Cinco pasos adelante en 2011

Lo peor de la crisis financiera y económica parece haber terminado. Los mercados de activos tuvieron un desempeño razonablemente bueno en 2010. En los Estados Unidos y algunas partes de Europa el crecimiento reinició. El desapalancamiento del sector privado continuó, pero tuvo como contrapeso niveles crecientes de deuda y déficits en el sector público. Además, el crecimiento de los mercados emergentes regresó a los niveles previos a la crisis y parece ser sostenible, apoyado por políticas heterodoxas diseñadas para “esterilizar” las entradas masivas de capital.

Sin embargo, el crecimiento alto sostenido en los mercados emergentes depende de evitar una segunda gran desaceleración en las economías avanzadas, que siguen absorbiendo una parte significativa (aunque en declive) de sus exportaciones. El crecimiento lento es manejable, pero el crecimiento negativo no lo es.

Por consiguiente, para las economías emergentes el riesgo de que empeore la situación de las economías avanzadas y los efectos de cascada de sus políticas de recuperación son temas principales de inquietud. En varios países desarrollados, incluidos los Estados Unidos, las perspectivas de crecimiento y empleo empiezan a divergir ampliamente poniendo en riesgo la cohesión social y la apertura económica.

La situación es en gran parte el resultado de la predecible dinámica posterior a la crisis económica debido a que las empresas y los hogares en los países avanzados reparar sus hojas de balance. Sin embargo, también reflejan decisiones de política no cooperativa. En efecto, los intentos para coordinar la política económica en todo el G-20, que representa el 85% del PIB global, se quedó muy por debajo de lo que se esperaba en 2010.

Entonces,  ¿cómo sería un conjunto coordinado de políticas económicas globales?

Primero, incluiría planes convincentes en Europa y en los Estados Unidos para restablecer el equilibrio fiscal. En Europa, ello significa ponerse de acuerdo para el reparto de cargas con el fin de recapitalizar los países cuyos déficits y deuda han interrumpido el acceso a los mercados o han conducido a que los costos de crédito sean prohibitivamente elevados. La reestructuración daña al euro, y la consolidación fiscal en los países en dificultades si bien es necesaria, probablemente no es suficiente. Como resultado, los países más fuertes de Europa, en particular Alemania, cargan con el pasivo restante. Parece inevitable una mayor centralización fiscal y unificación política, pero puede llevar tiempo llegar a esa meta.

En los Estados Unidos el desafío principal es restablecer el equilibrio fiscal sin dañar la recuperación y crecimiento futuros. Corregir el desequilibrio es complicado debido a que la derecha teme que la izquierda utilice el estímulo fiscal para hacer un gobierno permanentemente más grande, un camino que la derecha (y aparentemente el público en general) no está dispuesta a seguir.

El segundo tema de la agenda es abandonar la facilitación cuantitativa en los Estados Unidos, que está sometiendo a las economías emergentes a una avalancha de capitales, precios crecientes de los productos básicos, inflación y burbujas de activos. La intervención puede ser necesaria en sectores frágiles de la economía estadounidense, como la vivienda, donde el desempeño inconstante podría producir otra crisis. Sin embargo, dicha intervención puede y debe ser mucho más precisa que la segunda ronda de facilitación cuantitativa (QE2 por sus siglas en inglés). La renuencia de los Estados Unidos para abordar áreas de bajo desempeño o frágiles crea externamente la impresión de que el verdadero objetivo de la QE2 es debilitar el dólar.

Más allá de eso, no es claro cómo la QE2 producirá un elevado crecimiento. Sus partidarios sostienen que es el principal mecanismo de política que queda, y que funcionará aumentando el crédito o disminuyendo la tasa de descuento, lo que incrementará los precios de los activos y por ende el consumo mediante los efectos sobre las hojas de balance. Sin embargo, ¿realmente queremos ver a los Estados Unidos totalmente endeudados otra vez? Probablemente no.

En lo que se refiere a las hojas de balance, aunque una disminución temporal de las tasas de interés de largo plazo empujara a la alza el valor de los activos, es improbable que las familias con una carga de deuda y con perspectivas inciertas de empleo se apresuren a consumir. Después de todo, el efecto riqueza funciona solamente cuando las personas piensan que ésta es permanente.

Tercero, las economías avanzadas y emergentes que tienen superávits crónicos deben deshacerse de ellos. Las políticas que eran necesarias para tal fin varían de país en país y requieren de cambios estructurales.

En lo que se refiere a China, una parte esencial de su doceavo plan quinquenal para orientar el ingreso a los hogares, donde la tasa de ahorros es alta, pero todavía inferior a la tasa corporativa. La economía entonces puede utilizar los ahorros de los hogares (con una intermediación financiera adecuada) para financiar la inversión gubernamental y corporativa, en lugar del gobierno de los Estados Unidos. Ese cambio estructural, en combinación con el fortalecimiento efectivo del tipo de cambio real del renminbi respecto del dólar, debido a la inflación y a salarios que aumentan rápidamente en los sectores de la exportación,  ofrece la esperanza de que el superávit de China caerá.

El cuarto tema tiene que ver con el hecho de que la economía global estará en desequilibrio mientras que los Estados Unidos tengan déficits amplios en la cuenta corriente. Dado el reajuste posterior a la crisis del consumo y el ahorro internos, la demanda agregada de los Estados Unidos seguirá deprimida. A largo plazo, una mayor demanda externa y un aumento del potencial de exportación tendrán que cubrir el faltante.

El sector comercializable de los Estados Unidos está creciendo. Sus principales subsectores –los servicios con un alto valor agregado (por persona empleada)- son altamente competitivos y están en crecimiento. Sin embargo, no son suficientes para cubrir el faltante. Las importaciones podrían caer, como lo hicieron durante la crisis, pero eso fue debido a que la demanda disminuyó, no por un cambio de la demanda a favor de los productores nacionales.

El sector comercializable representa solamente el 30% de la economía estadounidense (por valor agregado), y el crecimiento del empleo en ese sector es insignificante. Si el crecimiento del empleo en el sector no comercializable –dominado por el gobierno y el servicio de salud- se tambalea, el sector comercializable tendrá que compensar. El problema es que no puede, incluso con una moneda que se deprecia. Para que las exportaciones aumenten sustancialmente, el alcance del sector comercializable debe ampliarse.

Quinto y último, la mayor parte de los tenedores de reservas deben ponerse de acuerdo para movilizarlas con el objetivo de mantener la estabilidad financiera y prevenir movimientos excesivamente volátiles del tipo de cambio y de los capitales. Ante los brotes periódicos de contagio en la eurozona y la incertidumbre residual sobre el compromiso de los Estados Unidos con un dólar fuerte y la disciplina fiscal, los principales tenedores de reservas en Asia y en el Golfo necesitan convertirse en un contrapeso estabilizador.

No es fácil ninguna de estas medidas. Llevarán tiempo. Sin embargo, en conjunto, ayudarían a reducir la incertidumbre y restablecer el patrón de estabilidad y de crecimiento incluyente de la economía global, impulsando así su apertura continua. Al evitar un segundo o tercer mejor resultado y errores de política, la coordinación internacional de la política económica, aunque difícil, tiene un papel esencial que desempeñar.

Michael Spence, profesor de Economía de la Stern School of Business de la Universidad de Nueva York e investigador de la Hoover Institution de la Universidad de  Stanford.

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