Cifuentes y el canal de las desdichas

Cifuentes y el canal de las desdichas

Al igual que las cerezas, las desgracias se entrelazan entre sí e irremediablemente unas llevan a otras. Por eso, confirmando todos los augurios, Cristina Cifuentes no sólo ha tenido finalmente la absurda muerte política que se le presagiaba, lo que le ha costado la Presidencia de la Comunidad de Madrid, sino que ha sido víctima de un cruel asesinato civil a manos de enemigos íntimos.

En cierta ocasión, con motivo de la inauguración de la nueva sede de la Generalitat en Madrid, el entonces president Maragall se presentó exhibiendo deliberadamente el libro de Leonardo SciasciaLos apuñaladores. Era una clara alusión a José Montilla, quien acababa de ser elegido en el PSC para que lo heredara en el Palacio de San Jaime y que encajó el rejonazo con muda impavidez.

A este respecto, a Cifuentes tampoco deben faltarle ganas de hacer lo propio con los acuchilladores de su partido, si bien ella no usa títulos de libros, sino el color de su atuendo para expresar su estado de ánimo y transmitir sus mensajes subliminales (o quizá no tanto). Tomando como referencia su última aparición pública, la mala sangre debe martillearle las sienes cual maza de fragua, al ver el regodeo de sus enemigos de partido observando sus tacones lejanos del despacho principal de la Puerta del Sol.

Singularmente, Francisco Granados, aun no siendo el principal, pero sí el más boquirroto, con desparpajo de muy echado para adelante como Cifuentes. Quizá por ello se ha visto en la obligación de desmarcarse juicioso: “Si buscas venganza, cava dos tumbas”. Sin duda, muestra de prudencia a la que antes no se atuvo mínimamente, por más que resuenen los ecos el adagio latino: Excusatio no petita, accusatio manifiesta.

Con su bajeza moral al aludir a una relación extramatrimonial, el imputado Granados fue emisario del rugido de la marabunta que se cernía implacable sobre la cabeza de la ya ex presidenta madrileña y sobre su familia en un muestrario estomagante de la penosa sicilianización de la vida política. Es como si la capital de aquella isla mediterránea se hubiera trasladado temporalmente al centro de la Península Ibérica, de Palermo a Madrid.

Franqueando la puerta de ese infierno, toda felonía pasaba a estar permitida y tener asiento. Pronto habría irrefutables evidencias gráficas al destaparse la caja de los truenos de vídeos oprobiosos, puestos en manos diestras y deslizados bajo una cómplice sonrisa de hiena. No hay juicio más sumarísimo: con la condena por delante y sin precisar de trámites leguleyos. La felicidad, en suma, de la Reina de Corazones que, enfrentada a Alicia, resuelve: “¡Primero la sentencia, después el veredicto”.

Aquel gran observador de la Italia meridional -tan influida por la cultura española desde el Gran Capitán en adelante-, y también de España, que fue precisamente Sciascia sentenció en su lecho de muerte, en un hospital de Milán: “Vivimos rodeados de porquería y lo que vemos habitualmente no nos lleva a ninguna salida posible del pesimismo porque todos somos culpables, aunque el poder sea el culpable principal”.

Su diagnóstico es pertinente para esta España, donde la crisis del Estado de derecho favorece su suplantación por clanes y mafias. Retrotrayéndose a los últimos días del tardofelipismo, con su olor a ciénaga y detritus, vuelve el vídeo como letal arma de destrucción del adversario. Este estado de putrefacción desprende un difuso aire irrespirable que hace que nadie se sienta enteramente libre e incluso se mire al espejo tratando de identificar a su enemigo, como en La vida de los otros, mientras repasa sudorosamente un pretérito inevitablemente imperfecto. Ese tóxico gas contaminante lleva a imprecar, en el mismo tono provocador que lo hizo nuestro inolvidable Umbral con respecto a la literatura, que “contra Franco, nos sentíamos más libres”.

Es tan desasosegante lo que hay detrás de la caída de Cifuentes que mueve, más allá de las circunstancias episódicas de la misma, a reparar en esta cloaca máxima en la que se desenvuelve la vida pública y en la que reconocidos cocodrilos se enseñorean de ella con prominentes fauces y con sensación de impunidad. En momentos de vértigo como el presente, tal vez convenga traer a colación las palabras marmóreas de un gran prócer patrio como Emilio Castelar: “El menosprecio a las leyes, que nos conduce a una decadencia sin remedio, es el más terrible y el más incurable de todos nuestros defectos”. Y remacha a continuación: “Fuera de la ley, nos enseña la historia, sólo hay arbitrariedad, imposición, inseguridad y, en último extremo, la negación misma de la libertad”.

La Comunidad de Madrid ha vivido esta tragedia en dos actos. Primero fue el dossier sobre la concesión en 2011 de un masterchef tan indecoroso como inane a sus efectos de funcionaria de carrera. Por no pedir perdón al momento, en vez de dejarse atrapar por sus propias mentiras y las de los expendedores de grados universitarios a granel, quedó herida de muerte. No le valió para nada tratar de poner buena cara y disimular con el método de autosugestión del doctor Coué. Éste hacía creer que se podía sanar a base de salmodiar: “Hoy me siento mejor, me encuentro mucho mejor…”. Pero ni curó al amigo Manolo, protagonista de uno de los grandes artículos del maestro Camba, ni a la amiga Cristina. Los aplausos que recibió en la convención de Sevilla se han vuelto empujones con el fin de que se largue cuanto antes y cuanto más lejos, mejor. Nada nuevo bajo el sol.

La recuperación de un humillante vídeo guardado desde aquel mismo 2011 -que legalmente debió haberse destruido-, tras ser descubierta hurtando dos botes de crema, le ha supuesto la puntilla y le ha hundido irremisiblemente. Aunque ambos episodios puedan parecer un accidente, es evidente que no hay casualidades, sino causalidades. ¡Qué razón tenía Borges cuando anotó que “las únicas cosas ciertas eran las coincidencias”!

En un momento aciago en el que la política se despeña escaleras abajo y se distancia de la dignidad exigible, se ejecuta esta operación maquiavélica contra quien se empeñó en destapar la fosa séptica del Canal de Isabel II y que tiene imputados a dos presidentes de la Comunidad: Alberto Ruiz-Gallardón e Ignacio González. Cifuentes se cebó y no advirtió suficientemente que se podía caer con todo el equipo, como a la postre así ha sido.

Tratando de marcar distancias con un escándalo que conmueve los cimientos del PP madrileño, el primero en importancia de toda España, Cifuentes quiso hacer justicia para no perecer ella y el PP. Y ha acabado feneciendo ella y, probablemente, también un desangrado PP, cuyo ocaso es perceptible como anticipo de un presumible cambio de ciclo.

La ex presidenta actuó como si conociera la sentencia que Hegel retrucó -“Fiat Iustitia ne pereat mundus“, es decir, “hágase Justicia para que no perezca el mundo”- del emperador Fernando I de Hungría: “Fiat Iustitia pereat mundus” (“Hágase Justicia, aunque perezca el mundo”).

Si Cifuentes hubiera participado del pacto de silencio, verdadera omertá, sobre el Canal de Isabel II, lo del máster habría quedado reducido a su mínima expresión, sin pirotecnia televisiva alguna, y lo de su hurto todo lo más animaría alguna comidilla de la Villa y Corte, sin mayores consecuencias. Eso sí, habría quedado enganchada de por vida a ese anzuelo y su cabeza bajo una espada de Damocles a merced de los chantajistas.

Es inapelable, desde luego, que Cifuentes ha caído víctima de sus errores y precipitaciones. “Nadie sabe dónde puede terminar el desvío que de la verdad nos aleja”, anotó el saber enciclopédico de Samuel Johnson. Pero, sentada esta premisa, ello no empece ignorar lo que hay detrás de esta farsa. Es más, por salud democrática, debiera preocupar más que la suerte de los títeres, la identidad mefistofélica de quienes mueven sus hilos, las fuerzas tenebrosas que los envuelven.

Una vez que el Canal de las desdichas se ha tragado a Cifuentes y, con ella, al PP, ello ha librado a Ciudadanos del dilema de tener que franquearle la puerta a un Gobierno de izquierdas si la presidenta no tomaba las de Villadiego como fruta madura de un árbol podrido. Rajoy, por su parte, se abisma a un año parangonable al último de Felipe González. Justo aquél en el que Pujol le otorgó la gracia de aprobarle los Presupuestos bajo el compromiso escrito de que convocaría elecciones anticipadas para finiquitar aquel ambiente cenagoso de corrupciones, de grabaciones aleatorias por arte de los servicios secretos del Estado a sus más altas magistraturas, de intervenciones telefónicas entre compañeros de partido y vídeos de brutal abyección.

Sin embargo, conociendo la flema del presidente del Gobierno y confortado por el viático presupuestario del PNV, se dirá para sí, emulando al personaje de Camba: “Todas las mañanas, a primera hora, me llevan el periódico a la cama. Yo lo cojo, lo ojeo, veo las esquelas de defunción, y sólo me decido a levantarme cuando me convenzo de que no hay ninguna a mi nombre…”.

Francisco Rosell, director de El Mundo.

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