Clint Eastwood: el pistolero con alma de director

Les animo a acercarse al cine, y ver la última, a la espera del estreno de American Sniper, de las películas de Clint Eastwood: Jersey boys. En ella, el veterano director, nacido en San Francisco hace ochenta y cuatro años, narra la historia de cuatro adolescentes de Nueva Jersey que conforman, a finales de los cincuenta y los sesenta, uno de los más destacados grupos –con canciones míticas, como Sherry, Big Girls Don´t Cry o Walk Like a Man– del momento: The Four Seasons. Eastwood lleva a la gran pantalla, con las recreaciones personalísimas de nuestro hombre, el afamado musical de Broadway (2005), con los mismos protagonistas de la obra teatral: John Lloyd Young, Erich Bergen, Vincent Piazza y Michael Lomenda. Una historia que cuenta, al tiempo, el papel de la mafia local y la corrupción, con un Cristopher Walken, verdaderamente maravilloso. Un actor preterido, y hasta maldito en Hollywood durante años, a quien algunos responsabilizaron de la trágica muerte de Natalie Wood, ahogada en las aguas del Océano Pacífico cerca de isla Catalina. Por cierto, y ya que hablamos de un musical, actriz principal de la oscarizada West Side Story con inolvidable música de Leonard Bernstein.

Nuestro, primero actor y después director, es, sin duda, uno de los grandes. A sus espaldas películas como Sin perdón, Mystic River, Los puentes de Madison, Million Dollar Baby, Cartas desde Iwo Jima y El Gran Torino. Y a Clint Eastwood le apasiona la música, o para ser más exacto, su música: desde su aparición en la superficial Leyenda de la ciudad sin nombre hasta el jazz del saxofonista Charlie Parker, a quien biografía en Bird; el tema musical de Mystic River; las notas de Piano Blues, con la presencia, entre otros, de Ray Charles; la producción del documental sobre la vida del pianista Thelonious Monk; su solo de piano en un bar de hotel en La línea de fuego; su voz cantarina en los instantes finales del Gran Torino… Muy lejos quedaban ya los silbidos, en su entonces vida de pistolero, en la denominada Trilogía del dólar ( Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio, y El bueno, el feo y el malo), con Sergio Leone, como director, y Ennio Morricone, en tanto que compositor. No se puede comprender pues su filmografía sin una referencia expresa y continuada a la música. Esta no es solo una acompañante de los fotogramas, sino una esposa fiel que configura, anima y marca el ritmo. Una circunstancia visible ya en la lejana Escalofrío en la noche. Nada sorprendente en un hombre que ama la música de Ella Fitzgerald, Nat King Cole, Peggy Lee, Sinatra, Sarah Vaughn, Charlie Parker o Lester Young, y que de joven tocaba el clarinete en salas de fiestas. Hasta se atrevió, en Aventurero de mediano-che, a dar vida a un inadaptado cantante de country en busca del imposible éxito. El reto de realizar un musical era hasta cierto punto predecible. No extraña así su interés por una voz única, la de Frankie Willie, el solista del grupo, e integrado también por Tommy de Vito, Nick Massi y Bob Gaudio, dotado de un falsete que le permitía llegar a unas notas increíblemente agudas en canciones como Stay ( Just a Little Bit Longer), Can´t Take My Eyes off You, o la del tema principal de la banda musical de Grease. «Tenía un sonido diferente –nos recordaba– y no tuvo miedo a experimentarla con los grupos… Todos los que tienen un don tienen que bregar con un periodo en el que la gente lo estima ridículo». Si bien su deseo primigenio había sido la revisión, pero no pudo ser, de Ha nacido una estrella.

Clint Eastwood apunta, sin desarrollos exhaustivos, con un distanciamiento y hasta desinterés aristocrático, ¡parece que no está allí!, y ¡hasta que no le importa!, los rasgos de los personajes, los sentimientos humanos, sus contradicciones, las alegrías y frustraciones. Historias fragmentadas y cortadas, pero paralelas, parciales y cambiantes. Historias propias de Scorsese que se alargan y vuelven, que nos cuentan el presente, desde los ojos del pasado, y con el desasosiego de lo que nos deparará el futuro. En última instancia, nos habla del tiempo. No hay vocación de permanencia o prolijidad, menos de aleccionar, de imponer. La contrastada fragilidad de la vida, la amargura propia de vivir lo impiden. Apuntado el camino, que de eso se trata, al espectador le exige seguir su hoja de ruta, su interpretación más singular. A tal fin, el director actúa como el autor del Laocoonte y sus hijos, retorciéndose, y dando saltos, como en La máquina del tiempo de Wells, al pasado y al futuro. Aunque la explicación última pueda ser quizás menos trascendente: «El negocio de la música es –dice uno de sus actores– como una jungla».

La película recrea el musical americano más clásico. Eastwood, es un clásico, con gustos clásicos. La escena final de los créditos es un homenaje a la señalada West Side Story. Antes, y hasta la llegada del anhelado triunfo del Grupo, bajo los risueños perfiles del tempo allegro; para, en un segundo momento, introducirnos en el tempo triste que siempre acecha y llega. Vivimos el tempo de la Primavera y del Invierno de las Cua-tro Estaciones –de donde toma el nombre, precisamente, el grupo– de Vivaldi. Para ello, Eastwood desnuda a los personajes al hacerles hablar directamente frente a la cámara. Con momentos mágicos, como la presentación de Bob Gaudio, y su canción Cry For Me, pero también menos logrados, como la nebulosa relación de Willie con su esposa. Es como si, parafraseando a Eugenio D´Ors ( Tres horas en el Museo del Prado), pretendiera la síntesis entre las formas que pesan y las formas que vuelan, ¡casi nada!

No es ciertamente la mejor de su filmografía. Pero el solitario cowboy no ha perdido puntería. A mí, parafraseando al inspector Callahan ( Harry el Sucio), «¡me ha alegrado el día!».

Pedro González-Trevijano, magistrado del Tribunal Constitucional.

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