Cobardes y reclutas

Por Niall Ferguson, cátedra A. Tisch de Historia de la Universidad de Harvard (LA VANGUARDIA, 27/08/06):

¿Qué hiciste en la guerra, papá? Ésa es una pregunta que Gertrude Harris (de soltera, Farr) nunca pudo hacerle a su padre Harry. Sólo hacía siete días que había nacido cuando él se fue para luchar en la Primera Guerra Mundial. Tras dos años de combates en el frente occidental, fue condenado a muerte por «seguir un comportamiento inadecuado ante el enemigo y demostrar cobardía». Hace unos pocos días, sin embargo, el ministro de Defensa, Des Browne, decidió solicitar el perdón para Farr y los más de trescientos soldados que fueron ejecutados entre 1914 y 1918 por infringir la disciplina militar. Si el Parlamento aprueba el perdón en grupo,Harry Farr no habrá muerto como cobarde. Lo ascenderán (según las palabras del señor Browne) a «víctima de la guerra».

¿Qué hiciste en la guerra, papá? Sin lugar a dudas, los gemelos de Günter Grass le habrán hecho esta pregunta a menudo. Durante años, el premio Nobel, autor de El tambor de hojalata,daba una respuesta inocua. Contaba que, al igual que muchos otros adolescentes alemanes durante los últimos días de la guerra, fue un soldado auxiliar en una unidad antiaérea. Fue herido y, al final, lo hicieron prisionero. Una víctima de la guerra, en otras palabras.

Sin embargo, hace un par de semanas Grass admitió en una entrevista que, en realidad, lo asignaron a la 10. ª división acorazada Frundsburg de las SS. Sí, lo han leído bien: la figura literaria más destacada de la izquierda alemana – que en 1985 censuró al canciller Helmut Kohl y al presidente Ronald Reagan por visitar el cementerio de guerra de Bitburg, ya que en él había enterrados 24 oficiales de las SS- resulta que él mismo fue miembro de las SS, un miembro hecho y derecho de la guardia pretoriana del partido Nazi, declarada organización criminal en Nuremberg e implicada de forma más directa en el holocausto que cualquier otra organización del Tercer Reich.

Esto no significa – como podrían dar a entender algunas de las reacciones más indignadas tras su confesión- que el señor Grass fuera un criminal de guerra, puesto que el mero hecho de pertenecer a las Waffen-SS (el brazo militar de las SS) nunca ha sido motivo para enjuiciar a alguien. Según el nuevo testimonio de Grass, no hizo más que «holgazanear» y «sobrevivir» en los últimos meses de la guerra, cuando su división intentaba, en vano, detener el avance soviético en la frontera entre Alemania y Checoslovaquia.

No obstante, la noticia (que, por cierto, no ha perjudicado en absoluto las ventas de su autobiografía, publicada de forma simultánea) deja en ridículo el supuesto papel fundamental que ha desempeñado Grass para ayudar a que la Alemania de posguerra aceptara el pasado.»Ha demostrado – afirmó el representante de la academia sueca que le entregó el Nobel en 1999- que mientras la literatura recuerde lo que la gente se apresura a olvidar, seguirá siendo un poder al que habrá que tener en cuenta». Oh, cielos.

Vergangenheitsbewältigung (aceptar el pasado) es una palabra muy alemana, pero una actividad universal. Estos dos casos ilustran uno de los principales problemas de intentar ponerla en práctica: el peligro de formular juicios históricos partiendo de la base de unos criterios anacrónicos. Se trata del mismo error que cometieron aquellos que califican las hambrunas indias de holocaustos victorianos o aquellos que comparan la campaña contra Mau Mau en la década de 1950 en Kenia con el terror de Stalin.

Examinemos con mayor detenimiento el caso del soldado Farr. Habría que tener un corazón de piedra para no conmoverse ante la suerte que corrió. Tras sufrir una gran conmoción por la explosión de un obús, permaneció hospitalizado durante cinco meses. Le temblaban tanto las manos que no podía ni sujetar un bolígrafo. Cuando lo enviaron de nuevo a las trincheras, se vino abajo. «Como no vayas al puto frente, te reventaré el puto cerebro», le dijo su brigada. «No puedo ir», respondió Farr. El tribunal militar sólo tardó veinte minutos en condenarlo a muerte ante un pelotón de fusilamiento. Si lo juzgáramos según los principios de hoy en día, el trato que recibió Farr fue, sin lugar a dudas, una violación vergonzosa de sus derechos humanos. De hecho, hay gente que diría que los que lo condenaron a muerte eran los verdaderos criminales. Sin embargo, algo parecido podría decirse sobre la mayoría, si no todas. HAY QUE ENTENDER LA experiencia de Günter Grass en un contexto donde la justicia militar alemana ejecutó a 20.000 de sus hombres por desertar. LA PROPENSIÓN A desertar de los británicos parece constante a lo largo del tiempo, a pesar de la moderación de la justicia militar las ejecuciones por actos criminales llevadas a cabo a lo largo de la historia. Si uno está en contra de la pena de muerte por principio, podría preguntarse por qué se ha elegido a unos cuantos centenares de soldados rasos para perdonarlos. Muchos de los crímenes por los que fueron ahorcados varios jóvenes del siglo XVIII, por ejemplo, no fueron más que pequeños hurtos. Hoy en día, la mayoría de esos delincuentes juveniles sólo deberían hacer frente a una amonestación o a una sentencia por comportamiento antisocial. ¿No deberíamos perdonar también a los ladrones ahorcados, ya que estamos en ello?

Durante la Primera Guerra Mundial, la justicia militar británica fue, sin duda alguna, muy dura, aunque la juzguemos por el rasero de la época. De acuerdo con la ley del Ejército (1881) y la ley del Ejército Indio (1911), se fusiló a 266 soldados británicos y coloniales por deserción, a 18 por cobardía, a siete por abandonar sus puestos y a dos por deshacerse de sus armas: 293 en total. (Las otras ejecuciones fueron por delitos de naturaleza distinta, como el asesinato.) Y esto sólo supone una parte de las 3.000 sentencias de muerte dictadas por los tribunales militares, la mayoría de las cuales no se ejecutaron. Sin embargo, sólo 150 alemanes fueron condenados a muerte por negligencias comparables en el cumplimiento del deber, de los cuales 18 fueron fusilados.

Los oficiales británicos de alto rango insistían en que era necesario fusilar a soldados como Harry Farr (recurriendo a la famosa cita de Voltaire) «pour encourager les autres». Al fin y al cabo, durante gran parte de la guerra el ejército británico tuvo una fuerza de combate inferior a la del enemigo, ya que había reclutado y preparado a sus hombres a toda prisa después de que hubiera empezado la guerra, y también se hallaba en una posición estratégica más débil, ya que se vio obligado a lanzar repetidas ofensivas contra las posiciones alemanas, que estaban muy bien defendidas, en Bélgica y Francia. Sin embargo, el porcentaje de deserción del ejército británico no fue superior en la Segunda Guerra Mundial en comparación con la Primera, a pesar del hecho de que se había abolido la pena de muerte como castigo por deserción en 1930. De hecho, la media fue algo inferior (7 por 1.000 en la segunda, en comparación con el 10 por 1.000 de la primera).

¿Cómo puede compararse todo eso con el ejército de hoy en día que, según grupos como Military Families Against the War, está sufriendo una gran desmoralización debido a la experiencia de Iraq? Según las cifras que proporcionó el Ministerio de Defensa hace poco más de una semana, 2.030 soldados británicos abandonaron sus unidades entre el 2003 y el 2005 y posteriormente fueron despedidos (en la actualidad pocos casos llegan a un tribunal militar; aquellos que abandonan el ejército sin permiso simplemente son despedidos al cabo de un tiempo). Todo esto da como resultado un porcentaje de deserción del 7 por 1.000 durante el año 2005, un punto menos que el año anterior. En otras palabras, la propensión a desertar de los soldados británicos parece muy constante a lo largo del tiempo, a pesar de una acentuada moderación de la justicia militar y de los profundos cambios que ha habido en la naturaleza de la guerra.

En el otro extremo del ejército voluntario de verdad que existe hoy en día se encontraba la experiencia alemana de la Segunda Guerra Mundial. Después de adoptar una posición relativamente liberal durante la Primera Guerra Mundial, la justicia militar alemana pasó a ser draconiana en el periodo final de la Segunda. La Wehrmacht ejecutó a entre 15.000 y 20.000 de sus hombres por los llamados crímenes políticos de deserción o Wehrkraftzersetzung (desmoralización del ejército) y condenó a muerte a miles de soldados más al destinarlos a batallones de castigo.

Es en este contexto en el que hay que entender la experiencia de Günter Grass en las Waffen-SS. Cuando lo llamaron a filas, en noviembre de 1944, estaba clarísimo que Alemania iba a perder la guerra y, además, se había volcado en un último esfuerzo a la desesperada para impedir que el país fuera invadido por el ejército Rojo. Una de las medidas que tomaron los máximos dirigentes nazis para reforzar la dañada moral de sus hombres fue la de no restringir la pena de muerte. En esa época los alemanes normales corrían casi el mismo peligro que las minorías étnicas que se habían convertido en el principal objetivo de los nazis.

En retrospectiva, conceder el perdón a unos desertores de la Primera Guerra Mundial es un gesto tan huero como condenar a unos reclutas de la Segunda. Harry Farr y Günter Grass no fueron más que dos pequeñas piezas de la monstruosa maquinaria de picar carne de la guerra total. Por este motivo, la pregunta que los niños deberían hacerle a los veteranos no es «¿qué hiciste en la guerra, papá?», sino «¿qué te hizo la guerra?».