Cien años de una foto histórica

De izquierda a derecha, los ministros Pidal, Alba, Romanones, Maura, Dato, Alhucemas, González Besada, Cambó y Marina flanquean a Alfonso XIII, fotografiados para ABC por Ramón Alba el 22 de marzo de 1918
De izquierda a derecha, los ministros Pidal, Alba, Romanones, Maura, Dato, Alhucemas, González Besada, Cambó y Marina flanquean a Alfonso XIII, fotografiados para ABC por Ramón Alba el 22 de marzo de 1918

Un día, en los albores de este siglo, estaba refitoleando en un anticuario de Pamplona cuando llamó mi atención una fotografía color sepia (de 28 x 21 cm.), enmarcada, en la que aparecía el Rey Alfonso XIII con nueve señores vestidos de gala, entre los que reconocí a Maura, Canalejas y Dato, con una gran firma del Monarca y fechada por este el «22.III.1918» y, en el paspartú, las rúbricas de todos los demás. Al anticuario le pregunté: «¿Y esto?». Y se limitó a sonreír.

En 1917 y debido a la escasez de alimentos de primera necesidad, al caciquismo y al clima que por la neutralidad mantenida en la Gran Guerra se había creado para hacer dinero fácil, España sufría una crisis política, social y militar. Para resolverla ya no servían ni los viejos políticos ni el sistema de gobierno turnante implantado durante la Restauración porque, como dijo Ortega, «un sistema de viejo equilibrio se había roto» y el nuevo «no se había alzado». Y, para salir de ese callejón, el 30 de octubre se formó un «Gobierno de concentración» presidido por García Prieto, al que el conde de Romanones calificó de «engendro caótico», pues en él cada ministro caminaba por su lado, sin un programa en común o aún con programas divergentes. El Gobierno se marcó un único objetivo: convocar «unas nuevas Cortes que fueran elegidas por abstención de toda intervención gubernativa». Las elecciones se celebraron en febrero de 1918 y en ellas ni los conservadores ni los liberales alcanzaron una mayoría aplastante: Antonio Maura, conservador, obtuvo 27 diputados; Dato, conservador, logró 100; García Prieto, liberal, 81; Romanones, liberal, 36; Santiago Alba, liberal, 25; y Cambó, regionalista, 23. Y con unas fuerzas tan dispares y con varios líderes que se consideraban en funciones de jefe era imposible poder formar un Gobierno «de altura» como demandaba el hombre del momento, el presidente de la Lliga Regionalista, Francisco Cambó, que pudiera tener auténtica representación nacional y que pudiera poner remedio a los males del país.

Alfonso XIII se aplicó a fondo y demostró que Juan Ignacio Luca de Tena tenía razón cuando de él dijo «que entre sus defectos estaba el de su inteligencia, pues, con excepciones notorias, como las de Canalejas, Maura, Dato y algunos pocos más, era más inteligente que la mayoría de sus ministros». Y para lograr su empeño escenificó un golpe teatral: convocó en su despacho, a la misma hora y de forma simultánea, a todos esos líderes y una vez reunidos les invitó a formar un Gobierno de carácter nacional. Como se resistían, amagó con su renuncia para forzar su voluntad y, al percatarse del problema que podría plantear la expatriación del Monarca, como contaría Romanones, «casi sin discusión, todos le manifestamos estar dispuestos a satisfacer sus deseos». Entonces, sigue narrando el conde, el propio Rey tomó papel y pluma y dijo: «Yo haré de secretario», y fue confeccionando la lista: «Primero, el nombre de Maura para la Presidencia, que aceptó con aire de resignación, aunque yo creo que en el fondo satisfecho al ver cómo la justicia se abre paso y cómo las campañas contra él terminaban proclamándole indispensable. Dato, en Estado; García Prieto, en Gobernación; Romanones, en Gracia y Justicia, Alba en Instrucción Pública; Cambó, en Fomento. Aunque ausentes, se anotaron otros tres nombres para los restantes Ministerios: González Besada, en Hacienda; Marina, en Guerra; el almirante Pidal, en Marina». De esta manera Alfonso XIII demostró ser «un estadista sagaz y un político resuelto y frío», como lo calificó Churchill, pues logró una combinación que, según Romanones, «de haber perdurado, hubiera evitado cuanto después ocurrió». Así surgió ese «Gobierno Nacional» que el país recibió con auténtico entusiasmo, pues era la última posibilidad constitucional de sacar adelante a España, que posó para la historia, después de prestar juramento, en el Palacio Real, el 22 de marzo, en la fotografía que tenía yo en mis manos.

Cuando decidí quedármela, el anticuario me dijo: «ahora te puedo contar su historia». Procede del Palacio Real de Miramar de San Sebastián, donde estuvo expuesta hasta la República. Fue repuesta en 1936 y allá permaneció hasta que los actuales propietarios del recinto se deshicieron de ella, porque querían eliminar todo vestigio que oliera a España y a la Monarquía. Y así fue como logré esa histórica fotografía, que hoy se convierte en centenaria y que desde entonces ocupa un lugar de honor en mi casa.

José Ignacio Palacios fue senador por Navarra.

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