Ciudadanos: el dilema de Albert Rivera

El peso de Cataluña en el conjunto de España ha sido tradicionalmente muy importante en los terrenos económico y cultural, pero no ha sido así en el ámbito político. Sin embargo, el nacionalismo catalán ha condicionado negativamente la política española, como lo demuestra recientemente el periodo pujolista que, encubriendo un amplio enriquecimiento ilícito, ha sido nefasto para nuestra democracia.

Es claro que tal circunstancia es llamativa, porque Cataluña y los catalanes, por su mayor desarrollo económico y cultural, tendrían que haber sido piezas determinantes del progreso español. Pero para ello era necesario que hubiesen participado en la dirección política del país, a través fundamentalmente de la Presidencia del Gobierno. Por supuesto, ha habido más 300 ministros catalanes desde los inicios del constitucionalismo, incluso algunos de ellos de gran influencia, como Laureano Figuerola, Francesc Cambó o Laureano López Rodó. Pero si nos atenemos a la cabeza del Ejecutivo -al margen del jefe del Estado- que fue creado por vez primera en el Estatuto Real de 1834, la cosecha ha sido más bien magra en un país en que cuenta tanto el origen local de los políticos. En efecto, si consideramos que en el periodo señalado ha habido más de 100 presidentes del Ejecutivo, únicamente han sido cinco los de origen catalán. No es extraño, por tanto, que algunos piensen que esta carencia podría ser una de las causas de eso que llaman «la falta de encaje de Cataluña en España».

Así, el propósito de este artículo es demostrar que el azar o ciertas circunstancias especiales, han impedido que haya habido algún gobernante catalán que hubiese podido, por decirlo así, llevar a cabo una cierta catalanización de España al mismo tiempo que hubiese comportado una mayor españolización de Cataluña. Sin embargo, ninguno de esos cinco pudo gobernar durante un periodo de tiempo suficiente para haber podido cambiar el país. Veamos cuáles han sido estos políticos tan efímeros y sus circunstancias.

El primer presidente del Consejo de Ministros de origen catalán fue Serafín María de Sotto, nacido en Barcelona, que estuvo en su cargo únicamente dos días, esto es, el 19 y el 20 de octubre del año de 1843. Encabezó un llamado gobierno relámpago, que se incrustó entre dos gobiernos del general Narváez y que fue impuesto por la Reina Isabel II siguiendo la inspiración de una monja, sor Patrocinio, y de su confesor el padre Fulgencio. La cosa fue tan chusca que duró únicamente 48 horas. El segundo caso fue sin duda el más importante de estos proyectos frustrados. Se trata de Juan Prim, nacido en Reus, que indudablemente puede ser considerado el político español más importante del siglo XIX. Como es sabido, fue el inspirador del cambio de dinastía en España que se concretó en la elección de Amadeo I de Saboya. Ahora bien, lo que pretendía Prim era algo revolucionario en nuestro país: crear una monarquía democrática y parlamentaria que hubiese situado a España en la vanguardia de los países europeos, pero su asesinato acabó con este gran proyecto catalán. El fracaso de la Monarquía de Amadeo I de Saboya convirtió a España en una república y precisamente el primer jefe del Ejecutivo de la misma fue otro catalán. En efecto, Estanislao Figueras y Moragas se hizo cargo del poder ejecutivo, sin que se le pueda considerar ni presidente de la República, ni presidente del Gobierno, puesto que no se llegó a aprobar el proyecto de Constitución de 1873. Pero tampoco este intento llegó a prosperar: los problemas que se acumulaban en España, la falta de acuerdo para superar la crisis institucional, las amenazas continuas de golpe de Estado, hicieron que Figueras abandonase no sólo su cargo sino también España, y sin avisar a nadie cogió un tren para París, exclamando antes una famosa frase que ha quedado en la Historia: «Señores, voy a serles franco: estoy hasta los … de todos nosotros».

Nuevamente había que buscar otro jefe del Ejecutivo para sucederle y el nombramiento recayó en otro ilustre catalán: Francisco Pi y Margall, nacido en Barcelona. Precisamente, si éste fue elegido se debió en gran parte a sus ideas políticas y a su concepción federalista de España. Pero como una cosa es la teoría y otra la práctica, tampoco duró mucho tiempo en su cargo, puesto que acabó dimitiendo debido a la cantonalización en que se iba convirtiendo el proyecto de la España federal. Y llegamos así al quinto catalán que ejerció también por escasísimo tiempo el cargo de jefe del Ejecutivo de España. Ahora bien, este cargo fue muy especial, pues una vez estallada la Guerra Civil se creó en la zona nacional una llamada Junta Técnica del Estado, que estuvo primero presidida por el General Cabanellas, sucediéndole poco después por unos meses el General Dávila. En puridad, no se le podía considerar jefe del Ejecutivo porque ni siquiera en ese momento había un auténtico Estado, ya que España se había roto en dos zonas.

En definitiva, los cinco intentos de presidencia del Ejecutivo por un catalán, con la excepción matizada de Juan Prim, fueron un fracaso. Pero hay más: hubo ya en nuestra época tres nuevos intentos de llevar a cabo un proyecto de gobernación de España por un político catalán que también acabaron en nada. El primero, estuvo presidido por el conocido político y abogado barcelonés Miquel Roca i Junyent, el cual procediendo de CiU encabezó un proyecto de vertebración de España con un partido centrista, el Partido Reformista Democrática (PRD), que se presentó a las elecciones de 1986, pero que acabó también fracasando puesto que no obtuvo ni siquiera un escaño en el Congreso de los Diputados. El segundo quedó también en un intento abortado alrededor de 1993, cuando Felipe González pensó seriamente en Narcís Serra para que fuese su sucesor. Los escándalos de corrupción que estallaron por esa época dieron también al traste con este nuevo proyecto. Y el tercero acabó igualmente en agua de borrajas, cuando sin embargo parecía que se podía haber consolidado. Me refiero a José Borrell, quien ganó unas elecciones primarias internas en abril de 1998 como candidato a la Presidencia del Gobierno. Sin embargo, renunciaría un año más tarde a favor de Joaquín Almunia, a causa de haber perdido el apoyo de la dirección del PSOE y de un escándalo de fraude fiscal de dos de sus antiguos colaboradores.

De este modo, el catalanismo que hubiese podido gobernar en España a través de algún político ilustre no ha sido favorecido por la fortuna, lo cual es probable que haya sido una desgracia para España, pues si hubiese sido así tal vez podría haber frenado los intentos secesionistas. Pues bien, precisamente a causa de las tendencias centrífugas en Cataluña es por lo que nació en el año 2004 un proyecto que comenzó llamándose en catalán Ciutadans y a cuyo frente se nombró a un joven y habilidoso político llamado Albert Rivera. Desde entonces este partido se consolidó en el Parlament como una de las voces más importantes de la oposición españolista. Aunque el ámbito de acción era en principio Cataluña, la idea de los fundadores y de su presidente no era otra que contribuir a la regeneración democrática de toda España.

En consecuencia, Albert Rivera, tal vez prematuramente, se presentó como aspirante a diputado por Barcelona en las elecciones generales de 2008, no habiendo obtenido escaño, pues únicamente consiguió 45.000 votos. Por lo tanto, Ciutadans se centró en la vida parlamentaria catalana. Pero como las circunstancias mandan y la actual hora española reclama, el partido de origen catalán, pero español en su esencia, pasó a llamarse Ciudadanos y se contempla como una alternativa de Gobierno nacional. Ciertamente, la gran sorpresa es que se presentan candidatos suyos en todas las elecciones que se celebrarán este año. De ahí que Albert Rivera se enfrenta a un dilema, o mejor dicho, a un falso dilema, pues no parece haberse decidido aún si concurre a las elecciones catalanas, y tal vez a las generales después, o únicamente a las generales. Es cierto que él conoce perfectamente el importante papel que ha desempeñado estos años en el Parlament como la voz más oída de la oposición. Pero también debe ser consciente de que en estos momentos se ha convertido en una figura nacional, cuya escena de actuación no puede ser otra que el Congreso de los Diputados. Es posible que en las próximas elecciones, a falta desgraciadamente de un acuerdo con UPyD, pueda acceder al Gobierno de España mediante el pacto con otro partido. Pero teniendo en cuenta su juventud, nada impide pensar que el catalán que España necesitaría como presidente del Gobierno desde el asesinato de Prim lo haya encontrado en Albert Rivera. El tiempo lo dirá.

Jorge de Esteban es catedrático de Derecho Constitucional y presidente del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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