Ciudades expoliadas

Por Antonio Elorza (EL CORREO DIGITAL, 07/11/07):

Una visita necesaria, mal preparada y en un tiempo poco propicio, por aquello del aniversario de la Marcha Verde, ha dado lugar a una reacción desaforada, pero por desgracia cargada de significación, a cargo del Gobierno de Mohamed VI. En principio, la reivindicación marroquí de los ‘presidios’ corría vías paralelas a la española de Gibraltar, hasta que Moratinos resolvió la cuestión a su modo, es decir, cediendo sin reservas a la perpetuación deseada por el Gobierno del Peñón y por Tony Blair. Aunque no existiera esperanza alguna de sacar otra cosa que concesiones de forma, el mantenimiento de la reivindicación tenía una virtud: poner ante la mirada de Marruecos una situación paralela, con el añadido de que la conquista de Gibraltar era mucho más reciente y además tuvo lugar cuando ya el reino de España se encontraba del todo consolidado en el plano institucional. ¿Cómo iba España a aceptar siquiera que el tema de Ceuta y Melilla se pusiera sobre la mesa si al otro lado del Estrecho la colonia de Gibraltar seguía estando separada de España? Una buena coartada para defender el ‘estatus quo’.

Pero ya Gibraltar se ha escapado de modo definitivo, y de paso el Gobierno español ha dejado claro que lo suyo es ceder y ceder para que la opinión pública no esté satisfecha, y que lo estén las potencias amigas, y las que no son potencias ni amigas. En Cuba, olvido total a lo que supuso la represión de 2003 y recepciones masivas el 12 de octubre a los notables del régimen, para así sellar una amistad que ni siquiera contempla la devolución a nuestro país del local del Centro Cultural español, en el Malecón habanero, ocupado como represalia entonces y que tampoco es recuperado a golpe de favores internacionales y de ayudas económicas. Con los saharauis, menosprecio de sus derechos y entrega total a las tesis de Marruecos, poco tentado además según se ve a devolver la gentileza. De cara a Pakistán, concesión de la más prestigiosa condecoración española, el Toisón de Oro, al general Musharraf, llegado al poder por un golpe de Estado y promotor ahora de otro. Por el asunto de las caricaturas danesas sobre el Islam, Moratinos no dudó en suscribir durante su visita a Islamabad una propuesta de persecución judicial a los ‘blasfemos’, secundando al ministro de Exteriores paquistaní. Y en general, despliegue de una actitud cordial y obsequiosa por parte del Gobierno y de los medios españoles con la espera de que los ejecutivos musulmanes respondieran a la iniciativa de estrechar lazos y coordinar actuaciones.

Todo en nombre del pragmatismo, pero el resultado de tales operaciones no ha correspondido a las expectativas del Gobierno. Especialmente por lo que toca a Marruecos, entra en juego la constatación de que Zapatero se mueve en un perfil muy bajo en la cuestión de la identidad nacional española y que en caso de conflicto incidente sobre su supervivencia presidencial opta por la línea de las concesiones para no pagar en votos perdidos el precio de la firmeza. Además el nuevo presidente francés, Nicolas Sarkozy, acaba de confirmar la alianza privilegiada con nuestro vecino del Sur, lo cual supone implícitamente garantías de que en caso de confrontación se repetirá la escena del lío de Perejil con Francia en actitud de impedir toda solidaridad de la UE con España. Y ya no contamos con la posibilidad de que Colin Powell nos saque las castañas del fuego, por haber confundido la necesaria rectificación del vasallaje de Aznar con un objetivo de distanciamiento de Estados Unidos demasiado visible. Mohamed VI se siente así en condiciones de repetir la política de su padre, jugando con el irredentismo frente a España para que sea olvidada la doble frustración, política y económica, ante el fracaso de las expectativas de reforma suscitadas por su llegada al trono. No es cuestión de ‘tristeza del Rey’ por no haber visto reconocidos sus actos de generosidad hacia España. Tampoco servirán de nada las exhibiciones folclóricas en Marrakech, a cargo del presupuesto andaluz y con Moratinos en el palco.

Es una cuestión de fuerza y de inteligencia políticas. También de percibir que el ‘nacionalismo de evasión’ marroquí ha vulnerado el principio de respeto y el sentido del equilibrio que deben presidir las relaciones entre países civilizados. Nadie protesta porque Kaliningrado siga siendo rusa, la Silesia polaca o el Tirol del Sur italiano, enclaves o anexiones ejecutadas contra la geografía o contra la historia, o contra ambas a la vez. Por ‘derechos históricos’, y con base asimismo lingüística, Dinamarca tendría que reivindicar Malmö y Lund, ‘expoliadas’ por Suecia en 1658. Siempre hubo un momento en que las fronteras fueron de otro modo y la adscripción de Ceuta y Melilla a España cuenta con un derecho histórico de medio milenio. En cualquier caso, una reivindicación territorial no puede confundirse con el derecho de ingerencia, representado por la adopción de represalias y gestos desafiantes contra quien ejerce la soberanía de forma legal y con pleno respaldo democrático por parte de los ciudadanos de ambas ciudades.

El hecho de que esa retórica irredentista venga de atrás explica lo de la ‘provocación inadmisible’, no lo justifica. Hay que tratar de que las aguas vuelvan a su cauce y que una cordialidad efectiva caracterice las relaciones entre los dos países, pero la gravedad de la manifestación ultranacionalista, presidida por el hijo de Hassan II, no por ello desaparece. Tampoco conviene celebrar como signo de moderación la retirada temporal del embajador en Madrid. En cambio, ahí está la coincidencia en el tiempo y en los temas -la comparación de las dos ciudades con Palestina- con los llamamientos reiterados de Al-Zawahiri y de Bin Laden en nombre de Al-Qaida para expulsar a los españoles de esos dos territorios pertenecientes a Dar al-islam. No hace falta que Mohamed VI y su Gobierno echen aceite al fuego del terrorismo islamista y tampoco es digno que compartan camino con él. Por ello, antes que con un malestar pasajero, nos tropezamos con un mal presagio que el Ejecutivo Zapatero debe afrontar, desoyendo tanto las invocaciones patrioteras como los consejos procedentes de quienes en el tema marroquí representan el ‘remake’ en caricatura del apolillado conde don Julián. Urge una declaración conciliadora y terminante del Gobierno sobre el tema.