Ciudadano de Barcelona

En octubre de 1999, después de tres años de dar vueltas por Francia y Bélgica, llegué a instalarme en Barcelona. Traía, en mi furgoneta de alquiler, dos maletas de ropa y unas veinte cajas de vino en las cuales no había vino, sino los libros que se me habían ido acumulando desde mi salida de Colombia. Hubiera podido escoger cualquier ciudad del mundo, incluida la de mi nacimiento, pero escogí Barcelona con la convicción indemostrable de que allí podría montar toda una vida alrededor de lo único que me interesaba: leer libros y tratar de escribirlos. Barcelona era una ciudad abierta y diversa, cosmopolita sin ostentación y doméstica sin complejos, y la tensión de sus dos lenguas y sus dos culturas le daba a uno la rara sensación de verlo todo desde varios lugares al mismo tiempo.

Nunca le puse fecha de caducidad a mi estadía, pero tampoco llegué a imaginar que echaría raíces como lo hice, ni que serían necesarias razones de estricta fuerza mayor para que dejara la ciudad. Para cuando lo hice, después de trece años de vida grata, había tenido tiempo de escribir cuatro libros, ver a mis hijas gemelas crecer durante más de seis años, votar como ciudadano español y dejar una docena de amigos, o tal vez más, que me obligan a volver con frecuencia para pasar entre ellos varios meses. Y cuando eso sucede, la sensación de familiaridad es tan intensa que después de unos días me cuesta un cierto esfuerzo recordar que ya no estoy viviendo allí.

De manera que eran previsibles, aunque no por ello menos difíciles, el estupor y la melancolía con que he seguido la catástrofe social de las últimas semanas. Hablo de estupor porque no consigo entender que el relato del independentismo, que siempre me pareció más lleno de pasión que de verdades, haya calado entre tantos ciudadanos de buena fe: la Cataluña de la que puedo dar constancia, lejos de ser una sociedad oprimida en la cual faltan las libertades, ha tenido libertades tan amplias y suficientes que esos mismos independentistas han podido imponer su versión del mundo desde los medios y las escuelas, en su lengua y con los dineros de todos, sin que nada de eso les haya parecido contradictorio a quienes se decían viviendo en una colonia.

Y hablo de melancolía porque lo sucedido desde el plebiscito del 1 de octubre, venga lo que venga en el futuro inmediato, se haga efectiva o no la independencia y se quiebre o no la economía, ha dejado ya su legado de horror: una sociedad rota y descompuesta que tardará por lo menos una generación entera en sanar las heridas, y otra generación más en comprender cómo pudo suceder que buena parte de las heridas vinieran por fuego amigo.

Pues la Cataluña de hoy es una sociedad enfrentada, pero no sólo contra el fantasma que llaman España, sino consigo misma: una sociedad dividida que ha perdido el don maravilloso de la confianza en el otro; una sociedad crispada que ingenuamente les ha permitido a sus políticos hacer estallar su convivencia. Son ellos, los políticos, quienes se han empeñado en que los catalanes tuvieran un problema, y no hay bajeza retórica ni demagogia de manual que no hayan usado para conseguir su propósito. Quizá sea esto lo que más incomprensible me resulta: que esa Barcelona mía —que en los mejores momentos me parecía un modelo de armonía y en los peores, una de las formas menos imperfectas de la avenencia— haya permitido a una caterva de mendaces y oportunistas incendiar sus vidas cotidianas, envenenar sus relaciones de amistad y de familia y sembrar odios profundos que podrán salir a la superficie en cualquier momento. Porque este es el riesgo que late siempre en las sociedades que han cambiado la conversación por las banderas; y en estos días hay demasiadas banderas en las ventanas y en los balcones de Barcelona, demasiadas banderas que envuelven identidades demasiado frágiles, demasiadas banderas que son atajos intelectuales: el pretexto que nos dan los símbolos, siempre tan solícitos, para evitar la difícil tarea de pensar por nosotros mismos.

El resultado es que Barcelona vive hoy en una suerte de realidad alterna digna de estos tiempos tristes: los tiempos del Brexit, de Donald Trump y de la derrota de los acuerdos de paz en el plebiscito colombiano. El proceso catalán es la última instancia de esos populismos que se alimentan de la credulidad, la desinformación y la desidia, y sobre todo de una crisis de lenguaje. Desterrada la reflexión, muerta por asfixia toda forma de pensamiento crítico, el independentismo ha conseguido crear un nuevo diccionario en que las palabras libertad y democracia ya no significan lo que significaban antes de septiembre; tampoco las expresiones “métodos de tortura” o “presos políticos”, que tendrían más crédito en boca de la CUP o de Podemos si también las hubieran usado para condenar, cuando han podido, el infierno de las cárceles venezolanas; y tampoco la palabra mandato, que el Govern ha esgrimido como si la mayoría de los catalanes hubiera votado a favor de la independencia.

No fue así, claro: lo que ocurrió el 1-O, lejos de constituir un mandato de ningún tipo, fue la confirmación de una tautología: los que quieren la independencia, quieren la independencia. La mayoría de verdad, la mayoría matemática, no está con ellos; y sin embargo los independentistas han conseguido hablar de nosotros sin que esa mayoría se vea incluida. En esta pandemia de la sinrazón, incluso los pronombres han caído gravemente enfermos.

Escribo esto sin saber (no lo sabe nadie, y esa incertidumbre es aterradora) qué pasará en el mundo político tras los hechos del viernes. Pero en la ciudad de la gente, en esa Barcelona que alguna vez fue mía y lo sigue siendo de muchas formas, no parece que sea demasiado tarde para recobrar la sensatez. ¿Y qué cara tendría esa sensatez recuperada? Yo tengo para mí que pasaría inevitablemente por el acto de grandeza moral más raro que puede verse en una democracia: la defensa de los derechos de nuestros contradictores. A cada uno le vendrán a la mente oportunidades en que esto hubiera podido hacerse, pero lo cierto es que oportunidades no han faltado.

Y esto es importante, porque los políticos pasarán, aunque carguen toda su vida con la responsabilidad de lo que han hecho, pero los ciudadanos quedan: y tendrán que seguir compartiendo las calles, y tendrán que seguir mirándose a los ojos. Ojalá que lo puedan hacer sin odio, sin culpa, sin arrepentimiento, sin miedo.

Juan Gabriel Vásquez es escritor.

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