Cisma en Canterbury

Por Ian Gibson, historiador y escritor (EL PERIÓDICO, 07/07/08):

Los puritanos ingleses del siglo XIX, que pululaban por todas partes, lo tenían muy difícil con la segunda égloga de Virgilio. En los viejos y famosos colegios privados de la aristocracia y la alta burguesía, conocidos popularmente como Los ocho –Eton, Rugby, Winchester, etcétera–, y los centenares de establecimientos de la clase media que los imitaban, el estudio de los clásicos latinos y griegos era obligado. Y Virgilio, con Homero, era el más célebre de ellos. Sus otras églogas no ofrecían un problema demasiado grave para las remilgadas conciencias victorianas. En ellas, los amores se daban entre hombres y mujeres, como Dios mandaba. Eran convencionales, si bien, a veces, excesivos. No así los de la segunda égloga, con su verso inicial tan explícito: Formosum pastor Coridon ardebat Alexim.
No le costaba trabajo ni al alumno más torpe descifrar la escandalosa oración de cinco palabras. La m acusativa final de Formosum y Alexim vinculaba inexorablemente nombre propio y adjetivo (hermoso Álex) como objeto del verbo. Pastor Coridon quedaba como sujeto gramatical, no había más opción. ¿Y ardebat? ¡Ah, ardebat! Imposible esquivar el sentido del vocablo. Coridón ardía por el hermoso muchacho de marras, y punto. Los traductores de la época hicieron lo que pudieron por obviar lo obvio, pero de poco les sirvió. “Arder por” es “arder por”, el amor es fuego, quema, consume, y siempre será así hasta el final de los tiempos, pese a censores e inquisidores.
Los siguientes versos del poema, además, ratificaban la naturaleza de aquel fuego atormentador. El lector se entera de que la causa de Coridón es imposible porque el dueño (dominus) de Álex tiene reservado al efebo para su uso personal y exclusivo. Venga, pues, el solitario llanto del pastor entre las frondosidades del bosque más a mano. Un especialista victoriano en el lírico de Mantua comentó: “Nos gustaría poder creer que se trata de una historia puramente imaginativa, pero aun así descalifica gravemente a Virgilio”.
He aquí una buena muestra del talante de los descalificadores ho- mófobos ingleses. Se entiende el desprecio que suscitaban en el poeta Algernon Charles Swinburne –feroz enemigo del Dios judeocristiano– y, más tarde, en el pobre Oscar Wilde, a quien le hicieron pagar, y tanto, su fama y su apego al amor que no se atrevía a decir su nombre.

A LO LARGO de dos milenios, los sacerdotes de dicha deidad, protestantes o católicos, han sido enemigos acérrimos del sexo en general y, en particular, de la homosexualidad, “aquel pecado horrible que entre cristianos no se nombra”. Ya lo recordaba Gregorio Marañón en su importante libro Los estados intersexuales de la especie humana (1930): “Nada menos que el fuego de Dios fue la sanción impuesta a Sodoma y Gomorra. Y hasta bien entrada la edad moderna se seguía quemando vivos en todos los países a los reos de este llamado pecado nefando“.
Hoy mismo, pese a lo mucho que se ha avanzado en España, la homofobia persiste. Se nota, sobre todo, en el rechazo del Partido Popular a la nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía y a la utilización de la palabra matrimonio cuando de los enlaces gais se trata. Acabar con el dogma de que la homosexualidad va contra natura no es cuestión de días ni de años. Son muchos siglos de odio y de incomprensión.
Estas consideraciones son producto de las noticias recientemente aparecidas en la prensa sobre la crisis que amenaza hoy con dividir en dos la Iglesia anglicana. Tal comunión, capitaneada por el monarca británico de turno (¡al menos al papa de Roma lo eligen!), tiene en el mundo, como consecuencia del que fue inmenso imperio británico, 70 millones de adheridos, muchos de ellos en EEUU.
Los 38 primados anglicanos están escindidos entre progresistas y tradicionalistas, sobre todo en relación con el espinoso problema gay. Los progres abogan por permitir la ordenación de sacerdotes homosexuales –hoy prohibida– e incluso su matrimonio con otro hombre. Los tradicionalistas, con el Viejo Testamento en la mano, discrepan radicalmente, y el problema, o uno de ellos, es que los más vehementes, los norteamericanos, están recibiendo de fuentes neocon financiación abundante para su campa- ña contra los propuestos cambios.

EN MEDIO de las fuerzas contendientes se encuentra el moderado Rowan Williams, arzobispo de Canterbury y, como tal, líder espiritual de la comunión anglicana, que dentro de unos días abrirá el congreso de Lambeth, en Londres, acontecimiento celebrado cada 10 años y que reúne a unos 800 obispos del globo entero. Bueno, que solía reunir. Este año van a faltar 200, sobre todo africanos, que se niegan a acudir a orillas del Támesis porque consideran que el liderazgo de Williams es flojo y que, en relación con el tema gay, ha hecho demasiadas concesiones. Se va abriendo, pues, un cisma en el seno de la Iglesia anglicana, y todo debido a la homofobia, latente o consciente, que sigue haciendo la vida intolerable a millones de seres que, no por culpa suya, ni por ninguna enfermedad, arden por alguien del mismo sexo.