Claudio Magris: retrato de un cosmopolita

Por Fernando Llano, profesor titular de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla (LA RAZON, 24/10/04):

La primera impresión de quien visita por vez primera Trieste es la de encontrarse en un cruce de caminos, como suele suceder en toda ciudad fronteriza. Al referirse a ella, los propios italianos afirman que la capital de la región de Friuli-Venezia-Giulia «è una Italia diversa, un´altra Italia che non c`è più». En efecto, como principal puerto de mar del Adriático, y ya desde su fundación en el año 178 a. C, la antigua Tergeste fue objeto de deseo por parte de romanos, godos, longobardos, vénetos, austriacos, alemanes, yugoslavos e italianos. Es más, hasta hace tan sólo hace 50 años, concretamente desde el 26 de octubre de 1954, Trieste no pasó a ser definitivamente una ciudad italiana. La peculiaridad de su origen histórico, unida a su condición de enclave o punto de encuentro intercultural, ha ido moldeando el carácter y la conciencia cívica de los triestinos hasta el punto de aproximarlos mucho, si no a identificarlos, con el ideal ilustrado, humanista y cosmopolita que en su día defendiera Immanuel Kant.

Ese espíritu liberal, universal y plural del que está imbuida la idiosincrasia triestina, encuentra su mayor representación arquitectónica en la Piazza Unità d´Italia, un espacio abierto en el que la ciudad se abraza con el mismo mar que baña las vecinas costas eslovenas y croatas, y que se halla flanqueada por monumentales edificios de estilo imperial-habsbúrgico, como el Palazzo Comunale, sede del ayuntamiento, el Palazzo del ex-Lloyd Triestino, sede del gobierno regional, el Palazzo del Governo, el Teatro Verdi o el Hotel Savoya-Excelsior.

Otro punto de reunión y conversación habitual entre los ciudadanos de Trieste son sus cafés, como el legendario Caffè Tommaseo, situado a escasos metros de esta hermosa plaza, y que desde 1825 ha sido un centro de encuentro y de tertulias literarias por las que han pasado autores como Italo Svevo, James Joyce o Miguel de Unamuno. Es éste, también, uno de los lugares de conversación de su ciudad que más le gusta frecuentar a Claudio Magris (1939), catedrático de filología alemana en la Universidad de Trieste y autor, entre otras, de obras tan célebres como: El Danubio (1986), con el que consiguió el Premio Internacional Antico Fattore, un libro de viajes a través del tiempo y del espacio mitteleuropeo que enlaza con un género literario cultivado anteriormente por Goethe, Stendhal o Chateaubriand; Otro mar (1991), una intensa y brillante novela breve; Microcosmos con el que en 1997 obtuvo el prestigioso Premio Strega; o Utopía y desencanto (1999), una colección de artículos periodísticos publicados entre 1974 y 1998 en las páginas de Il Corriere della Sera y del diario local Il Piccolo.

Claudio Magris pertenece junto a Gianni Vattimo, Maurizio Viroli o Massimo Cacciari a una generación dorada de intelectuales italianos que, siguiendo la estela de Norberto Bobbio y Giovanni Sartori, han abogado en favor de una Europa democrática, solidaria y plural construida dentro de un marco constitucional común en el que se garantice el pleno ejercicio de los derechos y las libertades de sus ciudadanos. Precisamente es esta innegable vocación europeista que inspira la extensa obra de Magris, en la que algunos erróneamente han creido ver un simple eurocentrismo mal disimulado, la que se ha ganado el reconocimiento de los miembros del jurado de los Premios Príncipe de Asturias, en su edición de 2004, con la concesión del galardón en la categoría de «Letras». Por este motivo, entiendo que hoy, viernes 22 de octubre, quienes simpaticen con el proyecto universal e ilustrado de la modernidad que ilumina el modelo de convivencia europeo, tendrán un motivo de legítimo orgullo ajeno cuando oigan de S.A.R el Príncipe D. Felipe de Borbón que entrega al profesor de Trieste «por su contribución a una Europa solidaria y sin fronteras» el premio que lleva su título. El premio a Magris supondrá, en definitiva, rendir también un merecido homenaje a aquellos que, parafraseando a Bobbio, apoyan con «buena voluntad» el diálogo y el entendimiento entre los pueblos en contraposición a los partidarios de imponer «la voluntad de poder» a cualquier precio, aunque ello suponga utilizar métodos violentos y contrarios al Derecho internacional.