Cibeles renuncia a la divinidad y se hace artista

Cibeles, la «Madre de los dioses», procedente de las tierras de Asia Menor, y recuperada para los madrileños en la escultura de Francisco Gutiérrez y Roberto Michel en el siglo XVIII, parece haber renunciado, según los mentideros que recorren los casi dos mil metros del macizo de El Olimpo, a su divinidad. A la «Gran Madre» ya no le interesan los amores del pastor Atis, ni las labores del campo y la viticultura. Por no importarla, ni acude a las ceremonias ofrendadas a la fecundidad. Hasta ha abandonado, denuncian escandalizados los heterodoxos habitantes de la montaña sagrada en el norte de Grecia, a su carro empujado por sus poderosos leones. La razón, por increíble que parezca, su irrefrenable deseo de convertirse en artista. «¡Ay –exclaman apenadamente sus críticos más indignados–, la terrible secularización de la malhadada posmodernidad, a la que no escapan ni los mismísimos dioses!» Ya lo había predicho Guillaume Apollinaire (Les Peintres cubistes), el iconoclasta compañero de saqueos y latrocinios artísticos de Picasso: «Ante todo, los artistas son los hombres que quieren llegar a ser humanos».

La explicación dada por la diosa es la presencia en el Centro Cultural, contiguo a la escultura de Cibeles en la capital de España, de parte de los extraordinarios fondos, tanto por calidad como cantidad, que integran la Colección de Juan Abelló y su mujer Ana Gamazo. Una de las más sobresalientes pinacotecas privadas nacionales, junto a las de la Casa de Alba, Masaveu, Plácido Arango, Alicia Koplowitz o Varez-Fisa, y asimismo internacionales. Sus nombres bien podrían pues aparecer en el estudio de María Dolores Jiménez Blanco y Cindy Mack (Buscadores de Belleza), junto a los Frick, Huntington, Benenson, Barnes, Guggenheim, Beyeler o Panza. La muestra recoge ciento sesenta y cuatro obras, de las más de quinientas, en un paseo sin igual por los últimos seis siglos de la historia del arte. Por nuestros ojos desfilan exquisitos dibujos –una predilección compartida–, pinturas maestras y rotundas esculturas, desde el siglo XV al pasado siglo XX, de toda la mejor y más nutrida pléyade de escuelas, periodos, facturas y artistas, especialmente españoles, flamencos, franceses, italianos y alemanes, a lo largo de seis deslumbrantes salas. Aunque para ser rigurosos, se trata, por encima de cualquier otra consideración, de una muestra de artistas. Una nueva versión, se escucha por los más deslumbrados visitantes, de la Vite eccellenti architetti, pittori, etscultori italiani, da Cimabue insino a’ tempi nostri, de Giorgio Vasari. Seguramente, porque como explicaba el maestro Gombrich (Historia del Arte): «El arte no existe. Sólo existen los artistas».

Ha sido tal la impresión recibida por nuestra diosa, que ha arrumbado de sus estancias sus representaciones y efemérides. Ni frondosos campos ni tierras de fértiles vides ni coribantes ni felinos ni carros. Cibeles sólo desea pasar el mayor número de horas junto a Apeles y Zeuxis, los afamados pintores, a quienes habría llevado a vivir al Olimpo, ¡otro sacrilegio más!, para aprender los secretos del arte.

La exposición es la historia de una pasión amorosa. La pasión amorosa de dos coleccionistas por rodearse de cosas bellas, haciendo realidad La historia de la belleza, de Umberto Eco. Juan Abelló y Ana Gamazo refrendan con su colección el juicio del André Malraux (Les voix du silence): «Como el amor, el arte no es placer, sino pasión». Y dos cosas más. Primera: además de placer y de pasión, el coleccionista que atesora conocimientos, intuición, osadía y entusiasmo, termina transformando lo que posiblemente empieza como un entretenimiento en una de las ocupaciones y razones de su vida. Termina así, por qué no decirlo, en devoción. Termina hasta en una justificación vital. La devoción que los hombres dispensan a sus más íntimas aspiraciones, incluida la de dejar algo trascendente para disfrute de los demás. Ya apuntaba Herder, el pensador prerromántico alemán, (Legenden. Das Bild der Andacht): «El amor supremo, como el arte supremo, es devoción». Una devoción que se rastrea con facilidad dada la calidad de las piezas, su inmejorable estado de conservación y su cuidada exposición. Segunda: arrinconados los principios intangibles de antaño, pero vivo el deseo de trascendencia, el coleccionista hace de su pasión amorosa una teología laica. «En la obra de arte –escribía Jünger (La tijera)– está viva una fe que dura más que todos los dogmas».

De las obras, no les voy a desvelar gran cosa. Es un privilegio hacerlo uno mismo. Sólo apuntar una básica hoja de ruta. En la salida, nos recibe, en el cuarto centenario de El Greco, la Estigmatización de San Francisco; mientras, en la línea de llegada, nos espera un soberbio tríptico de Bacon. Todo un paseo frondoso, nunca más obligado, hablando de Cibeles, preñado de maravillas: el Bautismo de Cristo, de Juan de Flandes; la Virgen de la leche, de Lucas Cranach; el retablo La Virgen de la Misericordia, con san Juan Bautista y san Miguel, de Bernardo Serra; el Salvator Mundi entre san Pedro y san Juan, de Yáñez de Almedina. No menores son sus motivos de floreros y bodegones de Arellano, Van der Hamen, Camprobín… Ni tampoco las obras de Ribera (El olfato), Murillo (El joven gallero), Pacheco, Zurbarán (La familia de la Virgen), las vedute de Canaletto, Guardo o Joli, y Francisco de Goya con los retratos de sus consuegros. El cambiante siglo XIX nos muestra los destellos de Fortuny, Casas, Anglada Camarasa, Rusiñol, Sorolla… acompañados por los imprescindibles Bonnard, Toulouse-Lautrec, Van Gogh, Degas (La salida del baño). Para llegar, siglo XX, a Modigliani (El violon chelista y su trabajo preparatorio), Matisse, Balthus, Braque, Gris ( Mujer sentada frente a un retrato de Felipe II de Jorge de la Rúa), Picasso –con catorce piezas–, Munch, Klimt, Kandinsky, Klee, Miro –cinco piezas–, Dalí –¡qué dibujo el de su padre y hermana!–… Y, no podía faltar, un Rothko bicolor.

Al salir, quizás les suceda, en unos tiempos difíciles como los presentes, como a mí, y recuerden las palabras de Nietzsche: «El arte es el gran estimulante para vivir».

Pedro González-Trevijano, magistrado Tribunal Constitucional.

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