Ciudadanos bajo la carpa de un circo: perplejos

La crisis global que irrumpió en 2007-09, a pesar de sus efectos devastadores, nos ha permitido saber dónde estamos. Albert Hirschman y James Scott vaticinaron que, enfrentados con grandes malestares, como es el caso de una crisis capitalista, los individuos tendemos a reaccionar por medio de un abanico limitado de respuestas. Usamos la voz para protestar, ya sea mediante la acción colectiva o el voto. Hasta el presente, el uso de la protesta ha sido moderado: un puñado de grandes huelgas generales (en Francia y Grecia), algunas manifestaciones multitudinarias (Berlín, Londres, Madrid y Barcelona), acoso a instituciones significativas (G-20, OTAN) y una revuelta social de gran calado en Grecia. Y la protesta a través de las urnas, con un voto de castigo a los neoliberales al mando o a sus herederos. En total, mucho menos de lo que cabía esperar, en parte, por los efectos amortiguadores del “gasto social” que, según sabemos ahora, se han interrumpido.

La salida implica eludir o abandonar aquello que provoca malestar, algo que se puede identificar en la formación de cooperativas de trabajadores que gestionan empresas fallidas (Chicago, Irlanda, Canadá) o la actividad de partidos formalmente “anti-capitalistas” (en Francia y Alemania). Episodios de los microconflictos o actos de resistencia sugeridos por Scott se han podido ver en los minoritarios sabotajes, secuestros de directivos, ocupaciones varias y la imaginación contestataria de grupos aislados franceses (los Desobedientes, los Desmontadores, el Clan del Neón…).

La respuesta de momento ganadora es la lealtad: los ciudadanos del mundo (especialmente los del Primero), confrontados con una súbita interrupción de la prosperidad y pérdida de riqueza, no han abandonado a pesar de todo al sistema, y esto no admite comparación con la reacción que siguió a la Depresión de 1929, con extendidos impulsos antisistémicos y desgarradoras “marchas del hambre” (Jarrow, Gran Bretaña, en 1936). Los europeos de hoy no parecen buscar la salida del sistema de mercado y, para probarlo, han respaldado al mercado y a las fuerzas de la derecha conservadora, cuyo modelo económico nos precipitó en la crisis, en las citas electorales celebradas (europeas, alemanas, francesas, italianas y británicas), eso sí, con importantes niveles de abstención, indicación probable de desconcierto y desapego.

Todo parece indicar que la era neoliberal quizá ha creado mucha riqueza, desde luego también una enorme miseria, pero sobre todo, con la llegada de la crisis, ha dejado un saldo de sociedades civiles inertes y ciudadanos perplejos.

¿Cómo no contemplar diariamente en los medios la desvergüenza de toda la diversidad de brujos que comandan el sistema y abusan sin escrúpulos -y escasísima penalización por parte de un divinizado “Estado de derecho”- de la mayoría de la población mundial? Como en la película de Alexander Kluge de 1968, Artistas bajo la carpa de un circo: perplejos, la metáfora de un circo y una carpa que mantiene impotentes a ciudadanos y ciudadanas vencidos por la perplejidad parece muy apropiada. Ese sentimiento de desconcierto e indignación contenida es el que ha dominado la primera parte del despliegue de la crisis, contradiciendo el parecer de un sociólogo de prestigio como Ulrick Beck en el sentido de que estábamos delante de “una situación (pre)revolucionaria”.

Los planes de austeridad, que señalan la entrada en una segunda fase, van a transformar el escenario y las expectativas de la gente. Afortunadamente, no todo es perplejidad. Por un lado, en efecto, hace ya más de 15 años que la izquierda innovadora encabezó una nueva oleada de movimientos sociales y políticos para resistirse al impulso destructor del neoconservadurismo e intentar poner a salvo, al menos, un poso de civilización.

Los episodios del conflicto social de nuevo tipo empezaron el 1 de enero de 1994 con el movimiento zapatista en México, pero han tenido numerosos eslabones de continuidad: en 1995 (Francia), 1999 (Seattle), 2001 (Argentina), 2003 (protesta de un embrión de sociedad civil global), 2005 (Bolivia y las banlieues francesas), 2006 (Francia y los inmigrantes mexicanos y filipinos en EE UU), 2007 y 2008 (protestas del Sur global contra los aumentos de precios de los alimentos básicos), 2008 (Grecia) y protestas de menor significación en Rusia, China, los países ex soviéticos, en la propia España y muchos otros lugares; y una cierta expresión de todo ello en los foros sociales. Son movimientos sociales y políticos muy variados, pero tienen un nexo común: quieren democracia, pretenden dar el mando a las sociedades civiles en proceso de movilización y no están dispuestos a que la codicia de la élite global arrase el planeta Tierra. Si esto se tiene que resolver mediante una reforma drástica del sistema de mercado, como quería Karl Polanyi, para ponerlo al servicio de la democracia y los ciudadanos (en un retorno a la “economía mixta” de la posguerra) o, como pensaba Paul Sweezy, deshaciéndonos por completo del capitalismo, está por ver. Lo que está claro es que las crisis añadidas (no por “la mano del hombre”, sino por la ley de hierro del funcionamiento del mercado) relativas a los recursos del planeta, al medio ambiente, a los desequilibrios poblacionales, al gasto militar y las políticas de nuclearización, a la cada vez más degradada forma de democracia limitada que padecemos, la proliferación de nuevos extremismos de derechas o esa corrupción y economía criminal cada vez más incrustadas en el despliegue natural de la economía de mercado, no admiten ya paños calientes. Nos acercamos a una catástrofe y una mayoría de la población mundial empieza a ser consciente de ello.

Adicionalmente, los efectos de la crisis no van a poder ser contenidos ya mediante el recurso al déficit público. La élite global que sigue en los puestos de mando del planeta está imponiendo los tristemente famosos “planes de ajuste”, no ya a los países de la periferia, sino a los del centro. Ambos datos sugieren que vamos a presenciar una lucha sin cuartel alrededor de tres asuntos cruciales: la transformación de la estructura de poder del sistema mundial para sancionar el declive del eje occidental que ha dominado el mundo; la reforma drástica del capitalismo (el dilema Polanyi-Sweezy); y la reconfiguración política, social y económica del mundo para hacer frente con urgencia a los “límites al crecimiento” (Meadows) de manera que la especie humana no vea comprometida su presencia en el planeta. El pronóstico de Beck podría ahora hacerse realidad.

Conclusiones. Una, que la resolución de la actual crisis económica deberá resolver también la crisis de sostenibilidad del sistema mundial, incluida la crisis de hegemonía que antiguamente se expresaba en la hoy obsoleta distinción entre tres mundos. Dos, que la transformación exigida es de tal magnitud e implica a intereses tan poderosos que es ilusorio pensar que, a pesar de la gravedad de la situación, pueda efectuarse consensuadamente. Tres, que el nuevo conflicto social deja una situación histórica por delante completamente abierta: ni mucho menos está garantizada una salida progresiva de la crisis. Y cuatro, que si esta no se produce, son las formas civilizadas de vida las que peligrarán.

Apenas se divisan las fuerzas que podrían parar el golpe. La izquierda clásica formada por los partidos de las tradiciones socialdemócrata y comunista-estalinista, así como los nuevos partidos “demócratas” que pretenden sustituirlos, como los sindicatos afectos, confrontados con una situación inesperada de gravísima crisis económica y política, han carecido de respuesta alguna. Ni una palabra sobre dejar atrás la delirante “destrucción creativa” del sistema de mercado. Su silencio ha sido estruendoso y todo parece indicar que no disponen ya de programas políticos alternativos y que se disponen a desaparecer lentamente del escenario histórico, de momento quizá sustituidos por los emergentes partidos de la nueva izquierda verde y/o alternativa, los movimientos sociales aludidos y organizaciones de nuevo tipo, como después de cada gran crisis capitalista, cuyos contornos aún desconocemos. Tiene la palabra la sociedad civil global, porque lo que vaya a ocurrir no está predeterminado. ¡Ciudadanos de todo el mundo, uníos!

Salvador Aguilar, profesor titular de Estructura y Cambio Social en la Universidad de Barcelona y ganador del Daniel Singer Prize 2009 por un ensayo sobre el socialismo. Firman también este artículo Arcadi Oliveres, Jaime Pastor y Carlos Zeller