Cien años de Cela

Su lema fue ‘Quien resiste gana’. Su empeño máximo, conseguir el Nobel. Lo esencial era triunfar. Ser el número uno. Con una voluntad de hierro, una autoconfianza a prueba de bala («la timidez se ata»), una capacidad de trabajo envidiable y unas aptitudes literarias innegables, nunca descansaría hasta lograr, en 1989, su ansiada meta. Unos años después, al enterarse los suecos de que la relación del galardonado con el franquismo no había sido tan inmaculada como ellos creían -y que incluía el ofrecimiento, en 1938, de denunciar a «rojos» de su conocimiento-, se produjo un revuelo en Estocolmo, tan eficazmente cortejado a lo largo de los años. Pero era demasiado tarde: una vez concedido el palmarés no había la menor posibilidad, naturalmente, de retirarlo.

Cuando en junio de 1998 se iniciaron los múltiples actos del centenario del nacimiento de Federico García Lorca, Camilo José Cela hizo unas declaraciones al respecto que fueron reídas por algunos y lamentadas, cuando no despreciadas, por muchísimos más. Lo que dijo, ante el micrófono de un periodista, fue: «Ojalá dentro de cien años los homenajes a Lorca sean más sólidos, menos anecdóticos y sin el apoyo de los colectivos gais. No estoy a favor ni en contra de los homosexuales, simplemente me limito a no tomar por el culo». ¿Se había expresado realmente así? Al día siguiente se ratificó: «No hay duda de que lo dije».

La reacción de los colectivos aludidos no se dejó esperar. Tampoco la de algunas personalidades políticas de izquierdas. A Joaquín Almunia el comentario tan chulesco le había producido «asco» y «profunda repugnancia». Matilde Fernández, exministra de Asuntos Sociales, le rogó que «antes de criticar a los homosexuales se lea la Constitución Española». La indignación más elocuente, empero, fue la de Terenci Moix. Cela, «académico, Nobel y marqués», había logrado desacreditar de un solo golpe sus tres títulos. A Moix no le había sorprendido para nada, por otro lado, el exabrupto del autor, experto, como tantos compatriotas suyos, en el soez manejo del término ‘maricón’. Dicha utilización, escribió en un artículo titulado ‘El Nobel en la letrina’, autorizaba «a comprender por dónde van los tiros. Se parecen mucho a los que acabaron con la vida de Federico García Lorca».

¿Y qué dijo al respecto el Partido Popular, entonces el de los amores del escritor? Don Camilo, según Beatriz Rodríguez-Salmones, portavoz de Cultura del PP en el Congreso, tenía «una manera de hablar que todos conocemos. Son sus opiniones y no tengo nada que decir». No cabía mayor abyección.

En los últimos años de su vida los ataques dirigidos por Cela hacia la nueva promoción de escritores españoles, no dispuestos a amilanarse ante sus modales belicosos, fueron en aumento. Como acaba de apuntar Elvira Lindo, sus palmeros «le jaleaban los insultos que profería contra Julio Llamazares, Javier Marías o Muñoz Molina, por poner los tres ejemplos más conocidos, a los que despreciaba por escrito o a los que, maniobrando, trataba de borrar del mapa». Llamazares lo ha recordado hace poco con la magnanimidad y el buen humor que le caracterizan.

Cela nació el 11 de mayo de 1916, con lo cual deberíamos estar viendo ya, en todo el país, proyectos de actos y homenajes conmemorando, en su centenario, la vida y obra del autor. No hay visos ni indicación de que esté siendo así, sin embargo, pese a los esfuerzos de su desfallecida fundación y no sé si de la Real Academia Española, dirigida por un celiano «incondicional», Darío Villanueva. ¿Va saliendo un chorro de libros nuevos sobre el Nobel para festejar la efeméride? Mis amigos libreros me aseguran que no y que el interés por sus obras es mínimo, con la excepción de ‘La familia de Pascual Duarte’ y ‘La colmena’. Camilo Cela Conde, eso sí, acaba de sacar una edición revisada y ampliada de ‘Cela, mi padre’, editado por vez primera en 1989 y ahora titulado ‘Cela, piel adentro’. No pudo ser fácil tener tal progenitor, y al hijo le honra su intento por defender, hasta donde quepa, a un ser a menudo intolerable.

Y máxima ironía: el 2016 es también el 80 aniversario del asesinato del ‘maricón’ granadino, a estas alturas el poeta español más famoso y admirado de todos los tiempos y cuya irradiación mundial no deja de crecer mes tras mes, año tras año, sin la necesidad de apelar al apoyo de los gais y otros descarriados insultados por el de Iria Flavia.

Menos mal que podemos tener la confianza de que Cela está con Díos. Así nos lo aseguró su vecino de entonces, Federico Trillo. A quien, por cierto, me imagino en estos momentos, allá en la embajada española de Londres, preparando las maletas para volver dentro de poco a casa.

Ian Gibson, escritor.

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