Ciudadanos y sociedad civil

Por Daniel Reboredo, historiador (EL CORREO DIGITAL, 18/01/07):

España, al igual que otras naciones europeas, ha generado a lo largo de la Historia diversas y diferentes imágenes, vinculadas a estereotipos reales y ficticios, que han contribuido a que su historia sea la que es y en cuya trayectoria histórica siempre han predominado el enfrentamiento, el retraso democrático y la abulia ciudadana. Pues bien, en la experiencia democrática de los últimos años, y tras numerosas y sucesivas elecciones, ha irrumpido en la escena política catalana y española una alternativa ciudadana cuya génesis es la sociedad civil y a la que mucho se está criticando, aludiendo al supuesto origen de sus miembros, comparándola con experiencias coyunturales como Unidad Alavesa, identificándola con propuestas populistas y demagógicas, vinculándolos a la derecha o a la izquierda, criticando que no sean de derechas ni de izquierdas, etcétera, y, en definitiva, demostrando la incredulidad y el miedo que la ‘insolencia’ de iniciativas de la sociedad civil como la presente generan en los anquilosados, obsoletos y depredadores partidos políticos que encarnan nuestra democracia y que tienden a mirarse a sí mismos como única expresión de la realidad. Los gobernantes son elegidos por la sociedad civil, pero una vez en el poder se convierten en dueños y señores del mismo electorado al que deben su posición, anulando la ‘razón de Estado’ a la ‘razón democrática’.

La única evidencia del nacimiento de Ciudadanos (iniciada con un simple manifiesto antinacionalista de artistas, profesores y periodistas) es que quizás haya comenzado la ‘resistencia activa’ contra nuestra lamentable clase política y que quizás ésta no tenga más remedio que aceptar la necesidad de cambiar, ella misma, y la penosa e injusta ley electoral que la ampara y ‘eterniza’ en el poder. En un país como el nuestro, donde la clase política ha dejado de representar a su electorado, la única forma de que la política vuelva a ser de verdad es que desaparezcan las máscaras ideológicas (derecha e izquierda) y se resuelvan los problemas que afectan y preocupan a los ciudadanos (terrorismo, especulación inmobiliaria, trabajo, condiciones laborales, mejoras sanitarias y educativas, etcétera). Las instituciones públicas se convierten, en numerosas ocasiones, en foros demenciales en los que se alude continuamente a patriotismos y progresismos que amparan decisiones interesadas.

Los ciudadanos tenemos miedo a unos gobernantes, los nuestros, de los que cada vez nos fiamos menos, de los que no paran de hablar y de engañarnos, de los que presumen de solucionar problemas cuando en no pocas ocasiones los crean y aumentan, de los que cuanto más los analizamos más rechazo nos generan. Por todo ello, Ciudadanos es un soplo de aire fresco para la política catalana y española, que debiera convertirse en huracán purificador que arrasara con todos los privilegios de personas, de partidos que representan a un sistema político decadente e inoperante, de ideologías caducas que se han convertido en enemigas de la sociedad civil, de realidades nacionales ficticias y discriminatorias que empapan, deforman y monopolizan la actualidad diaria de los ciudadanos, de grupos de poder que se benefician de un sistema como el actual y, en definitiva, de todo aquello que perjudica a la mayoría y destruye el proyecto de convivencia común. Todo esto es lo que una iniciativa regeneradora como ésta quiere borrar del mapa político español, y ello sólo será posible si no traiciona la confianza de los muchos descontentos con la realidad política española actual que les han votado y si no cae en la demagogia partidaria que suele corromper cualquier propuesta que cuestione el ‘statu quo’.

Ciudadanos encarna las contradicciones de una ciudadanía harta, desesperada y exasperada. Si es capaz de recoger con sentido común las demandas ciudadanas, si elude el fácil y cómodo populismo y si concreta su programa puede revolucionar la política catalana y española del siglo XXI. Un mínimo sentido de lo que significan las diferencias entre los ciudadanos y la clase política tendría que obligar a unos dirigentes responsables a preocuparse de reconducir la deriva de unas reformas estatutarias que ha iniciado un proceso acelerado y destructor del Estado de las Autonomías nacido en la Transición, sin que a día de hoy exista una alternativa coherente y consensuada que paralice el desguace suicida del Estado. Tenemos entre manos el principal problema de España, mucho más importante incluso que las negociaciones con ETA, incrementado por los comportamientos interesados e insolidarios de unos partidos políticos que han olvidado que fueron elegidos para ‘construir’ y no para insultarse, difamarse y venderse al mejor postor con tal de conseguir y mantener el poder.

El escenario político y cultural de España se encuentra tan degradado por su miserable y pacata condición pueblerina que es un deber cívico luchar contra esta inercia que nos aboca a la mediocridad y al enfrentamiento. Claridad de ideas y conceptos en el marco de una sociedad civil global son imprescindibles para desvelar los plagios, las mentiras y las manipulaciones de la historia y del lenguaje que amparan la propaganda política, la demagogia pseudointelectual y el pensamiento débil. Lo que está ocurriendo en España poco tiene que ver con un europeísmo que promueva los valores occidentales y su desarrollo institucional, y que se enfrente a la canalización cultural, a la manipulación histórica, a la progresía acomplejada, a la cesión de derechos ciudadanos y, en definitiva, al cosmopolitismo y la universalidad. Difícilmente se pueden conseguir estos fines con una clase política ávida de poder, despótica, autoritaria, chovinista, provinciana y de pensamiento y cultura política limitada, que aplica cada vez más descaradamente el principio de autoridad y margina el principio de libertad.

Los cimientos de la democracia residen en la participación de los ciudadanos en la vida pública mediante la elección cíclica de los gobernantes y el establecimiento de los imprescindibles controles que eviten que el poder temporal que se les concede se convierta en corrupción que pudra el sistema y que haga de la democracia algo más ‘formal’ que ‘real’. Ciudadanos es un nuevo y necesario partido al que acogemos alborozadamente, aunque con prudencia, y que fomenta que recuperemos la fe en una sociedad civil española que tendrá que seguir luchando para alcanzar una democracia real en la que los ciudadanos hagan valer sus derechos y puedan defender sus intereses y los de la sociedad que representan.