Cinco años después

Por Antoni Segura, Catedrático de Historia de la UB (EL PERIÓDICO, 11/09/06):

Tras los atentados del 11-S de 2001, el presidente George Bush pronosticó una guerra larga y dura contra el terrorismo internacional. Cinco años después hay que preguntarse si las medidas adoptadas han sido eficaces y si el mundo es más seguro y más libre ahora que entonces.
En estos cinco años, se ha invadido Afganistán e Irak, y hace solo unas semanas Israel destruía el Líbano y Gaza. Todo ello en nombre de la lucha contra el terrorismo internacional. Pero en Afganistán, los talibanes controlan parte de la zona tribal del Este del país y Bin Laden mantiene sus campamentos a resguardo en esta misma región y en Paquistán. Paralelamente, Al Qaeda protagoniza los atentados más sangrientos de Irak y ataca mezquitas shiís en Pakistán. Otros grupos afines, franquicias del icono principal, amenazan a Somalia, tienen una creciente presencia en otros países africanos y han protagonizado violentos atentados en Madrid (11-M del 2004) y Londres (7-J del 2005) y en distintos países árabes y musulmanes, que es donde han causado más muertos. Es la yihad, pero también la fitna, la lucha por el poder en el islam.
En el Líbano y Palestina, pese a la insistencia por asimilar la situación al terrorismo internacional, el conflicto es contra la ocupación. Hamás y Hizbulá utilizan los atentados y el lanzamiento de katiuscas. Tel Aviv lleva a cabo asesinatos extrajudiciales, destruye viviendas e infraestructuras. Son, sin duda, comportamientos moralmente y éticamente rechazables, pero estaría bien no confundir un conflicto de soberanía territorial con lo que significa Al Qaeda. En realidad, es tan improbable que un grupo shií como Hizbulá –o Irán– tenga relaciones con Al Qaeda como lo era que las tuviera con Sadam Husein en el 2003. Está claro que la solución de los conflictos del Próximo Oriente no terminará con el fanatismo de los yihadistas, pero les va a quitar argumentos de legitimización y nuevos simpatizantes.
En definitiva, el mundo no es más seguro ahora que hace cinco años. Todo lo contrario, Al Qaeda es más fuerte que nunca. Las células durmientes se extienden por Europa –o esto dan a entender los servicios de información, especialmente británicos– y en los países musulmanes crece el sentimiento antioccidental a medida que se invaden y destruyen nuevos países y se masacra a la población civil.

TAMPOCO EL mundo es más libre. De hecho, el retroceso en derechos básicos y libertades se ha puesto de manifiesto en muchos países occidentales. El precedente, aun vigente, fue la llamada Patriot Act aprobada en EEUU poco después del 11-S, que reducía a la nada las garantías jurídicas y la presunción de inocencia. En otros países –y de nuevo y de un modo especial en el Reino Unido, donde un sospechoso de terrorismo puede estar detenido 28 días, plazo que algunos creen todavía insuficiente– la evolución ha sido similar. Las amenazas de nuevos atentados han hecho extremar las medidas de seguridad –Heathrow se ha convertido en una obsesión para los servicios de seguridad británicos–, lo que, en cierto modo, es una victoria de los terroristas, porque con ello se reduce la libertad de movimientos y no necesariamente se garantiza la seguridad
Tampoco se entiende que en unas pocas semanas, y ante la pasividad de la comunidad internacional, se destruya un país que había iniciado el proceso de evolución democrática más serio del Próximo Oriente. ¿O es precisamente el contraste con el fiasco de Irak o con la creciente militarización de Israel lo que molestaba?

EN CONCLUSIÓN, el mundo es menos seguro y menos libre que en el 2001 y las políticas para combatir el terrorismo internacional han resultado ineficaces. En unos casos, porque la situación no guarda relación con el terrorismo internacional y, como indica Rupert Smith (The Utility of Force, 2006), jefe de la División de Carros británica en la guerra del Golfo del 1991, el uso de “la fuerza militar puede no ser efectiva” y, en cambio, serían necesarias medidas políticas para impulsar la paz o encarar una crisis como la de Irán. En los casos que sí están relacionados con el terrorismo internacional, hay que revisar las alianzas con determinadas dictaduras –aunque naden en petróleo– y adoptar las medidas necesarias para combatir la radicalización yihadista.
Las medidas militares sólo sirven para los conflictos convencionales pero este no es el caso. En realidad, a la vista de los resultados de cinco años después del 11-S, parecen haber sido contraproducentes y fuente de alimentación en la preparación militar de nuevos yihadistas proporcionándoles nuevos escenarios de combate. Así pues, el reto es claro: profundizar en los valores democráticos para forjar un mundo más seguro, más libre, más justo y más respetuoso con el derecho internacional. Sólo así se podrá ganar efectividad en la lucha contra el fanatismo del nuevo terrorismo internacional y revitalizar los valores democráticos como referente de la lucha por las libertades.