Ciudades españolas en Estados Unidos

Desde el descubrimiento de América, la organización de los territorios conquistados por la Corona española tuvo en la ciudad su instrumento fundamental. Más allá del fragor de las batallas, o la exitosa conquista de ricos y poblados imperios como los de Aztecas e Incas, la colonización hispánica tuvo en la fundación de urbes, pueblos y aldeas la única posibilidad concebible de vida civilizada. En este sentido, la equivalencia entre imperio y vida urbana constituyó un elemento crucial del mundo atlántico español. Semejante constatación resulta igualmente válida para el territorio de los actuales Estados Unidos, en la medida en que más de la mitad de su geografía actual (un 54% en 1800) formó parte de él.

Los hechos históricos no admiten discusión. Un siglo antes de la llegada de los peregrinos del «Mayflower» a las costas de Virginia en 1620, ya había españoles dedicados a la exploración del territorio y la diseminación de la vida urbana. Como ha señalado Felipe Fernández Armesto, la primera ciudad digna de tal nombre en el territorio estadounidense es San Juan de Puerto Rico, establecida por Juan Ponce de León con otro nombre en 1508. Se abrió entonces la etapa de los mitos. En América del Norte, junto a la «Fuente de la eterna juventud», localizada en Florida, ejercieron gran influencia las «Siete ciudades de Cíbola», que según los cálculos de exploradores y cartógrafos se debían situar en Kansas. La presencia y el impulso de lo mítico en la exploración de Estados Unidos también vertebraron los avances del judeoconverso toledano Lucas Vázquez de Ayllón, que recorrió Virginia y murió en 1526 en Carolina del Sur. Aunque el clima y el constante acoso de los nativos acabaron con Ayllón y despoblaron San Miguel de Guadalupe, la fundación de San Agustín de Florida en 1565 reflejó la continuidad del interés estratégico de la monarquía española por aquellos territorios.

Quizá no hay nada que evidencie más lo pragmático y eficiente de la adaptación de la monarquía a su situación de poder global desde al menos la anexión portuguesa de 1580, en franca asintonía con lo costoso, dramático y duradero de sus guerras europeas, que la progresiva autonomía de sus ciudades americanas y el fortalecimiento de sus estructuras urbanas. Como síntoma de ello, dos años después de que los ingleses fundaran Jamestown en las costas de Virginia se estableció en 1608 Santa Fe (Nuevo México), primera capital continental de Estados Unidos, según una amalgama de tradiciones urbanizadoras regidas por las Ordenanzas de 1573. Según sus premisas, la tarea de conversión se encargó a los franciscanos, protegidos a su vez por un destacamento de unos pocos soldados, con mantenimientos para los primeros tiempos de la ciudad y en compañía de indios hispanizados, capaces de mostrar a los nómadas de los alrededores lo mucho que podían ganar acogiéndose a la generosa Pax Hispanica. El resto del siglo XVII vio el crecimiento relativo de aquella frontera imperial española en Estados Unidos, acosada en diferentes regiones.

Los riesgos eran ciertos. Los colonos ingleses de Carolina, con el apoyo de indios ajenos a las misiones, tomaron la ofensiva a partir de 1680 y obligaron a los franciscanos a abandonar sus establecimientos. Pese a ello, no lograron tomar San Agustín, ya que las fortificaciones facultaron a su guarnición y pobladores para rechazar los ataques en 1702. Por otra parte, en cumplimiento de una política real de larga vigencia, vinculada coyunturalmente a la necesidad de defenderse de estos avances hacia el sur de las colonias inglesas, los fugitivos negros de Carolina que habían logrado alcanzar San Agustín habían obtenido de la Corona española en 1693 la libertad, a condición de que se convirtieran al catolicismo. A partir de ese momento, un creciente número de esclavos negros de las plantaciones del norte tomó conciencia de las posibilidades para una nueva vida que se les abrían en el sur, bajo el dominio del rey español.

Tras dos revueltas frustradas, muchos esclavos se unieron a los indios Yamasee en 1715, en su guerra contra los colonos británicos, y durante las décadas siguientes una cantidad cada vez mayor de fugitivos no blancos escapó hacia la libertad en la Florida española. Entre ellos se encontraba cierto número de esclavos de habla portuguesa procedentes de la monarquía cristiana centroafricana del Congo. En 1738, el gobernador español de Florida les concedió permiso para establecer una colonia autónoma negra y católica, llamada Gracia Real de Santa Teresa de Mose, junto a la vieja San Agustín. A medida que la noticia de la fundación de Mose se difundía por las plantaciones británicas de Carolina del Sur, otros esclavos huyeron para emprender el camino hacia la libertad en la Florida española. A estos desplazamientos de población se sumaron otros de distintas procedencias, como los emigrantes canarios, que durante la década de 1750 fueron reasentados en San Agustín. Al otro extremo del continente, el impulso urbanizador español también tuvo gran éxito.

En la década de 1690 se inició una campaña para recuperar el control de Nuevo México. El virrey de Nueva España nombró el primer gobernador de la provincia de Texas, donde se acababa de fundar una misión franciscana para evangelizar a los indios y atraerlos a la fidelidad hacia la Corona. Al oeste de Florida, los españoles construyeron un fortín en la bahía de Pensacola, pero allí no prosperó lo que en algún momento se pensó podría llegar a ser un centro urbano capaz de dominar la desembocadura del Mississippi –el papel que con el tiempo tendría Nueva Orleans–. Hecho urbano capital fue la fundación de San Antonio, Laredo y otras ciudades y villas texanas, con emigrantes canarios y cántabros. Pero la gran colonización pacífica y urbana fue la que se desarrolló en la California española. El presidio (precedente del fuerte de las películas del oeste), el real de minas, la misión y la ciudad fueron elementos de una rica y renovada tradición fronteriza y no deben verse en competencia. La figura mítica de este proceso urbanizador y civilizador fue el mallorquín fray Junípero Serra. Aquellos colonos que establecieron pueblos, iglesias, presidios y ranchos con denuedo y fueron de todo, carpinteros, agricultores, cocineros, vaqueros, arrieros, exploradores y organizadores de hombres, fundaron desde San Diego de Alcalá al sur, a Sonoma al norte californiano, un itinerario –el camino real– de 21 misiones separadas como máximo por un día de distancia. El hallazgo de las bahías de Monterrey y San Francisco en 1770, así como la apertura de una ruta terrestre desde Sonora en 1774, fue crucial. Dos años después surgió San Francisco y al poco Los Ángeles, en 1781.

Digámoslo claro. El llamado «sueño americano» fue alumbrado por aquellos pocos colonos, soldados, exploradores y misioneros españoles.

Manuel Lucena Giraldo, investigador del CSIC

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *