Ciudadanos, el futuro empieza hoy

Cuando Zapatero no las tenía todas consigo a pocos días de las elecciones de 2004 afirmó en una entrevista en EL MUNDO: “Gane o pierda, yo soy el futuro”. Arrimadas hoy, con su voz rota y entusiasmo intacto, debe apropiarse de la expresión: gobierne o no, ella es el futuro. Porque al final el futuro es siempre la razón y la concordia. Ciudadanos es el primer partido en Cataluña. Rompió hace una década la barrera del silencio y ayer se elevó sobre tanto ruido y toda la chatarra tribal. La victoria de Arrimadas será considerada simbólica porque tendemos a pensar que la Historia sepulta al que no obtiene el báculo del poder. Sin embargo, la situación es muy distinta. Los catalanes que se sienten españoles han perdido el miedo a hablar, a expresarse y se niegan a asumir en silencio el adoctrinamiento implacable del supremacismo.

La imagen de Arrimadas es la pesadilla del separatismo. Sienten y sentirán su aliento en el cogote. Ha demostrado que no desfallecerá. Ella, Ciudadanos y los ciudadanos de Cataluña ya no van a parar. Han provocado un fervor constitucional frente a las olas de odio. Se masca la tragedia de una mayoría separatista. Aunque no será igual. El 155 ha desbaratado muchos planes y cosido muchos pies a la tierra. Por su parte, Rajoy no luce pero sigue ahí. Su partido se desmorona en Cataluña pero su concurso es esencial: mientras permanezca en La Moncloa ata en corto a los sediciosos. Cs y PP crean una joint venture: un matrimonio de conveniencia. Se necesitan y a la vez se neutralizan.

Evaluar contrafácticos es un ejercicio estéril. Nunca sabremos qué hubiese pasado posponiendo las elecciones autonómicas en Cataluña o juntándolas con unas generales. No obstante, hubiese supuesto asumir dos riesgos innecesarios: que el frenesí constitucionalista decayese y, sobre todo, que la gran coalición que aplicó el 155 se desintegrase al calor de una campaña nacional. Rajoy hizo su trabajo y le dejó a Rivera y los suyos completar la tarea. Los catalanes constitucionalistas no han penalizado la aplicación del 155, sino que han antepuesto la utilidad y preferido la frescura. Cs ha aglutinado el voto constitucionalista porque mantiene la pureza de origen.

El futuro empieza hoy: el nuevo Govern será probablemente independentista de corazón y pecará de palabra pero no podrá hacerlo con sus actos. La sociedad civil se ha articulado en torno a un movimiento que pretende recuperar la política frente a la antipolítica, la libertad frente al totalitarismo y la pluralidad frente al supremacismo y la segregación. Generar divisiones y fracturas sociales tiene sus contraindicaciones. Los atropellados tienden a juntarse bajo el paraguas más impermeable y seguro. La política es demasiado compleja y produce reacciones imprevistas. El éxito de Arrimadas no estaba anotado en la Moleskine de Jové.

“Pido el voto a todos los catalanes que creen en el futuro de España (…), que apuesten por lo que es propio de los catalanes, por la moderación, por el equilibrio y por la sensatez (…)”. Rajoy reivindicó aquel triste y plomizo 12 de marzo de 2004 la «identidad múltiple” de muchos españoles en su último mitin de campaña en Barcelona. Entonces el catalanismo y la doble identidad era un espacio muy concurrido y fértil. Convergència y PSC se repartían sus frutos. Para uno las autonómicas y para otro las generales. Hoy ese terreno es un erial.

El triunfo final del constitucionalismo dependía en última instancia del poder de atracción de Iceta, cuyo papel consistía en sumar al bloque constitucionalista a los desencantados del espectro nacionalista. No le beneficiaba una campaña tan polarizada. El logro independentista ha sido borrar todos los matices en una sociedad plagada de ellos. El fracaso de los socialistas ha sido y es no pilotar un microcosmos de izquierda donde la derecha vota a los nacionalistas.

Pese a la seguridad mostrada y actitud avasalladora, el separatismo tenía dudas, inquietudes y desconfianzas. Lo revelan los papeles de Jové, el documento #EnfoCATs, esencial para que el juez Llarena mantuviese en prisión a los sediciosos. Por un lado, advertía en 2016 del desgaste emocional del separatismo. Así que sus comités estratégico y político pisaron el acelerador hasta octubre del año siguiente: secuestraron la política, cerraron el Parlament dos veces y se dedicaron en cuerpo y alma a la agitación y la propaganda. Por otro lado, y esto es lo realmente importante: en todo momento, los sediciosos han sido conscientes de que les faltaba un 15% de apoyo para consumar su propósito. Necesitaban ampliar su base social. Al mismo tiempo generaron conflicto y tantearon la desconexión forzosa. O no estaban dispuestos a esperar otra generación o pensaron en cebarla sumando una nueva fecha al relato victimista y de agravios con otra sonora derrota.

El caso es que el separatismo cuenta como suyos a los partidarios del derecho a decidir. Iceta apartó sus dedos de esa sartén ardiendo. Si los comunes no son necesarios para formar Govern, Xavier Domènech respirará aliviado. Es otra de las paradojas de esta comedia de lo absurdo en la que se ha convertido la política en Cataluña. Tanto, que si Domènech fuese llamado a filas por ERC, el PSOE se frotaría las manos. Domènech estuvo vivo en campaña y dijo que en ningún caso formaría tripartito con la lista de Puigdemont. Por desgracia, la realidad no va a forzarle a rectificar ni a verificar sus palabras. Se mantiene inmaculadamente accesorio.

Mientras, el PSC no ha expulsado los demonios del tripartido. Lo forjó con 42 diputados en 2003. Los socialistas de Cataluña se arrojaron en brazos del derecho a decidir y aportaron una explicación de carácter social y aparentemente no identitaria a la inmersión lingüística: serviría para la integración social de las capas más humildes de la sociedad. Tácitamente y sin querer alimentó el supremacismo. Aquello fue devastador para la izquierda en Cataluña y para el partido, que abandonó a su base social para cultivar un izquierdismo naíf y elitista. Si Convergencia emprendió su camino de perdición cuando aprobó una ampliación de capital de su negocio y se vio obligada a cobijar y cobijarse en ERC; los socialistas iniciaron el suyo al buscar la simpatía y aprobación del nacionalismo: malditos complejos.

El último apunte es con vistas a Europa. Esto es lo que hay y lo que se avecina: Cataluña ha sufrido una campaña de derrumbe de la democracia. Dulcificamos el contenido con anglicismos y barbarismos: fake o posverdad. Los separatistas nos han metido en la máquina del tiempo y hemos retrocedido casi un siglo. Ha sido una campaña propia de los años 20 y 30, cuando las movilizaciones antifascistas escondían el totalitarismo comunista; la defensa de la identidad desataba olas de odio y la política se reducía a la consigna y el pensamiento asociativo. Todo era cartelería de guerra y emoción a flor de piel. Hoy todo es ilusionismo y golpes de efecto. La mentira empuja a la razón a desmentirla, pero mientras lo hace no se ocupa de construir argumentos sino de desmontar tramoyas. Los medios serios vamos con la lengua fuera cazando embustes. El nacionalpopulismo ha secuestrado la política.

Junqueras, harto de las tretas de Puigdemont -candidato sin partido- le combatió. Y el prestidigitador no se inmutó e intervino estelarmente con una de las frases de la representación: “Sigue siendo mi vicepresidente”. Puigdemont no ha renunciado al cargo. Su performance le ha proporcionado fama y crédito entre su público. Los separatistas escogen al héroe y prescinden del triste mártir. Las fechorías de Puigdemont acabarán en la frontera de los Pirineos. No hay más receta que la que aportan los autores de Políticas del odio. Violencia y crisis en las democracias de entreguerras, Fernando del Rey y Manuel Álvarez Tardío. Contra la descomposición de lo político, la fortaleza de las instituciones. Cs es el primer partido en votos y escaños: estos son los hechos con los que construir la realidad y conquistar el futuro.

Javier Redondo es profesor de Ciencia política en la Universidad Carlos III de Madrid.

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