados, se plantea ahora dos modelos de intervención. Para unos, como el presidente Obama, habría que seguir incidiendo en las originales directrices de máximos (el mantenimiento de los métodos de contrainsurgencia y el traslado de la seguridad a las tropas y policía afgana), pero fijando un plazo de salida. Para otros, como el vicepresidente Biden, sería mejor limitarnos a operaciones puntuales, preservando sin más nuestra seguridad nacional. ¿Qué pensamos aquí? Literalmente, nada. La clase política no sabe, no contesta, no aclara, no lidera. Mientras, una ciudadanía amilanada, que prefiere mirar para otra parte, y que no es capaz de asumir como Nación las trágicas muertes que nos trae el conflicto, sigue huérfana de información y de liderazgo para sobrellevar los esfuerzos y sacrificios requeridos en contextos tan adversos y graves.

Segundo: la ausencia de una política de Estado. No estamos, adelantábamos, ante un asunto de bandería, de facción o de partidismo, sino que la presencia de nuestros soldados debería ser una política de Estado. Una política que debería disfrutar del consenso de la mayoría de las fuerzas políticas, y al menos de los dos grandes partidos nacionales. Estamos ante una política transversal, por su relevancia, y necesitada de estabilidad. ¡Qué más da si fue el presidente Aznar quien envió las primeras tropas hace nueve años! ¡Qué más da que sea ahora el presidente Zapatero quien mantenga su contingente! Especialmente, cuando nuestra permanencia, en compañía de otros cuarenta y cuatro países de la comunidad internacional, está refrendada por el Gobierno afgano y las Naciones Unidas. Aquí no están justificadas políticas tactistas, réditos electorales cortoplacistas, espurios ocultamientos de los contratiempos. Y no me tachen farisaicamente de patrioterismo, pues no es cierto, bullanguero y expansionista.

Tercero: nos hallamos en medio de un inequívoco conflicto bélico. Estamos ante un conflicto bélico, y además, violento y peligroso. Una situación propia de la guerra, por más que nuestras tropas estén desplegando paralelamente misiones humanitarias y asistenciales en la formación de policías y militares afganos. Y hasta, por qué no decirlo, en pos de hacer viable un Estado fallidoanclado en un sistema feudal de comunidades étnicas y tribales. Nada hay de incompatible en satisfacer conjuntamente tales cometidos. Algo que reconoce la propia Ley Orgánica de Defensa Nacional de 17 de noviembre de 2005 (artículos 15 y 16). Lo que impele a nuestros dirigentes, por razones de moralidad pública, responsabilidad política y grandeza de miras, a brindar los medios con que hacer frente, y sobre todo, ¡la osadía de ganar, es de lo que se trata!, la guerra. Parangonando a Winston Churchill: «Preguntaréis cuál es nuestro objetivo. Os contestaré con una sola palabra: es la victoria. Victoria a pesar de los horrores». El capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas autoriza el uso de la fuerza. «Es una guerra —había afirmado Churchill— para establecer sobre fundamentos inexpugnables los derechos del individuo, una guerra para establecer y reavivar la talla del hombre».

Cuarto: una guerra que hay que querer y saber ganar. Y además pronto. Están en juego nuestras libertades, nuestra seguridad, la posibilidad de extender la democracia y hasta la existencia de las sociedades abiertas y plurales. Pero un conflicto, en este caso, que da la impresión estamos perdiendo. De una parte, los resultados no son hoy los que imaginábamos. Los talibanes continúan siendo fuertes en parte del país, los atentados no cesan y el terrorismo islámico sigue contando con respaldo popular y una amplia base de entrenamiento. De otra, la debilidad moral de las reticentes sociedades civiles del mundo desarrollado, incapaz de asumir los sacrificios personales y colectivos de una guerra, ¡cosa que saben nuestros enemigos!, disminuye las posibilidades de éxito. Replantearnos diariamente nuestra estancia, el papel allí desempeñado, la obsesión por el repliegue o la retirada de las tropas lo más rápidamente posible, no son la mejor estrategia para ganar. La debilidad y la tibieza, nuestros pusilánimes demonios, son incompatibles con la victoria. Hay mucho de ganas de vencer en las churchianasexigencias de «sangre, fatigas, sudor y lágrimas», pues «en la guerra han de afrontarse grandes riesgos para alcanzar grandes ganancias». Por el contrario, los enemigos de la libertad, los señores de la barbarie, los verdugos de la opresión, los fanáticos terroristas, nunca desesperan, nunca desfallecen, nunca titubean, nunca se rinden, nunca cejan. Enfrente hay un enemigo aguerrido, implacable, duro y hostil. «Paz sin victoria —decía nuestro hombre— es inconcebible, porque no sería paz»..

Quinta: necesitamos de un rearme moral. Reclamable, primero, a nuestros representantes políticos, los que nos gobiernan y los que se encuentran en la oposición. Los de aquí y los de allí. Hasta las Naciones Unidas deben dar ejemplo de virtud pública y de compromiso moral. Pero también por parte de las sociedades civiles: su coraje y la fortaleza de espíritu no pueden ser sustituidos por la superioridad tecnológica, el sofisticado armamento y la más depurada táctica militar. Ya sé que no estamos en una guerra como a la que se enfrentó Winston Churchill. Pero no me negarán su añoranza y la actualidad de sus consideraciones políticas y morales. ¿Encontraremos un Churchill para Afganistán? Nuestra sociedad civil y especialmente nuestros mil seiscientos soldados destinados, lo agradecerían.

Pedro González Tevijano