Ciudadano Leguina

Andábamos algunos la tarde melancólica del martes 6 de diciembre, Día de la Constitución, recordando, casi como una música lejana, que España se constituye en un Estado social y democrático de derecho que propugna como valores superiores la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político; cuando Joaquín Leguina recibía en su casa un burofax en el que se le comunicaba la suspensión de militancia en el PSOE.

Ciudadano LeguinaAcababa de perder España con Marruecos y había una sensación de extrañeza en el aire, de un sueño abolido que no se cree del todo y se ha truncado demasiado pronto: abruptamente, brutalmente, para estamparnos con la realidad. ¿Es nuestra convivencia un sueño abolido, más o menos como esta selección? Creo que no. Y algo han tenido que ver Joaquín Leguina y su generación en la viabilidad de ese sueño. Sin embargo, un día, el de la Constitución, que tendría que concebirse para el encuentro y la generosidad, era el momento escogido para comunicarle su expulsión del PSOE. En esa elección reverbera un sentido de la oportunidad que no parece deberse al azar, sino al ensañamiento, dentro de una estrategia totalmente consciente de su impacto simbólico: no sólo te echamos del PSOE, sino que lo hacemos el Día de la Constitución. Así, en la cita en la que celebramos, mejor o peor, con lluvia o sin ella, con las ausencias y los desplantes habituales, el texto que ha hecho posibles la convivencia y la reconciliación, el PSOE ha expulsado al único presidente socialista que ha tenido la Comunidad de Madrid. Y no un presidente más, sino uno que ha calado especialmente: en su mandato, entre 1983 y 1995, Joaquín Leguina llega a modernizar tanto Madrid que cuando The Refrescos estrena su canción Aquí no hay playa, incluye entre uno de sus versos: «¡Escucha, Leguina!». Porque en aquel PSOE joven y brillante de Felipe González y Alfonso Guerra al frente, y con Joaquín Leguina en el kilómetro cero, todo parecía posible para España. Hasta que Madrid tuviera playa.

La playa era podernos encontrar entre posiciones diferentes. No querer imponer nada a los otros, sino, en todo caso, persuadir. Algo muy parecido a las palabras atribuidas a Unamuno: «Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta en esta lucha, razón y derecho. Me parece inútil pediros que penséis en España». Ha habido algo de fuerza bruta en ese burofax, un fondo aleccionador de exceso bronco, en su envío la tarde del Día de la Constitución, cuando España se jugaba el pase a cuartos mientras Pedro Sánchez hablaba de la derogación del delito de sedición. Todo esto no es lo mismo, pero sí lo es, porque forma parte del mismo escenario: tanto las razones del burofax, como el anuncio para navegantes que supone la expulsión en sí.

¿Qué van a hacer ahora Javier Lambán y Emiliano García Page? Concentrarse en las próximas elecciones autonómicas y medir con cautela sus palabras, porque la amenaza está ahí. Todo comenzó dos días después del triunfo rotundo de Isabel Díaz Ayuso en las elecciones madrileñas del 4 de mayo de 2021. Fue entonces cuando se abrió el proceso disciplinario no sólo contra Joaquín Leguina, sino también a Nicolás Redondo Terreros, apenas dos días después de otro descalabro electoral, no sólo socialista, sino de la izquierda madrileña: Pablo Iglesias había acudido en su rescate para escapar más tarde. Ángel Gabilondo mostraba siempre su gesto y su palabra honorables, hasta que se veía obligado por las circunstancias a improvisar un discurso que no parecía el suyo. Días antes, en la Fundación Alma Tecnológica -dedicada a impulsar el acceso a la tecnología y los medios de comunicación a gentes con necesidades especiales o pocos recursos-, su presidente, Nicolás Redondo Terreros, y Joaquín Leguina, socialistas los dos, recibían a la candidata Isabel Díaz Ayuso y se fotografiaban con ella con naturalidad.

La foto tuvo su impacto -lo ha tenido hasta hoy-, y se ha citado mucho como una de las causas de la suspensión de militancia de Leguina. Habría que matizar que la Fundación Alma Tecnológica invitó a todos los candidatos y que sólo acudió Díaz Ayuso. Aunque, seguramente, todo eso nunca importó nada. Justo dos días después del fracaso electoral, se les abrió un expediente a los dos: pero, a pesar de ser Redondo Terreros el máximo responsable de la fundación, no ha sido el expulsado del PSOE. De hecho, en el pliego de cargos no se cita el encuentro, ni la fotografía, sino declaraciones de Leguina.

En esta evocación nostálgica de la Constitución sigo deteniéndome en su Título Preliminar y leo que la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado; que la forma política del Estado español es la monarquía parlamentaria o que la Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas. Si ha habido un movimiento en contra de la solidaridad territorial y de la igualdad entre los españoles -además de la indisoluble unidad del Estado- ha sido el independentismo, que hoy sustenta la estabilidad presupuestaria española. Repaso varias de las declaraciones últimas de Joaquín Leguina en prensa escrita y radio y compruebo, una vez más, que no suelen salirse de este marco. Quiero decir que aunque siempre hay palmeros entusiastas dispuestos a asegurar que Leguina debía haber salido antes del PSOE, la pregunta es: ¿por qué defender y aplicar el Título Preliminar de la Constitución a la inmediatez política lo sitúa fuera del PSOE actual? ¿Quién se ha movido de sitio?

Sigo con el artículo 3: «El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla (...). La riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España es un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección». De todo esto también ha hablado Leguina: de cómo una sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña exige el 25% del castellano en las aulas y la Generalidad decide que se salta ese 25%. Es decir: una vulnerabilidad del principio de legalidad y del Estado de derecho. Porque el golpe de Estado no fue una ensoñación. Y muchos catalanes, que no padecen el conflicto identitario y viven y sienten en la gran riqueza de ambas lenguas, se sintieron indefensos y abandonados por el Estado antes y después de Pedro Sánchez. O los indultos, o la culpabilización actual de los jueces: he oído decir a una ministra que el tipo penal de sedición se ha utilizado para perseguir, ideológicamente, a los líderes independentistas. Y el delito de malversación, ¿también?

Artículo 6: «Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la ley. Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos». El asunto es: si dentro de tu partido se eliminan los órganos intermedios que permiten la crítica interna, garantizada por la Constitución y por los propios estatutos del partido, si sólo hay dirección y bases y se eliminan los medios para opinar libremente dentro del partido, no te están dejando más opción que hacerlo fuera. Eso, o estar callado.

No sólo el PSOE: parte de la sociedad se ha movido de sitio, y desde los extremos nunca podremos entendernos. Necesitamos, dentro y fuera del PSOE, la argamasa de gentes que sigan sin callarse, representando y viviendo la España constitucional que a todos nos ampara. Tenemos muchos más matices que unas siglas, más complejidad y más hondura. Y hay que convivir, sin miedo y sin castigos, dentro del derecho, mientras se habla de pie.

Joaquín Pérez Azaústre es escritor. Su última novela es La larga noche (Almuzara, 2022)

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