Claves para evitar otra guerra fría

Por Mijail Gorbachov (EL PERIÓDICO, 18/03/07):

No existe posibilidad alguna de regresar al tipo de guerra fría que se prolongó desde la década de los 50 hasta los 80. Sin embargo, las tensiones y los temores de hoy en día son los típicos de aquella era en la que el mundo se deslizaba hacia un conflicto nuclear. Podemos ver la militarización de muchos países, con un énfasis en la fuerza como el principal instrumento de seguridad, arrasando con presupuestos militares, una nueva carrera armamentista y un incremento del riesgo a causa de la proliferación nuclear. El tráfico de armas se está saliendo de control. Aparentemente se trata solo de transacciones comerciales. De hecho, es una política con consecuencias impredecibles.
El presidente ruso, Vladimir Putin, en un discurso pronunciado en Múnich, expresó que muchas de las acciones de Estados Unidos — la nación que reclama el monopolio del liderazgo global — han alimentado estas peligrosas tendencias. Los críticos de Putin dicen que en la actualidad este liderazgo es necesario y hasta indispensable, ya que la única manera de vencer al terrorismo internacional es difundiendo la democracia a lo largo y ancho del mundo. Sin embargo, el uso de la fuerza para propagar el modelo de democracia esencialmente estadounidense ya ha causado conflictos, y hasta guerras. Muy a menudo, este modelo está siendo impuesto en culturas que se resisten o lo rechazan, precisamente por razones culturales, históricas y religiosas.
También como en la pasada guerra fría, algunas coaliciones están preparadas para actuar a pesar de las leyes internacionales y las instituciones. Por ejemplo, la OTAN parece estar empeñada en ser cada vez más militarista y en expandir su zona de operaciones mucho más allá de los viejos límites, en contraste con el objetivo, proclamado al final de la década de los 80, de evolucionar como una organización primordialmente política.

AL PERSEGUIR una posición de mando en el planeta, la OTAN busca sustituir al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. El secretario general de la OTAN anunció recientemente que se está gestando un nuevo plan a largo plazo de acción unilateral en caso de crisis, para poderse aplicar en cualquier lugar y momento. Mientras tanto, ciertos países buscan o se inventan enemigos externos. El peligro del terrorismo se está convirtiendo en el pretexto para la propaganda antimusulmana, para estigmatizar estados rebeldes o ejes del mal.
Como ruso, estoy molesto porque al recurrir a campañas de miedo antirrusas, en las cuales los medios y los políticos se unen para desacreditar a mi país, se envenena la atmósfera internacional. El secretario de Defensa estadounidense, Robert Gates, incluyó recientemente a Rusia en la lista de países impredecibles que podrían convertirse en enemigos de Estados Unidos. Aunque fuera un lapsus, se trata de un tropiezo freudiano que revela un estado mental que no ha cambiado a pesar del final de la guerra fría. China fue mencionada en el mismo sentido.
Estos juegos geopolíticos y campañas propagandísticas distraen la atención de amenazas reales y retos que el mundo enfrenta, incluido el terrorismo. Por supuesto, debemos luchar contra el terrorismo, pero es un error reducir enteramente la agenda internacional a este problema o ignorar sus causas de raíz. La pobreza, de la mano de la ausencia de acceso a servicios médicos, educación y otros recursos indispensables para el desarrollo normal, causa sentimientos de humillación y frustración que engendran extremismo. Mucha de la culpa reside en las políticas económicas egoístas de países ricos que acentúan la brecha entre ricos y pobres.
¿Existe una respuesta militar a este problema? No. Lo que se requiere es un cambio de prioridades. La brecha entre las palabras y los hechos de los líderes mundiales se ha vuelto verdaderamente escandalosa. Nada cambiará sin la presión de las instituciones de la sociedad civil. Lo sé por experiencia. Necesitamos una estructura diferente de la política mundial.

BASTA TOMAR como ejemplo la migración. Los estados soberanos encuentran cada vez más difícil manejar los flujos migratorios. Estados Unidos está construyendo un muro en su frontera sur. España se ha convertido en la entrada europea para miles de inmigrantes. Las organizaciones internacionales deben abordar el problema.
Los métodos políticos y diplomáticos pueden tener éxito. El ejemplo más reciente es el acuerdo para congelar el programa nuclear norcoreano. Un acercamiento similar podría funcionar con Irak e Irán. Aunque aquellos que prefieren soluciones militares no desean escuchar esto. La paciencia y el diálogo requeridos para encontrar una solución pacífica simplemente no están en su agenda.
Recientemente Rusia y Estados Unidos parecen estar al borde, no solo de una nueva guerra fría, sino de otra carrera armamentista. En respuesta a esto, los políticos rusos, incluyendo los altos mandos, han discutido el retiro del tratado que prohíbe misiles nucleares de alcance medio. Declaraciones de los presidentes Bush y Putin sobre el hecho de que Rusia y Estados Unidos no son enemigos, y de que ambos líderes confían el uno en el otro,representa un paso en la dirección correcta.
Hace años, cuando estábamos trabajando para mejorar las relaciones entre Estados Unidos y la Unión Soviética, nuestros gobiernos establecieron grupos de trabajo que se reunían regularmente para discutir cada asunto de nuestra agenda común. Este procedimiento podría ser útil nuevamente, no solo para Estados Unidos y Rusia, sino para otros países. Una mejor relación entre Estados Unidos y una Rusia emergente –especialmente si las dos naciones se comprometen a un desarme mutuo– podría dar el buen ejemplo de cómo superar la desconfianza.
Es estimulante que los ex secretarios de Estado estadounidenses George Shultz y Henry Kissinger, junto con el ex senador Sam Nunn y el ex secretario de Defensa William Perry, hicieran recientemente un llamamiento para una iniciativa como esta en un artículo de The Wall Street Journal. En apoyo a ellos, en mi comentario del mes pasado en el mismo periódico, destaqué tres prioridades para los estados con armas nucleares: reafirmar su compromiso con el objetivo final de eliminar tal clase de armas, ratificar el tratado que prohíbe las pruebas nucleares y excluir las armas nucleares de un estado de alerta máxima.
Como contrapartida, los países que tienen programas nucleares excluirían las aplicaciones militares de esa tecnología. La propuesta de Putin a Estados Unidos de trabajar en un nuevo acuerdo que reemplace al Tratado de Reducción de Armamento Estratégico, de 1991, está totalmente orientado a mantener el espíritu de esta iniciativa. En lugar de escribir un guión sobre los escenarios para una posible nueva guerra fría, y escuchar a los actores de este peligroso drama, debemos realizar esfuerzos serios para prevenirlo. Aunque todos los estados podrían hacer una contribución útil para alcanzar este objetivo, me dirijo ante todo a Estados Unidos y Rusia para que actúen primero. Ambos países pueden hacerlo mucho mejor de lo que lo han hecho hasta ahora.