Clinton, a vueltas con Obama y la raza

Una de las paradojas más arraigadas del racismo en los Estados Unidos es que los norteamericanos negros más proclives a ejercer en plenitud sus derechos como ciudadanos -votar, presentarse como candidatos, decir lo que piensan- son los más proclives a ser tildados de antipatriotas.

«Por supuesto, el hecho de que una persona crea en la igualdad entre razas no demuestra que sea comunista», dijo el presidente de la Comisión de Verificación de las Lealtades, uno de aquellos tribunales mccartistas desacreditados que en los años 50 se pronunciaban sobre la culpabilidad de posibles comunistas. «Sin embargo, no cabe duda de que ese hecho obliga a considerar la cuestión con especial atención, ¿no? No se puede pasar por alto el hecho de que la igualdad entre razas forma parte de las posiciones comunistas», añadió.

Dando por hecho que los afroamericanos serían, casi con toda seguridad, incapaces de darse cuenta por sí mismos de que la supremacía de la raza blanca no se compaginaba con sus intereses, sus detractores les han acusado habitualmente de actuar bajo influencias malignas y del extranjero.

El FBI desperdició millones de dólares y de horas en un vano intento de demostrar que Martin Luther King era comunista. Para los que no se habían enterado de cuál era su lugar y tampoco habían caído asesinados el castigo fue, por lo general, la revocación de los derechos de ciudadanía que les correspondían. Tras negarle el derecho al voto y las libertades de circulación y asociación, a Paul Robeson se le denegó el pasaporte en 1950 y no se le permitió salir de los Estados Unidos. Cuando sus abogados se interesaron por las razones, les informaron de que «sus críticas frecuentes al trato que reciben los negros en los Estados Unidos no deberían airearse en países extranjeros». En un caso parecido, al intelectual y activista WEB Dubois se le impidió abandonar el país en 1963 y le fue retirado el pasaporte. Posteriormente se trasladaría a Ghana, recientemente independizada.

La lucha por la igualdad racial en los Estados Unidos ha sido siempre, esencialmente, una batalla por la ciudadanía plena. En un país fundado conforme a los principios de la Ilustración y erigido sobre las espaldas de los esclavos, durante mucho tiempo ha sido patente la tensión entre los ideales de la nación y su puesta en práctica. Los padres fundadores dejaron sentado tanto el hecho de que todos los hombres eran iguales así como que un esclavo equivalía a las tres quintas partes de un hombre. Más tarde o más temprano, la nación iba a reventar bajo el peso de estas contradicciones constitucionales.

Tuvieron que transcurrir cerca de 200 años para que la legislación se pusiera al día. Ahora, con la candidatura de Barack Obama nos estamos enterando de lo lejos que ha llegado la cultura política norteamericana en este aspecto y de lo mucho que todavía le queda por recorrer porque, a pesar de todo el discurso progre-sentimental sobre la nueva era post racista que este hombre está inaugurando, lo que se ha visto en las últimas semanas ha sido un Obama luchando no ya por su designación sino por la legitimidad de su patriotismo. Con su insistencia en poner en duda su lealtad a la nación y en sembrar la confusión sobre su confesión religiosa, tanto los medios de comunicación como sus adversarios han tratado de presentarlo no sólo como antiamericano sino como un americano tibio e incluso, en ocasiones, como alguien que no es ni siquiera un americano en absoluto.

Sus esfuerzos por trascender la cuestión racial parecen estrellarse contra las rocas del racismo.

«La raza se interrelaciona con una idea más general, la de que éste no es de los nuestros», ha declarado a The New York Times Andrew Kohut, director de Pew Research Centre (empresa de investigaciones sociológicas). Pew ha realizado una exhaustiva investigación de las actitudes de los electores, en particular, entre aquellos Demócratas que tienen una opinión desfavorable respecto a Obama. «Reaccionan negativamente ante personas a las que consideran diferentes», ha añadido.

Aquí la clave no está en si los blancos están preparados para votarle. Para empezar, lo están. De los 10 estados con predominio de blancos que han votado hasta el momento, Obama ha ganado en nueve. Además, son muchas las razones por las que hay gente que no se inclina por él que no tienen nada que ver con la raza. Una de ellas y no menos importante es la que indica que prefieren a otro candidato en atención a sus respectivos méritos.

La cuestión es la forma insidiosa y racista con la que se está encasillando su candidatura como si se tratara de la de un intruso, un extranjero indigno, cuya lealtad a su país es puro fingimiento por su propia naturaleza y merece todo tipo de recelos, sin que se ofrezca ningún argumento para ello.

Algunas de estas acusaciones se plantearon hace tiempo desde lugares bien conocidos y previsibles. Ya a principios de este año, la emisora de radio Fox News, de Rupert Murdoch, sostuvo falsamente que Obama había asistido a una madrasa (escuela religiosa) islamista en Indonesia cuando era un muchacho. Cuando los presentadores de esta emisora de radio de tendencia derechista se refieren a él, por lo general pronuncian con énfasis su segundo nombre de pila, Hussein, y lo repiten, a pesar de que Obama no lo emplea casi nunca.

Sin embargo, esos ataques han pasado rápidamente de los sectores marginales de la política al plano general. Durante el reciente debate en la emisora de televisión ABC, a Obama lo frieron a preguntas sobre su negativa a llevar un alfiler de corbata con la bandera de los Estados Unidos. Uno de los moderadores del debate preguntó a Obama acerca de su antiguo párroco, Jeremiah Wright: «¿Cree que él es tan patriota como usted?»

Está claro que, como han renunciado al voto de los afroamericanos, los Clinton han decidido que tiene mucho más sentido, en términos electorales, aprovecharse de estos ataques que elevar el tono del debate y pronunciarse en contra de ellos. Durante el debate en la ABC, Hillary aplaudió este estilo de preguntas. «Mire, los problemas son los que son, creo que se trata de unas cuestiones que son legítimas y que deben plantearse», dijo.

Temas como ser extranjero, o musulmán, o no ser un patriota, no deberían ser considerados una deshonra. Sin embargo, los Clinton saben perfectamente bien que, en un contexto derivado de los atentados del 11 de septiembre del 2001, estas alusiones se van a entender fácilmente y cuáles son sus posibles consecuencias. Cuando le preguntaron si le constaba que Obama fuera musulmán, Hillary respondió que no lo era. «No hay nada en lo que basarse [para afirmarlo], al menos por lo que yo sé», respondió.

Tres días después de que Obama pronunciara su trascendental discurso sobre la cuestión racial, Bill Clinton opinó lo siguiente acerca de un posible enfrentamiento entre Hillary Clinton y McCain: «En mi opinión, sería magnífico que tuviéramos un año electoral en el que contáramos con dos personas que amaran a este país y que se dedicaran a los intereses de éste. Así todo el mundo podría preguntarse a sí mismo quién es el más apropiado de cara a estas cuestiones en lugar de toda esa morralla que aparentemente se entremete siempre en nuestra política». La conclusión implícita es que Obama no ama a su país y que toda esta morralla «racial» no está más que entrometiéndose en la carrera electoral.

Todo ello tiene unas consecuencias. En febrero, el 80 por ciento de los norteamericanos había oído el rumor de que Obama era musulmán. Incluso después del revuelo que se armó a propósito del reverendo Wright, uno de cada diez demócratas todavía seguía creyendo que era musulmán. Una reciente encuesta de Pew daba como resultado que el único rasgo de la personalidad en el que Obama pierde ante Clinton es en patriotismo. Las encuestas a la salida de las votaciones en las elecciones primarias de Pennsylvania arrojaban el dato de que el 18 por ciento de los demócratas reconocía que para ellos la cuestión racial era un punto de importancia en este enfrentamiento y sólo un 63 por ciento afirmaba que apoyaría a Obama en unas elecciones generales.

Incapaz de derrotar a Obama en número de delegados, y aunque es improbable a estas alturas que le gane en votos populares, a Hillary Clinton ya no le queda más que una única estrategia: la de convencer a los superdelegados de que no se puede elegir a Obama. Ha intentado descalificarlo por inexperto y embaucador y nada de eso le ha funcionado. A estas alturas ya no le queda más que un argumento: el de su raza. Hace ya muchos meses que sus colaboradores llevan susurrando a todo el que quiere escucharles que los Estados Unidos nunca elegirán a un candidato de raza negra. A la desesperada, algunos de ellos están elevando la voz.

Sus acusaciones, sin embargo, no sólo son cínicas; según todos los indicios, parece que también están erradas. Aparentemente, han infravalorado la capacidad del electorado norteamericano. Las encuestas indican que, en los estados en los que las elecciones del 2004 se decidieron por un margen inferior a los cinco puntos, Obama sale mucho mejor parado que Clinton frente a McCain.

El problema no consiste en que Hillary Clinton siga todavía empeñada en la campaña electoral. Tiene todo el derecho del mundo a hacerlo. El problema está en el tipo de campaña que está haciendo.

Tras no haber podido convencer a los votantes de la viabilidad de su propia candidatura, ahora está entregada en cuerpo y alma a demostrar la inviabilidad de la de su rival.

La mujer que en cierta ocasión dijo que criar a un niño es responsabilidad de todo un pueblo está ahora decidida a destruir el pueblo para salvarlo.

Gary Younge, escritor y colaborador habitual del periódico The Guardian.