Cien días que cambiaron Europa

Europa ha cambiado. En los tres primeros meses de gestión de una crisis sin precedentes por su dimensión y sus efectos sanitarios, financieros, económicos y sociales, Europa ha tomado la decisión de mostrar solidaridad ante la adversidad. En contra de todas las expectativas, en un momento crucial de su historia, ha dado un paso decisivo hacia una Unión más generosa, autónoma e independiente, que defiende sus intereses estratégicos y su lugar en el mundo. El coronavirus ha sacudido –dejando a salvo las diferencias que son la parte inmutable de nuestra riqueza cultural común– el concepto de vivir juntos y compartir nuestros valores. Europa ha sido criticada y hasta puesta en solfa. En los primeros días de la pandemia, las fronteras se cerraron con la esperanza de proteger a nuestros conciudadanos. Surgieron penosas dificultades de suministro. La búsqueda de mascarillas y respiradores resultaba un panorama desalentador. La falta de coordinación y la desunión deleitaban a los eurófobos. La brutta EuropaLa fea Europa–. El 27 de marzo, este titular del diario La Repubblica resumía la consternación de Italia. ¿Caeríamos en la tentación del sálvese quien pueda? ¿Se iba a romper el continente? Ocurrió lo contrario.

Europa se vio sorprendida, como China y EEUU, pero se ha recuperado vigorosamente. Conscientes de lo que está en juego, los europeos han pedido a la Comisión que coordine las prerrogativas de los Estados miembros en el ámbito de la salud. Las empresas europeas se han movilizado para producir mascarillas y material de protección, y nuestro continente tiene ahora la capacidad de ser autosuficiente. Gracias al diálogo entre la Comisión y los Estados, se levantaron rápidamente una treintena de restricciones nacionales a la libre circulación de material de protección, ventiladores, medicamentos, alimentos y materias primas. Eran restricciones que en realidad no protegían a nadie. Prevaleció la fuerza y la salvaguarda del mercado único. Otra acción importante fue la repatriación, difícil, de más de 600.000 europeos en el extranjero. Rapidez de acción y solidaridad también en la esfera económica y financiera, donde la respuesta de los Veintisiete, el BCE y la Comisión a favor de la liquidez ha sido crucial.

Pero Europa debía ir aún más lejos. Debía imaginar una acción conjunta a la altura de los desafíos y guiada por tres principios: ningún país debía quedar al margen; ninguna economía debía ser víctima aislada; y todos los Estados miembros debían tener acceso, en condiciones comparables, a la deuda necesaria para financiar sus planes de recuperación. Endeudarse en común por el bien común: ¡absolutamente inconcebible hace sólo tres meses! La iniciativa del presidente Macron y la canciller Merkel ha cambiado el curso de la historia, impulsando el plan de recuperación acordado el 21 de julio en nombre del interés general. El plan podría haber sido aún más ambicioso en su vocación paneuropea, pero además de cambiar la naturaleza misma de la Unión, ofrece la oportunidad de construir una Europa más competitiva, más sostenible, más resistente e inclusiva al servicio de nuestros conciudadanos. Debemos aprovechar esta oportunidad.

En 100 días, Europa ha cambiado más que en 30 años. Sus fragilidades, sus desequilibrios geográficos, económicos y sociales permanecen. Por muy espectacular que haya sido el salto hacia adelante, no puede ser pasajero. La crisis ha mostrado cómo se amplían las grietas del orden internacional. La arquitectura del mundo de la posguerra se está tambaleando. EEUU va por su cuenta en nombre de América primero y mueve tropas estacionadas en Alemania sin ninguna consulta. En cuanto a China, desde el establecimiento de las Rutas de la Seda hasta la diplomacia de la mascarilla, ha abierto el camino a un imperio económico, tecnológico y geoestratégico desde Asia hasta Europa y África. Nadie sabe cómo será el mundo de mañana, pero una cosa está clara: ningún país europeo puede esperar influir por sí solo en el nuevo orden mundial. Debemos proyectarnos a la escala de un continente. Y frente al riesgo de convertirse en campo de batalla de las tensiones mundiales, Europa no puede permanecer con los brazos cruzados. La era de una Europa conciliadora o ingenua ha terminado.

No se trata en absoluto de aislarnos. Pero durante demasiado tiempo, sin duda, Europa ha confiado en la hipotética reciprocidad de sus socios comerciales, sometiendo en última instancia al Viejo Continente a una competencia desleal y relegando nuestros intereses estratégicos, o incluso nuestra seguridad, a un segundo plano. Poner fin a esta paradoja europea está en el corazón de una Europa firme en sus valores, firme en sus ambiciones y que confía en sus medios.

Debemos ser conscientes de que no hemos terminado, por desgracia, con la Covid-19. La crisis exige que Europa se dote de una capacidad de gestión y reacción con los medios y la autoridad necesarios para hacer frente a los peligros sanitarios comunes. En un estado de emergencia, ese sistema permitirá iniciar una rápida cooperación y decisiones coordinadas entre los países. Debemos establecer reservas estratégicas de forma urgente. También podríamos asegurar una mejor interoperabilidad de nuestros sistemas de atención sanitaria mediante la interconexión de los hospitales, o incluso mediante el uso, bajo condiciones estrictas, de datos sanitarios a nivel europeo.

Más allá del ámbito de la salud, debemos diversificar nuestras fuentes de suministro y, evaluándolas sin complacencia, reducir nuestra dependencia económica e industrial. Para empezar, en septiembre presentaremos un plan de acción sobre las materias primas críticas que son tan necesarias para nuestra doble transición ecológica y digital. Protegeremos mejor a nuestras empresas críticas contra las adquisiciones extranjeras depredadoras –a veces con motivación política– y reforzaremos drásticamente el control de la ayuda estatal que reciben las empresas extranjeras para competir con las nuestras en el mercado interno.

También vamos a reforzar la protección de nuestro espacio de información, que sigue estando demasiado dominado por actores geoeconómicos no europeos. No desaprovecharemos el enorme potencial de los datos industriales que está atrayendo todas las miradas, en primer lugar de las grandes plataformas (GAFAM y otros BATX). En la carrera mundial por el poder tecnológico, Europa liderará si aprovechamos las oportunidades que ofrecen los datos, la microelectrónica y la conectividad por satélite. Estas tecnologías clave actuarán como catalizadores de futuros desarrollos tecnológicos, apoyarán la ventaja competitiva de nuestra industria, y nos ayudarán a construir un ciber escudo europeo efectivo. No permitiremos vulnerabilidades en las redes 5G y en nuestras infraestructuras críticas, pero debemos prepararnos para la mayor exposición a ciberataques que viene de la mano de miles de millones de nuevos objetos conectados, desde coches hasta juguetes infantiles, dispositivos de asistencia sanitaria y electrodomésticos.

También es nuestra responsabilidad proteger las democracias contra el flagelo de la desinformación. Seamos claros: potencias extranjeras bien identificadas están llevando a cabo operaciones en nuestro continente para desestabilizar nuestros procesos electorales y nuestras economías. Las principales plataformas, en el mejor de los casos por falta de anticipación, en el peor por negligencia, se convierten en apoderadas de estas estrategias. Europa presentará a finales de año una novedosa iniciativa normativa para lograr un equilibrio entre la responsabilidad y la libertad de expresión en el espacio de la información.

Dejando atrás la era de la ingenuidad, debemos aprovechar la fase de la recuperación para evitar quedar encerrados en una nueva dependencia geoestratégica de Estados Unidos, un aliado tradicional pero en retirada, o depender geoeconómicamente de China, un socio competidor y rival sistémico.

Nuestro continente tiene la oportunidad de establecer una Europa solidaria, soberana e influyente. No hay tiempo que perder para construir los cimientos del mañana de nuestros hijos.

Thierry Breton es comisario europeo de Mercado Interior.

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