Cipollino va ganando en la ruleta rusa

Entre los libros recomendados por The New York Review of Books para entender los últimos acontecimientos en Europa destaca uno de recentísima publicación –el copyright es ya de 2018- titulado Russia and the Western Far Right. Su autor es Anton Shekhovtsov, investigador en el Instituto de Ciencias Humanas de Austria. La portada muestra a Putin con Marine Le Pen, una imagen acorde con la tesis de que la “cleptocracia autoritaria” del Kremlin ha encontrado en la extrema derecha europea su mejor aliada para tratar de imponer un “nuevo acuerdo de Yalta”, basado en el reparto de las áreas de influencia dentro de una “comunidad económica armoniosa que se extienda de Lisboa a Vladivostok”.

De forma minuciosa y documentada, la obra describe la “ingeniería inversa” con que la Rusia de Putin viene respondiendo a la pretensión occidental de extender el liberalismo y los derechos humanos a su patio trasero, desencadenando crisis como las de Georgia y otros enclaves del Cáucaso o Ucrania. El inspirador de esa respuesta es el politólogo Alexandr Dugin, cabeza visible del “neuroasianismo” y caracterizado a menudo como “el Rasputin de Putin”. Uno de sus más fieles discípulos, Alexandr Bovdunov, ha dejado bien claro su proyecto en su revista de cabecera Eurasia:

“Partiendo de la base de que entre Rusia y Occidente hay un conflicto de civilizaciones, nuestro propósito debe ser destruir la civilización occidental. Por lo tanto, utilizando las redes existentes, debemos dar prioridad a las que van dirigidas a la destrucción de la identidad de la civilización europea moderna”.

“Los grupos que pueden contribuir a ello incluyen sectas totalitarias, movimientos separatistas –atención a esto- , racistas, neonazis, antiglobalización o ecologistas radicales. Exactamente así es como actúa Occidente, utilizando a organizaciones no gubernamentales pro derechos humanos, cuya ideología es perniciosa y destructiva para la civilización rusa”.

Una elemental búsqueda en internet, al alcance de cualquiera, permite comprobar que Dugin ha visitado reiteradamente España y que el tal Bovdunov colabora en medios digitales minoritarios que, dentro de una panoplia de asuntos internacionales, enfocados siempre en sintonía con el Kremlin, incluyen artículos favorables a la independencia catalana. En ellos no faltan ni las diatribas contra quienes se hacen eco de estas conexiones ni, desde luego, las burlas a la ministra Cospedal tras picar el anzuelo del humorista de Sputnik que se hizo pasar por su homólogo letón.

Fue en esa hilarante conversación cuando el falso ministro de Defensa báltico desveló que Puigdemont era un agente ruso identificado como ‘Cipollino’. Ya se sabe que no hay mejor disfraz de algo que se pretende ocultar como su propia exageración caricaturesca. Qué mejor salida por la tangente para un delincuente cínico o un político corrupto que alegar que pronto habrá quien le atribuya “la muerte de Manolete”. De hecho otro miembro del Gobierno me contaba el otro día que ha escuchado a algunos colegas bálticos, de viva voz y muy en serio, cosas similares a las que le dijeron por teléfono y en broma a Cospedal.

Naturalmente, no quiero decir con esto que Puigdemont sea en realidad un espía ruso. Pero sí que el chiste de ‘Cipollino’ -aquel entrañable personaje de los cómics italianos del siglo pasado- sirvió como cortafuegos para contribuir a soslayar toda una cadena de indicios que sugieren que el procés catalán ha sido uno de esos “movimientos separatistas” alentados por Moscú para desestabilizar a la Unión Europea.

Decir esto no implica negar las raíces autóctonas del problema, sino repasar, ya que va de cuentos infantiles, las “piedras de Pulgarcito” que forman el rastro de su estímulo exterior. Es el caso de la implicación en la causa separatista del notorio protegido del Kremlin Julian Assange; de la reciente visita a Barcelona del “ministro de Exteriores” del Gobierno títere de Osetia del Sur, para hacer un paralelismo entre las dos “repúblicas oprimidas” por España y Georgia; del encuentro televisivo entre Puigdemont y el independentista escocés Alex Salmond, auspiciado por la cadena RussiaToday; de la presencia del ultra Zhirinovsky –siempre útil a Putin- en la protesta ante el consulado de Moscú o, por supuesto de la denuncia del Gobierno de que el 55% de las noticias falsas sobre el 1-O fueron diseminadas “desde Rusia”.

La incapacidad de hilvanar todos estos hechos en un relato coherente es una prueba más tanto de la atrofia política de Rajoy y su partido como del fracaso del CNI en sus tareas de contrainteligencia en relación a la crisis catalana. Me parece bien que Cospedal plantee el debate sobre la desinformación, a través de una comisión en el Congreso, pero hay que pasar de las musas al teatro. De nada sirve decir que hemos sido atacados desde territorio ruso si no se añade por quién, por qué y para qué; y se actúa en consecuencia.

¿Para qué pagamos a nuestros espías, además de para tener controlada a Corinna? Los hombres de Sanz Roldán no detectaron todas estas injerencias a tiempo, pero tampoco encontraron las urnas, advirtieron del doble juego de los Mossos, o previeron la fuga de Puigdemont. Nadie puede creer a estas alturas que su salida de España, mientras se le esperaba en el palco del Girona-Real Madrid, fuera un episodio casual o improvisado, una especie de ocurrencia de última hora. O que la red de complicidades que le arropa en Bélgica haya brotado de la nada.

Esta semana ha asistido a una representación sobre el Duque de Alba –inspirador como todo el mundo sabe de los métodos represivos de José Antonio Zoído- en la ópera de Gante. Precisamente, en esta ciudad flamenca que tanto le arrulla, fijó su corte Luis XVIII durante el breve exilio de los cien días que mediaron entre el retorno de Napoleón de la isla de Elba y su derrota en Waterloo. No creo que Puigdemont coma tantas ostras como hacia el gotoso y gordinflón monarca francés para matar el rato -la propia noche de su llegada se zampó cien-, pero aspira a ser repuesto de igual modo en el trono de la Generalitat y al cabo de un interregno de similar duración. O sea que cuenta con que el 21-D sea el Waterloo de Rajoy y su ejército del 155.

Lo inaudito es que, a juzgar por encuestas como la que hoy empieza a publicar EL ESPAÑOL, tiene crecientes posibilidades de que esta saga/fuga con visos de charlotada le lleve de nuevo a la plaza de Sant Jaume. De momento, su recién constituida Junts per Catalunya es la fuerza que más sube en la precampaña, gracias a un sencillo planteamiento: mientras Junqueras y los demás pasan por el aro del acatamiento de la legalidad “española” para intentar salir de la cárcel, Puigdemont resiste en el exilio como depositario de la legitimidad “catalana”. El acto de cobardía que supuso su huida, se transforma así en una encomiable prueba de astucia al servicio de la causa.

Podría alegarse que si la sociedad catalana -con la que está cayendo sobre su economía- prima en las urnas un dislate de este calibre, merecerá los peores males. Pero también hay que notar que la estupidez con que el Gobierno está aplicando el 155 trabaja todos los días a favor de Puigdemont. En primer lugar porque su trama de apoyos se mantiene intacta: TV3 sigue amplificando cada una de sus intervenciones y tanto los medios privados -perdón, concertados- como los propios funcionarios actúan pensando en que sus subvenciones y empleos dependen del rápido regreso de los destituidos. Y en segundo lugar porque la prelación de esta atolondrada convocatoria electoral sobre la acción de la Justicia trivializa los flagrantes delitos en los que incurrieron todos los detenidos y huidos al proclamar unilateralmente la independencia.

La obsesión del ejecutivo, tal y como la expresó Méndez de Vigo desde el primer momento, no es impulsar el rápido castigo de los golpistas sino darles una nueva oportunidad en las urnas. Ciudadanos y sobre todo el PSOE, cegados por sus presuntas opciones electorales en Cataluña, son esta vez corresponsables del error. Ojalá les salgan al menos las cuentas, pero si el 21-D resulta que su crecimiento se produce básicamente a costa del PP y el separatismo sigue ganando en escaños o, a lo sumo, necesita del concurso de Colau y Pablo Iglesias para regresar al poder, los partidos constitucionales habrán hecho un pan como unas tortas.

Si el mero hecho de ser candidatos ya ha servido de argumento para pedir la excarcelación de los cabecillas del 1-O, y el juez Llarena lo compra este lunes, como indican sus antecedentes, a ver quién impulsa su reingreso en prisión cuando sean otra vez cargos electos, por mucha apología del golpismo que hagan. Y si Puigdemont, Junqueras y los demás recuperan el Govern, respaldados por las urnas y, en lugar de volver a tirar de inmediato por la calle de en medio, reanudan el secuestro de la sociedad catalana y su adoctrinamiento en el odio a España con medios públicos, hasta hacer inevitable la destrucción del Estado a medio plazo, a ver cómo se les juzga, condena, encarcela e inhabilita por los nuevos “hechos de octubre”. Seguro que no faltarán quienes aleguen que los problemas políticos no pueden solucionarse con el Código Penal en la mano.

No hay que descartar el milagro de un vuelco electoral, fruto de un súbito ataque de sensatez o miedo de los catalanes, y seré el primero en celebrarlo si se produce. Pero ¿qué necesidad había de jugarnos el Estado constitucional a la ruleta rusa -ni siquiera hace falta el “nunca mejor dicho”- de unas elecciones exprés cuando hasta el PSOE había asumido que pudieran retrasarse entre seis meses y un año?

De eso es de lo que tendrá que responder Rajoy, con el contenido del “segundo sobre” desparramado ya sobre la mesa, si el único efecto de su 155 es que los separatistas vuelvan con más cautelas al poder. Porque la trascendental declaración de Puigdemont a la televisión pública israelí, arremetiendo contra la UE -tan en línea con el planteamiento del Kremlin- como un “club de países decadentes y obsolescentes ligados a oscuros intereses económicos”, es la prueba de que Aznar tiene razón cuando dice que si el 21-D vuelven a ganar los mismos “estaríamos peor que antes de aplicar el 155”. Porque habríamos despilfarrado nuestra mejor baza, las cartas habrían quedado boca arriba y el tumor nacionalista en nuestro flanco mediterráneo no sólo amenazaría así a la España constitucional sino al propio proceso de construcción europea. Y encima con el aval de unas elecciones convocadas y controladas desde Madrid. Moscú se frotaría las manos.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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