Cimitarra ‘versus’ misil

Por Abel Posse, novelista y embajador argentino en España ante la UNESCO (EL MUNDO, 14/09/06):

Lo que Israel desarrolló como una represalia contra actos terroristas, planificando una acción de una o dos semanas, terminó en un hecho nuevo en todo el horizonte bélico del Cercano y Medio Oriente: el fortalecimiento del poder combativo del mundo árabe e islamista a partir del inesperado desempeño de la fuerza militar de Hizbulá. Seguramente hubo un error de concepción de Israel en esta guerra. Tal vez un error de arrogancia y de omnipotencia incubada en un historial de batallas vencidas ya desde 1948. Hasta ahora se hablaba de lucha antiterrorista. Estados Unidos impuso el concepto, pero las formas terroristas son sólo una parte del poderío islámico.

Tanto en Afganistán, en Irak, como en Palestina y Líbano hay un elemento militar que fue tal vez subestimado por los estrategas occidentales: se trata del factor religioso como forma de poder militar y político. Ese factor está en el origen del poderío de la misma cristiandad desde el tiempo de las Cruzadas, la Reconquista de España y la misma Conquista de América. El poder religioso, la extraordinaria determinación del que combate desde un absoluto que lo lleva a considerar la muerte como puerta de salvación de su pueblo y de sí mismo, es un arma decisiva. Hoy estamos ante la confrontación del soldado laico, apenas o casi nada motivado para el heroísmo y el sacrificio, con el guerrero sagrado, preparado espiritualmente para el martirio. Cuando se habla de suicidio es erróneo. Para el kamikaze se trata del sacrificio vital y salvador. Es vida, en la dimensión teológica de su fe.

No se puede interpretar lo que está ocurriendo desde conceptos y subestimaciones que finalmente culminan en errores estratégicos. La guerra técnica, donde cuenta más la tecnología de demolición que el combatiente de infantería, está actualmente desafiada por lo ocurrido tanto en Afganistán e Irak, como hoy en Líbano. Parecería un homérico enfrentamiento entre técnica y obstinación y convicción espiritual. La cimitarra versus el misil.

Lo cierto es que parece inimaginable que cualquier ejército occidental pueda reclutar suicidas sagrados como los que prepara el islam para demoler las torres de New York y para tantos otros brutales atentados.

Volviendo a un tema antes sugerido, Occidente se olvida de cómo construyó su poderío a partir de las ruinas del Imperio Romano: se trató de una fervorosa religiosidad cristiana que maduró culturalmente en los conventos de la alta Edad Media y que se plasmaría en poder militar en la Reconquista de España en 1492, en las Cruzadas, en el Renacimiento y en la Conquista de América. Los hombres de Cortés estaban más cerca de ese absoluto sagrado del islamismo actual, que de la frivolidad del servicio militar, donde ni siquiera está sobreviviendo la noción de patria. La ideología de la revolución es el último dios occidental muerto. Al transformarse la idea revolucionaria en protoforma de fe (como lo describió Berdiaev), la revolución fue vivida religiosamente. Pero a partir de la fracasada Revolución Cultural china, luego de la implosión de la URSS, de la melancolía cubana o del fin del héroe sin pueblo de Guevara, ya la revolución es otro dios occidental fenecido.

Un memorable estratega de Occidente, Winston Churchill, proclamó un axioma vencedor: «En la guerra, determinación». Hoy esa determinación, por la razón y sinrazón de lo religioso, está ausente de los ejércitos occidentales.

Quienes nos hemos desempeñado o vivido en Israel sabemos que es el único país occidental que puede oponer una fuerza espiritual capaz de mover sus ejércitos hacia el triunfo, como ocurrió en 1967 cuando en pocos días venció a tres países limítrofes.

¿O acaso Israel perdió aquella fuerza avasalladora y ya es víctima de la decadencia espiritual de una subcultura de hedonismo y de materialismo mercantil, ese Occidente que niega su metafísica fundacional?

Me acuerdo del cine de la calle Hayarkon, en Tel Aviv, y de las tres chicas de uniforme que se sentaron y pusieron sus metralletas colgadas de las butacas de delante. Era 1986, en tiempos de la primera Intifada o rebelión palestina. Una de las chicas era argentina de origen y estaba determinada totalmente a combatir en la dimensión sagrada de Israel, como no lo hubiese hecho seguramente por nuestra Argentina, donde estamos anulando todo sentido de lo heroico.

Más allá de la tragedia del Líbano y de Irak, se abre una profunda reflexión sobre nuestra crisis metafísica y en el orden de las valores. Occidente se entera de la materia en los libros escolares, como de un recuerdo perimido. El islam vive hoy sus guerras con la convicción de aquel Ricardo Corazón de León capaz de cabalgar meses por los desiertos más áridos para liberar el Santo Sepulcro de su fe.

Tanto los grandes pueblos de Asia, esas importantes potencias que hoy se afirman en todos los campos, como ese islam mismo que rechaza casi con horror los niveles de degradación del mundo moderno y occidental, son una realidad que obligaría a un dramático y urgente rearme moral.

Hay un rechazo de la cultura occidental que adquiere cada vez más fuerza. La admirable sociedad tecnológica produce un hombre dependiente del consumismo y del exitismo. Se rechazan la intoxicación de falsa libertad, de la que hoy son víctimas primordiales los jóvenes, asediados por la droga, el ensordecimiento roquero, la banalización sexual, la ruptura generacional y el rechazo de los valores de sus padres y de su tradición. Toda una subcultura en expansión que oculta el nihilismo, la autodestrucción. Estamos llegando al peligroso extremo de una oposición o confrontación mundial entre fe y laicismo, y cuesta entender a este Occidente que mata sus propios dioses fundadores en nombre de un cada vez más difícil y excluyente consumismo del placer.

El tipo de vida, o de imagen de vida, que hasta hace dos décadas era motivo de admiración y de imitación, hoy ya sólo atrae a pocos sectores. La sociedad tecnológica triunfante termina produciendo un orteguiano hombre masa, que más bien parece un residuo de la máquina productiva que creó y que le sojuzga.

Sería inútil seguir hablando de odio antioccidental, de integrismo o de fanatismo religioso. Hay que contemplar la esencia filosófica y teológica del rechazo de una mala calidad de vida conocida por todos los analistas de Occidente, pero tratada con un conformismo inoperante: todos los esfuerzos son económicos y políticos, sin comprenderse que el cáncer es espiritual (palabra ésta fuera de moda, casi políticamente incorrecta).

Hoy estamos ante el peligro de una nueva omnipotencia surgida de un triunfo militar parcial. Pero en realidad, corresponde reconocer que el islam está más situado en su fe. Es capaz de transformar sus guerreros en místicos y sus místicos en guerreros.