Ciencia, universidad y economía

Uu panorama negruzco, atormentado y arrogante lo constituyen las exigencias del ahorro indiscriminado y masivo, impuesto por nuestros amos, la señora Angela Mer-kel y el señor Nicolas Sarkozy. Amenazan no solo la ciencia y el desarrollo, sino que también nos está convirtiendo paulatinamente en ciudadanos desesperados, en un foco de paro y en una sociedad que se enfrenta a una recesión cada vez más seria y amenazante, porque si la angustia de los mercados es grave, más dramática resulta su incidencia en el conocimiento y en la formación.

La ciencia, entre otros muchos sufridores de este descontrol administrativo, es un contrato social porque la sociedad piensa y pide grandes descubrimientos para el beneficio de la Humanidad. Se ha dicho que en los próximos diez años el número de avances será tan grande como todo lo alcanzado hasta ahora, lo que podría suponer una reestructuración social que mejorase la economía del planeta. Por ello, debe respetarse a toda costa la excelencia investigadora que tanto aseguran desear muchas universidades.

En mayo del 97, comentaba en esta página el excesivo número de universidades de Chile, donde para una población de, entonces, unos catorce millones tenía unas setenta, reflejo del laudable deseo de aumentar la educación, pero con la contrapartida de comprometer la excelencia. Si a nivel privado se quiere gastar el dinero, está bien, pero es indefendible el hacer que el erario público subvencione, como mucho me temo ya ocurre en España, la creación de más universidades, incluyendo facultades de Medicina a costa de todos los contribuyentes; ¡no caigamos en el ejemplo de Chile!

Como he comentado muchas veces, en los Estados Unidos las facultades de Medicina a finales del siglo XIX eran muy malas, posiblemente las peores del mundo, hasta que Abraham Flexner, con la ayuda de la Fundación Rockefeller, y casi con peligro de su integridad física, las recorrió todas analizando sus deficiencias. Con el informe que elaboró en 1910, se produjo el cierre inmediato de un gran porcentaje de las facultades de Medicina, que en muchos casos eran en realidad negocios en los que por una asistencia limitada, en algunos casos de tan solo un semestre, concedían el título de médico. Muchas se agruparon, y permanecieron abiertas solo las que daban una formación de calidad. Pocos años después, unos 35, cuando emigré a los Estados Unidos, la mayor parte ya eran reconocidas como las mejores facultades de Medicina del mundo. Algo así se habrá de pensar si de verdad queremos excelencia.

Llevo mucho tiempo criticando la Universidad española, aunque siento un especial respeto por la imprescindible función de las universidades en nuestro progreso; pero la situación actual exige manifestarse una vez más. Empecé este artículo mucho antes de que el ministerio, la prensa y otros medios de comunicación estuvieran abordando los problemas de la Universidad española, con los que este artículo coincide.

Debemos plantearnos seriamente si España puede mantener las muchas universidades actuales, donde los criterios de selección de personal para tan rápido aumento de número de docentes han impedido que se pueda conseguir la excelencia.
Hace poco, el Consejo Valenciano de Cultura publicó un dictamen que no gustó a los rectores de las universidades públicas valencianas. A mi parecer, no entendieron que se perseguía precisamente ayudar a través de una primera exposición crítica de su situación, con énfasis en el empleo. Y si algunos desean conseguir los ahora olvidados Campus de Excelencia, tendrán que cambiar. En definitiva, la Universidad española mejorará si:

1. Los rectores, decanos y otras administraciones fueran elegidos por su capacidad científica, y no por los votos de todos los estamentos de la Universidad, algunos de los cuales están más interesados en cuestiones otras que en la obtención de alumnos con la mejor formación posible. Sé que esto es muy difícil de lograr, pero debe ser un objetivo para el futuro.

2. Si fracasan en un período adecuado, se les debe destituir.

3. Los fondos de las universidades deben dedicarse, en este orden:

A) A Personal
B) Lo que quede una vez cubiertas las nóminas, a la compra de reactivos, aparatos, material de laboratorio e informático, libros, etc., y todo lo que contribuya a que el nivel competitivo internacional de la Universidad aumente.
C) Edificios.

Lo contrario que aquí ocurre con la obsesión por el ladrillo.

Es necesario especializarse, no conozco ninguna universidad que sea excelente en todo. Por ejemplo, en los Estados Unidos para ciencia destacó Harvard; o para Derecho, Yale.

Otro asunto es la permisividad a que muchos estudiantes repitan curso y cambien de carrera, para, en bastantes casos, acabar abandonando su educación. Recordemos que todos pagamos por la educación, que representa aproximadamente una tercera parte del PIB, incluida la universitaria, que es muy costosa. Los estudiantes deben pagar, y los que no puedan pero lo merezcan deben recibir becas adecuadas. No es de recibo el que todos paguemos por la educación universitaria de los ricos. No se deben mantener cursos con poquísimos alumnos. Así, uno de mis compañeros del Consell participa en un curso universitario para solo tres matriculados. Me pregunto hasta cuándo se va a permitir incorporar cursos que no tienen sentido en los programas docentes de la Universidad, tanto por la escasez de alumnos como por la temática. Es un esfuerzo económico en detrimento de los grupos de investigación con grandes ideas y sin recursos para poder realizarlas. Y finalmente, como ya he dicho también muchas veces, el Ministerio de Educación, al menos el Consejo de Rectores, sobra en lo que se refiere al control de las universidades.
Los premios Nobel Roger Kornberg, Sheldom Lee Glashow y Paul Berg, entre otros, firmaron la carta abierta por la ciencia que se presentó a las Cortes Españolas y al presidente del Gobierno, que firmamos más de 9.000 científicos y que contó con más de 42.000 adhesiones. Roger Kornberg ha propuesto que este año la declaración de los miembros del Jurado de los Premios Rey Jaime I 2012 también apoye a la ciencia española. Tanto en el Consell Valencià de Cultura como en la reunión celebrada el 11 de abril de las Comisiones de Investigación Básica, Investigación Médica y Nuevas Tecnologías, del Alto Consejo Consultivo de la Generalitat, aprobaron la propuesta.

Todos sabemos que la investigación es fundamental, pues ha permitido mejorar los resultados reduciendo los esfuerzos y puede aportar soluciones hasta ahora impensables, pero ello requiere que la formación de nuestros jóvenes se mantenga y se mejore, lo que les permita encontrar empleo y desarrollar sus muchas cualidades en beneficio social, así como el seguimiento urgente de las ideas de Keynes que tanto sirvieron al presidente Roosvelt.

Finalmente, un artículo de Paul Krugman en la Edición Global del New York Times del 14 de abril, «Suicidio económico de Europa», impresiona, pues recordaba que España no ha sido fiscalmente descuidada, porque, antes de la crisis, tenía un bajo nivel de deuda y un excedente en su presupuesto económico, que se desestabilizó con la burbuja del ladrillo, producida en gran medida por los préstamos de los bancos alemanes a los bancos españoles; sin embargo, la prescripción de Berlín en estos momentos es de más austeridad fiscal; lo que es una locura. Sigue diciendo que es difícil no tener un sentimiento de desesperanza, puesto que los líderes europeos, en lugar de admitir que están equivocados, siguen empeñados en empujar la economía y la sociedad a un precipicio, y todo el mundo pagará el precio, y a mi parecer, especialmente, la investigación.
Quiero terminar con el sentimiento quizá erróneo de que en muchos casos los problemas actuales propician la racanería de algunos, quizá demasiados.

Santiago Grisolía, presidente ejecutivo de los Premios Rey Jaime I.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *