Cien años de Nicolás Achúcarro

La muerte del histólogo Nicolás Achúcarro el 23 de abril de 1918 causó un enorme impacto en la España científica e intelectual de su tiempo. Cajal, Ortega, Marañón, Unamuno, Juan Ramón Jiménez y un largo etcétera, se hicieron eco de la muerte a los 37 años del joven médico e investigador vasco que fue calificada, por el propio Ortega, como una gran pérdida nacional. La excelente formación recibida por Achúcarro en los ámbitos de la medicina y las humanidades, con mentores como Unamuno, Cajal, Simarro, Giner de los Rios o Alzheimer, su enorme capacidad de trabajo y su inicial y brillante aportación a la ciencia lo convirtieron en una figura muy relevante a nivel internacional, como demuestra el doctorado honoris causa por la Universidad de Yale que recibió a los 32 años. Aunque requerido por varios centros de Europa y América, eligió trabajar en España y hacerlo especialmente en el Laboratorio de Histología que la Junta para Ampliación de Estudios había instalado en la Residencia de Estudiantes.

Tres son las razones que justifican su recuerdo a los cien años de su muerte: sus aportaciones científicas, su magisterio y, sobre todo, su conducta como hombre de ciencia, una conducta que, a pesar del tiempo transcurrido, puede seguir iluminando la nuestra al servicio de la mejor España. Su obra fue pionera para la identificación definitiva de las células gliales del tejido nervioso. Su discípulo Pio del Rio Hortega continuó su labor estableciendo definitivamente el origen y los tipos de dichas células. Su otro gran discípulo, Gonzalo Rodríguez Lafora, identificó microscópicamente una nueva variedad de epilepsia conocida como enfermedad de Lafora.

La conducta de Achúcarro hay que insertarla en el marco del regeneracionismo, el institucionismo y el positivismo, que constituyen los tres vectores político, universitario y filosófico que cruzan su periodo vital y biográfico entre 1880 y 1918.

En este contexto, Achúcarro simboliza, en palabras de Marañón, al médico que «aúna por vez primera al hombre de ciencia con el clínico», un modelo de médico que es necesario seguir impulsando en nuestros días para que la investigación logre definitivamente impregnar la práctica clínica. Pero en él se aunaba también «el humanismo de Giner y el entusiasmo científico de Cajal», según dejo escrito Alberto Jiménez Fraud, el director de la Residencia de Estudiantes con el que Achúcarro colaboró en la etapa fundacional de la misma. A sus saberes científicos incorporó el bagaje cultural y educativo de su época, posiblemente el único modo, entonces y ahora, de potenciar la empatía entre el médico y el enfermo.

Un rasgo fundamental de la conducta de Achúcarro lo constituye su actitud alegre, constructiva y entusiasta con el presente y el futuro, especialmente en su relación con los jóvenes científicos y estudiantes de la Residencia a los que tanto contribuyó a formar. «La Aurora», lo apodó el poeta Juan Ramón Jíménez; «Donde él entraba», escribió, «parecía que entraba el primer sol». Los testimonios de sus discípulos y alumnos son también muy elocuentes al respecto. Lafora escribió: «Sus vastos conocimientos, su ingenio y simpatía personal, su cultura artística, sus amplias lecturas hicieron muy pronto que los más jóvenes estudiantes le considerásemos como un modelo a imitar». Rio Hortega lo describe así: «Fue un maestro comprensivo, benévolo y generoso y por ello, en la fe de sus inspiraciones, pude completar algo gracias a lo mucho que me estimulo en mi trabajo». El residente Miguel Prados escribe al respecto: «Achúcarro venía frecuentemente por la Residencia a interesarse por nuestros problemas e inquietudes y sobre todo por nuestro futuro y nuestros ideales». Jimenez Fraud, el antes citado director de la Residencia señala por último: «No podíamos presentar más noble y cercano modelo a nuestros escolares que el de la exquisita mentalidad y sensibilidad de Achúcarro».

Recordar a Achúcarro, a los cien años de su muerte, es, por todo ello, rescatar para el presente la figura de un médico capaz de aunar en su ejercicio la ciencia, la clínica y la cultura frente a un modelo actual de médico que solo parece aplicar protocolos y que carece de empatía cultural con sus pacientes. Recordar a Achúcarro es, también, rescatar para el presente un modelo de científico alegre y entusiasta, capaz de proyectar en los jóvenes la actitud positiva y constructiva que la investigación científica representa. Y oponerlo al modelo casi siempre quejoso y mendicante que con frecuencia trasmiten muchos investigadores en nuestros días y que tanto lastra la motivación y la actitud constructiva de las nuevas generaciones.

Recordar y rescatar a Achúcarro es por tanto, en el sentir de Ortega, que tanto lo admiró, volver nuestra mirada atrás para mejor avanzar hacia delante. Es, a los cien años de su muerte, hacer de su recuerdo impulso y no dejarlo simplemente en añoranza.

Antonio Campos es miembro de la Real Academia de Medicina.

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