Ciencia en el mercado: cartas de Einstein a subasta

Por José Manuel Sánchez Ron, miembro de la Real Academia Española y catedrático de Historia de la Ciencia en la Universidad Autónoma de Madrid (EL PAÍS, 11/06/06):

El nombre de Albert Einstein vuelve a aparecer en las noticias. Cuando aún no se han apagado los ecos del Año Einstein, dedicado a recordar el centenario de sus trabajos de 1905, ahora se anuncia la subasta de un lote de cartas que intercambió con Ernst Straus (1922-1983), uno de los jóvenes científicos con grandes habilidades matemáticas que le sirvieron de ayudantes durante las dos últimas décadas de su vida. Las cartas, a las que acompañan otros materiales, se subastan a un precio de partida de 1,1 millones de euros. No es, sin embargo, la primera vez que salen a puja manuscritos de Einstein, uno de los grandes iconos del siglo XX. En marzo de 1996, por ejemplo, Sotheby’s sacó a subasta una serie de manuscritos autógrafos sobre sus teorías de la relatividad especial y general. Según el catálogo, se estimaba conseguir por ellos entre 4 y 6 millones de dólares. Aquel mismo año, el 25 de noviembre, Christie’s subastó 56 páginas manuscritas de cálculos que él y su amigo Michele Besso efectuaron en junio de 1913 sobre la teoría relativista de la gravitación que Einstein pugnaba por construir. Se vendieron por 398.500 dólares. El mismo día, Christie’s también ofreció otro conjunto de documentos, éstos familiares, incluyendo las ahora célebres cartas de amor que intercambió con quien sería su primera esposa, Mileva Maric. El total obtenido fue de 878.924 dólares.

Lejos están los tiempos en los que Sotheby’s únicamente obtuvo unas modestas 9.030 libras en la subasta (1 y 14 de julio de 1936) de un extraordinario conjunto de manuscritos en los que el gran Isaac Newton analizaba cuestiones de religión y de alquimia (por cierto, el economista John Maynard Keynes se benefició de la oportunidad, adquiriendo un número importante de aquellos documentos, que en su momento legó al King’s College de Cambridge). Hoy las figuras más carismáticas de la ciencia, como sin duda fueron Newton y Einstein, son muy valoradas socialmente, y sus manuscritos o posesiones ansiadas por los coleccionistas e instituciones culturales. El caso de Einstein es especialmente manifiesto. No es improbable que en el mismo periódico en el que escribo estas líneas aparezca un anuncio a dos páginas de un automóvil, una de las cuales la ocupa una fotografía de Einstein escribiendo alguna ecuación. ¿Contribuye esto a difundir la ciencia y los científicos en la sociedad, o es un vulgar y torpe sucedáneo que engaña a todos aquellos, la mayoría, que deberían esforzarse por conocer al menos algo de lo que puede enseñar la ciencia, el mejor instrumento de liberación, espiritual y material, de que disponen los humanos? Para mí, no es sino un mero sucedáneo.

Y una manifestación de ello es lo que se ha escrito acerca de estas cartas entre Straus y Einstein. En las noticias se dice que su contenido trata de la teoría -denominada del “campo unificado”- que Einstein se empeñó en desarrollar durante las últimas décadas de su vida, en la que pretendía reunir en una gran síntesis electromagnetismo y gravitación, y en algún caso se añade (The Guardian), mostrando una evidente ignorancia y oportunismo barato, que “una intrigante posibilidad es que los manuscritos puedan contener ideas que Einstein abandonó pero que tal vez pudiesen ser de utilidad en la actualidad con vistas a descubrimientos futuros”. Todo perfectamente vago. Lo que se dice podría referirse a casi cualquier cosa. La circunstancia, la subasta de documentos del genio, es lo importante, no lo que éstos pueden contener y decirnos. Este caso es particularmente cercano para quien escribe estas líneas, ya que tiene que ver con uno de mis más queridos -y ya viejos- temas de investigación. En la primavera de 1979 escribí a Ernst Straus pidiéndole información acerca de un punto de su colaboración con Einstein. Éste, es cierto, buscaba una teoría del campo unificado, con la esperanza de que al mismo tiempo que ésta hiciese de las fuerzas electromagnéticas y gravitacionales la manifestación de un único substrato (campo), también permitiese prescindir de la discontinuidad y probabilismo de la física cuántica, que él consideraba físicamente inadmisible. El campo, una entidad causal y continua, que no admitía “saltos” como los cuánticos, sería el instrumento que permitiría semejante logro.

En realidad, Einstein no había sido siempre un ferviente defensor de este concepto, el campo. La relatividad especial (1905) es independiente de él (de hecho, contiene una célebre frase: “La introducción de un éter”, esto es, de un campo, “lumínico se mostrará superflua”). Fue a partir de 1915, cuando consiguió formular la teoría relativista de la gravitación -la relatividad general- que buscaba desde 1907, y que es una teoría “de campos”, cuando se convirtió en un defensor a ultranza de este concepto.

En este punto es preciso explicar que el concepto de campo es una de las tres posibilidades que existen para explicar uno de los grandes problemas de la física: el de la interacción. Si dos, digamos, cuerpos se afectan -interaccionan- entre sí, ¿cómo lo hacen? Decimos: a través de una fuerza, pero ¿cómo se transmite ésta? Las posibilidades son sólo tres: mediante un choque, a través de un medio continuo (un campo), o gracias a una “acción a distancia” no soportada por ningún medio. Obviamente, esta última posibilidad desafía nuestro entendimiento, pero funcionó muy bien en la dinámica y teoría de la gravitación que Newtonformuló en 1687, aunque él tampoco entendiese qué eran en realidad tales acciones a distancia. Fascinado, como digo, por el poder de su teoría de la relatividad general, Einstein terminó convencido que el campo que buscaba era la última, la más fundamental, realidad física.

Por una serie de indicios, a finales de los setenta supe que era posible que Einstein, desesperado por sus repetidos fracasos, hubiese intentado construir una teoría de acción a distancia que reuniese electromagnetismo y gravitación, y que lo había hecho en colaboración con Straus.

En su respuesta (31 de mayo de 1979) a mi carta, Straus confirmó implícitamente este punto: Einstein y él habían probado con acciones a distancia. Incluyó, además, algunas de las ecuaciones básicas de dos teorías que habían desarrollado, y me prometió que intentaría proporcionarme algunos datos más. Aunque escogió un camino erróneo, Einstein era lo suficientemente buen físico para comprender que las presuposiciones filosóficas o conceptos que podemos entender más fácilmente son únicamente guías que pueden ayudar, pero no los jueces últimos en la búsqueda de la comprensión de los fenómenos naturales. No creía en las acciones a distancia, pero intentó también con ellas. En alguno de mis trabajos sobre historia de la física einsteniana he aludido a la información que me suministró el colaborador de Einstein y lo que este episodio significa tanto con respecto a Einstein como con relación al “método” científico, pero nunca estuve satisfecho porque me faltaban piezas, datos y ecuaciones para poder construir una buena historia. Hace unos pocos años, con Straus ya fallecido, escribí a su familia preguntándoles si habían encontrado entre sus papeles la información que deseaba. Nunca contestaron. Ahora sé que sí encontraron lo que yo buscaba.

No me quejo. Lo comprendo. Si escribo estas líneas es para intentar explicar por qué los materiales que se ofrecen ahora son valiosos. De hecho, el propio Straus aludió en alguna ocasión, de forma breve y sin incluir fórmulas, a aquellos trabajos suyos con Einstein. Nadie, sin embargo, lo ha recordado en las informaciones publicadas estos días, como si lo único que importase fuese lo efímero y circunstancial, la subasta, el precio de las cartas, o detalles acerca de la vida de Straus.

Es preciso, sin embargo, hacer hincapié en lo fundamental; en que el núcleo central de lo que esas misivas contienen acaso puede servir para comprender mejor el pensamiento de uno de los mayores genios de la ciencia de todos los tiempos. No es imposible, por supuesto, que las cartas terminen en manos de alguien que las valore preferentemente como objetos, como reliquias de un personaje famoso. Ahora son unas cartas con cálculos complejos, pero, esto es lo esencial, escritas por la mano del héroe. En otras ocasiones ha podido ser una prenda de Marilyn Monroe o la mecedora de John F. Kennedy. Es cierto, no lo niego, que vivimos en la Era del Conocimiento, pero esta tiene evidentes y numerosas contradicciones. ¿En qué medida, hay que preguntarse, se halla extendido en nuestras, más expertas y desarrolladas, sociedades el deseo de comprender? Estamos mejor instruidos, sí o muy probablemente, pero ¿significa esto que amemos más saber, conocer, ir más allá de lo aparente?

De todas maneras, si el afortunado con más de un millón de euros para disponer libremente que compra las cartas einstenianas lee este escrito, quiero pedirle que, por favor, me deje leerlas. Prometo no estropearlas.